Opinión

Los dos caminos de la vida

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Quizá la moral original no acepte los simulacros, no aguante que una foto digital no huela a fotografía de la misma manera que un Kindle no huele a libro

Foto: Oscar Gustave Rejlander
19
NOV 2014

En los años 80, cuando llegaron a las tiendas los primeros CD, se adjuntaba con ellos una reseña en la que se explicaba el proceso de realización. Si las letras eran AAD, significaba que la grabación y la posproducción habían sido analógicas y el producto final, el CD, digital. Si se trataba de DDD, todo el proceso había sido digital, desde la grabación hasta el producto final. Un disco de vinilo pudiera haber sido AAA, y si hubiéramos trasladado un CD (DDD) a vinilo, se hubiera convertido en un DDA, combinación que aún no he llegado a ver.

Si obtuviésemos una fotografía con nuestra Nikkormat (maravillosa cámara) usando película Tri-X (excelente película de 400 ISO) y llevásemos nuestro negativo a una ampliadora Durst con un papel baritado Record Rapid o un Portrene, estaríamos ante un AAA, sumergidos en el reino de la plata. Si nuestro negativo Tri-X fuese escaneado para acabar en un Hahnemühle, entonces estaríamos ante un ADD. También cabría la opción de obtener DDA e incluso DAA: una toma realizada con una cámara digital cuyo archivo se desdigitalizaría en un negativo en película y a partir de él se obtendría un baritado de plata.

Entre todas las opciones posibles surgiría, entre otras, la pregunta del millón: ¿cómo digitalizar ese cristal de colodión húmedo que en nuestro revival hemos obtenido del rostro de nuestro amigo, cuyos ojos nada dicen –porque no pueden decir- del mundo que hizo posible el invento del colodión húmedo? E incluso: ¿cuántos días faltan para que nuestra toma con Tri-X en nuestra Nikon F se sume al apasionante mundo de los procesos antiguos?

Los fotógrafos que disponían de un tiempo limitado y muchas ganas de emplearlo en fotografiar optaron por una sola opción y no se preguntaron si otros mundos eran posibles

Son muchas las combinaciones posibles, y es una complicación cuando son muchas, pues lo de tener más de dos opciones conlleva a veces cierta pérdida de libertad. Este problema ya ocurría cuando aún toda la fotografía era química: la posibilidad de usar cientos de reveladores, decenas de películas, en color y en blanco y negro, positivas y negativas, decenas de papeles. Tanta variedad exigía elegir.

Los fotógrafos que disponían de un tiempo limitado y muchas ganas de emplearlo en fotografiar optaron por una sola opción y no se preguntaron si otros mundos eran posibles. Ése fue mi caso. Una Hasselblad 500C durante décadas, una película Agfapan 100 durante años y ya más tarde T-Max 100, siempre revelado con Kodak D76 diluido (1:1) durante 13 minutos y a 20 grados. Las ampliaciones correrían a cargo de mi amigo Antonio Navarro. Ello me permitió no dispersarme demasiado y recordar que, en realidad, lo que yo quería era obtener las mejores fotografías dentro de mis posibilidades.

Durante la era analógica también había opciones del pasado tales como los colodiones húmedos, las platinotipias o incluso los daguerrotipos, procesos fotográficos de irresistible atracción para quienes viviesen con pasión la alquimia fotográfica, esa magia de la fotografía, el olor de la química, de efectos parecidos a la magdalena de Proust.

También el placer de los objetos fotográficos, de las cámaras fotográficas y de sus ópticas, maravillas de la técnica, máquinas de precisión de belleza extraordinaria. Toda una tentación para sucumbir al coleccionismo, a la acumulación de decenas de diferentes y extraordinarias cámaras. Pocos venderíamos nuestra Nikkormat, tras años sin ser usada, e incluso muchos la comprarían. Y no solo coleccionistas, sino también nuevos fotógrafos ávidos de restituir aquello que no conocieron.

rolling stones
Foto: Hiro
Los Rolling Stones vistos por el fotógrafo japonés Hiro en 1976.

Si yo tuviese veinte años, probablemente querría saber qué fue aquello que me perdí, como el concierto de Emerson, Lake and Palmer, en el Paradiso o en el Melweg de Ámsterdan, en 1973, en el que los sintetizadores Moog y Korg monofónicos de Keith Emerson no cabían en el escenario y cuyos discos en vinilo eran escuchados hasta ser desgastados por una aguja que atendía tanto a la música como a mil ruidos parásitos.

