Opinión

Donde va más hondo el río hace menos ruido

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30
MAR 2016

Nos gusta demasiado señalar, y claro, al final acabas metiendo el dedo en ojo ajeno y el propietario se mosquea. Y si es fotógrafo, más. Lo de acusar con el índice es en cualquier conversación entre caballeros un gesto de mal gusto y escasa educación. Una acción que te delata y que hace torcer el gesto a tu interlocutor si lo tienes enfrente, pero que las redes sociales, convertidas en galería de tiro de feriante, han facilitado dando libre acceso a la munición. Hasta el más torpe se anima a cargar la carabina y apuntar desde la pantalla de su ordenador. Algunos hasta ponen dianas.

Es el caso de un post de Facebook compartido por un fotógrafo a mediados de marzo que dio pie al enésimo debate sobre el papel del fotoperiodismo en la actualidad, y más concretamente sobre la figura y las acciones de los propios fotoperiodistas.

La discusión -pues al final la larga sucesión de comentarios terminó envileciendo un poco el hilo- tenía como origen la imagen congelada de una emisión realizada por Tagesschau, el telediario alemán perteneciente al grupo ARD con mayor audiencia del país.

En ella podemos ver a varios hombres con equipos fotográficos en los márgenes del río y con el agua por encima del tobillo. En el centro, tratando de cruzar la corriente que separa las dos orillas, un