Finalmente podría ese ruido ser el que nos subyugue, el que nos enferme de nostalgia. Es el ruido del proceso (¿la perfecta imperfección de lo analógico?), del objeto, del esfuerzo que hace falta para que algo suene. Cuando llegaron los sintetizadores, cómodos, polifónicos, decepcionantemente pequeños (¿cómo llenar de magia un escenario con ellos?), de sonidos reales e irreales, se pudo llegar a pensar que en ellos residía la fascinación, que todo era posible.

El problema de tener múltiples opciones ya ocurría cuando aún toda la fotografía era química: la posibilidad de usar cientos de reveladores, decenas de películas, decenas de papeles...

Sin embargo fue un pensamiento acuñado por quienes pensaron que el proceso era el mensaje, y la dificultad que tuvieron quienes estuvieron en Woodstock o en Wight de comprar un disco DDD -y aún menos un DVD- de Spandau Ballet con sus pequeños sintetizadores, emitiendo sonidos sintetizados con vestimentas y peinados sintetizados.

Parecería de nuevo nostalgia de los viejos tiempos. Pero no lo es, porque rápidamente volverían a sonar las acústicas y las eléctricas rotas, y todos querrían tocar de nuevo con Dylan. Pero de otra manera (nada es como fue), con unas nuevas acústicas, las que hoy suenan con extraordinaria calidad. Quizá digital. Es la dificultad de escuchar música cuando nuestro interés son los equipos de sonido, y es por el contrario la facilidad y el placer de elegir un buen equipo para nuestra buena música AAA o DDD.

Quizá no haya tiempo para todo, y pueda ser útil dedicar unos minutos a averiguar nuestras preferencias, nuestra vocación, si cuando comenzamos en todo esto queríamos ser fotógrafos o coaches, consejeros de las bondades de lo digital versus lo analógico o de lo analógico versus lo digital. Son dos profesiones diferentes, quizá compatibles, pero en todo caso la primera de ellas aparece como excluyente, exige todo nuestro tiempo y toda nuestra atención. No es fácil ser fotógrafo.

Sony Mavica
Sony Mavica
Foto: Ashley Pomeroy
"A principios de los 80 tuve en mis manos la cámara Mavica de Sony, un raro ejemplar que había llegado a España. No era una cámara digital, sino magnética. En todo caso la nueva era había llegado."

A principios de los 90 la excelente revista American Photo proclamaba en una de sus portadas que el futuro de la fotografía ya había llegado. El futuro digital era ahora, y ciertamente tenían razón, porque el futuro siempre es nada más decir ahora.

Lo que proponían (recuerdo de memoria) es que llegaba una nueva era: las nuevas cámaras sí iban a continuar portando objetivos (Juan Ramón Yuste, buen amigo y excelente fotógrafo, se extrañaba de que las cámaras aún tuviesen ópticas), pero nunca más iban a tener película. También el proceso iba a cambiar. Llegaría el ADD con Kodak a la cabeza, la película sería escaneada por Kodak, con una calidad aún increíble, e integrada en un llamado Photo CD, obviamente ADD. A partir de ahí, el Mac, las impresoras y todo lo que conocemos.

Una nueva manera de narrar también sería posible: el Photo CD Portfolio, interactivo, en una pantalla; los programas Create it, Built it, y Authoring. Comenzaba el multimedia fotográfico. Dejemos por el momento el CD-ROM al margen. Las cámaras llegarían poco a poco, caras y malas. Al menos desde nuestra perspectiva de hoy es fácil decirlo. Se trataba de conseguir un escáner que escanease el mundo a 1/500 de segundo y con una calidad a la altura de las circunstancias. La tarea no era fácil.

A principios de los 80 tuve en mis manos la cámara Mavica de Sony, un raro ejemplar que había llegado a España. La Wikipedia lo explica muy bien: salida NTSC con una resolución de 570 x 490 píxeles. Sin embargo la Mavica no era una cámara digital, sino magnética, para entendernos. Una cámara de vídeo –magnético- que hacía fotografías. En todo caso la nueva era había llegado.

Daguerrotipos de mediados del siglo XIX. | Foto: Southworth & Hawes

Pero en realidad no se había inventado nada nuevo en cuanto a la sustitución de la película como medio de registro se refiere. Hacía mucho tiempo que se obtenían imágenes “técnicas” (en palabras de Vilém Flusser). La televisión (vídeo) no usaba plata. La parada de imagen, el fotograma-fotografía, era posible. La imagen electrónica nació antes que el Kodachrome, y no mucho después que las autócromas de los Lumière.

En aquellos años 80 la sensación era nueva, excitante. También de gran ansiedad, porque ya todo estaba allí pero aún estaba por llegar. Quienes tratábamos con el Amiga 500 de Commodore y pensábamos que el Mac era un advenedizo para recién llegados veíamos cómo estábamos ya pisando el futuro (por supuesto doméstico, pues el futuro real estaba en otro lado, muy lejos).

El Amiga 500 fue el mejor ordenador del mundo, al igual que lo fue el primer coche que tuvimos (de segunda mano). Con él pudimos robarle la voz a John Lennon y obligarle a cantar el allegro de “Eine kleine Nachtmusik”.

Es posible que la fotografía digital haya tardado en convencer de que el futuro está siendo, y probablemente ello se ha debido a que se le ha exigido la calidad total

Y también pudimos hacer fotografías, de una manera apasionante. El programa se llamaba DigiView, un escáner que conectaba el Amiga a una cámara de vídeo a la cual le obligaba a actuar como cámara fotográfica. El retratado debía estar tan inmóvil como quienes posaban para Southworth & Hawes, aquellos retratistas de Boston, autores de extraordinarios daguerrotipos obtenidos durante interminables segundos o minutos. El DigiView también exigía este tiempo, que parecería eterno, para barrer esos rostros.

Nos encontrábamos ante lo que estaba por llegar. De ahí la ansiedad. Quizá le ocurrió lo mismo a James Clerk Maxwell cuando obtuvo la primera fotografía en color en 1861: pudo pensar que estaba tocando el futuro pero que aún no podía atraparlo.

Es posible que la fotografía digital haya tardado en convencer de que el futuro está siendo, y probablemente se ha debido a que se le ha exigido una calidad fuera de toda duda, la calidad total, la definitiva. Pero pudiera haber otras razones, de otro tipo, de otra consideración. Nos viene bien recordar que Cartier-Bresson reprochó a Kertész el uso de flash en algunas de sus fotografías: la razón de ello fue que, en opinión de Cartier-Bresson, Kertész había abandonado la moral original, un asunto inaudible para los millones de fotógrafos que portan sus brownies digitales en busca de recuerdos, pero grabada a fuego en una cierta ética de la fotografía.

amiga commodore 500
Amiga Commodore 500
"El Amiga 500 fue el mejor ordenador del mundo, al igual que lo fue el primer coche que tuvimos (de segunda mano)." | Foto: Bill Bertram

Porque la moral original es una ética, habla de lo que debe ser, no es privativa de la fotografía. La música llamada clásica, culta, tiene dificultades para los instrumentos electrónicos, pero el cine también la vive. Lo pregunta Keanu Reeves en Hollywood en el excelente documental “Side by Side”. La cuestión es la ya conocida: las placas diminutas de plata frente a las diminutas células fotoeléctricas de Willard Boyle y George Smith; un cine analógico frente a un cine digital; una fotografía química frente a una fotografía digital. El debate continúa, si bien ha podido caer al nivel de si la fotografía es arte en el caso de no ser Andreas Gursky o Jeff Wall.

Quizá la moral original no acepte los simulacros. Quizá no aguante que un escáner se invente el sonido del disparador, que un ordenador pretenda parecer una cámara fotográfica, que una fotografía no tenga cuerpo propio -que solo exista en ceros y unos- y sobre todo que una fotografía no huela a fotografía, de la misma manera que un Kindle no huele a libro. De la misma manera que un pequeño Roland o un Mac hayan robado –digitalizado- el sonido del órgano de la iglesia de San Bavo en Haarlem y pretendan hacerse pasar por él.

El futuro está siendo con un desprecio absoluto a los buenos tiempos, a cuando la fotografía se llamaba Leica, cuando había que pegar el ojo a la 35 milímetros, cuando hacer fotografías era caro y difícil, cuando no sabíamos qué habría pasado con nuestras fotografías hasta llegar a casa, cuando existía el Agfa Record Rapid 111 y el Negra Portrene, cuando la película Plus-X era adquirible en una tienda de fotografía, cuando había tiendas de fotografía, cuando el reportaje fotográfico era útil, cuando existía LIFE, cuando solo existía el papel como soporte, cuando los buenos fotógrafos eran tan pocos que nos sabíamos sus nombres de memoria.

La primera fotografía en color. | Foto: James Clerk Maxwell

Lo cierto es que la nostalgia fue la que cerró la mejor tienda que había en Blbao de vinilos rockeros, allí en la calle Ercilla, junto a la Plaza Elíptica. En sus pocos metros cuadrados surgían de pronto -cuando menos lo esperábamos- lo que después sería la memoria de varias generaciones. Siempre LP, vinilos de 33 rpm, pero también singles y EP de 45 rpm. Porque allí no se aceptó la llegada del CD.

Quizá fue una declaración de principios, la amenaza de la pérdida del placer –de la erótica- del objeto, de su tamaño. También el de sus portadas, todas ellas con vocación de obras de arte: Avedon y Scavullo para Simon & Garfunkel; Frank e Hiro para The Rolling Stones; Peter Blake y Richard Hamilton para The Beatles, y así sucesivamente.

También eran otros tiempos, en los que se hacía cola ante el rumor de que un tal Sgt. Pepper iba a hacer su aparición, e incluso de que el último Vogue francés llevaba un nuevo anuncio Charles Jourdan por Guy Bourdin, de la misma manera que hoy se espera al iPhone 6 haciendo noche en sacos de dormir. De nuevo, la erótica del objeto, el olor a magdalenas, el placer del peso y la solidez de una Nikon F -que no una F2 o FM- en la mano.

"Eran otros tiempos, en los que se hacía cola ante el rumor de que el último Vogue francés llevaba un nuevo anuncio Charles Jourdan por Guy Bourdin [como en esta foto], de la misma manera que hoy se espera al iPhone 6 haciendo noche en sacos de dormir"

Foto: Guy Bourdin (Charles Jourdan)

Pero quizá podamos retomarlo y pensar y actuar como si fuéramos fotógrafos de los de antes, y para ello compraríamos tarjetas de memoria no reutilizables de 500 MB y pagaríamos por ellas el equivalente a las doce fotografías de un rollo de 120 –revelado incluido- para Hasselblad o bien para Rolleiflex en el caso de Diane Arbus y otros, cuando salían a las calles en busca de una sola fotografía.

En cierta manera diríamos que retomaríamos algunas de las cenizas de la moral original, actuaríamos como si cada fotografía doliese. Incluso podemos imaginar la recuperación del ritual del gran formato, la nueva Sinar con aspecto de iPad -imitando a un iPad- con un gran visor donde el cielo se ve en la parte superior de la imagen. Es tan solo aguardar a que lo que ha llegado, llegue. Tan solo hay que esperar a que el último modelo de Sinar sea un iPhone 20x 25 sobre un trípode.

A partir de ello tan solo nos quedaría un problema por resolver: cómo hacer mejores fotografías, cómo ser un aceptable fotógrafo, cómo no sucumbir a los cantos de sirena que nos previenen de ser fotógrafos, de las dificultades que entraña ser fotógrafo en la era digital donde ya nada es como antes, donde ya todo es posible en nuestro nuevo laboratorio Photoshop.

El futuro está siendo con un desprecio absoluto a los buenos tiempos, a cuando hacer fotografías era caro y difícil, a cuando no sabíamos qué habría pasado con nuestras fotografías hasta llegar a casa

Y nos animan a cambiar de oficio y a reciclarnos como artistas, como H.P. Robinson, como Oscar Rejlander, como “Fading Away” y como “The two Ways of Life”, porque ya es fácilmente posible aquella otra moral, la que va a favor de los nuevos tiempos. Como en la mencionada “The Two Ways of Life”, que aparece en la cabecera de este artículo: una imagen construida para emocionar y obtener el aplauso del virtuoso príncipe Alberto.

Finalmente pudiera parecer un debate para técnicos, porque un creador apenas tendría tiempo para hablar. Sabe que se puede hacer música con una tabla de lavar, fotografías con una caja de zapatos y cine con la cámara de vídeo que el hijo de un amigo dejó de usar porque llegó un nuevo modelo.

Quizá nos sintamos más cómodos sabiendo que tan solo nos debatimos entre dos opciones, que nuestra libertad de elección aún está ahí, que ya no haría falta hablar sobre ello, que es una cuestión de gustos, que en realidad sobre gustos no hay nada escrito. Aunque no sea verdad, porque son ríos de tinta los que se han utilizado para escribir sobre el asunto del gusto.

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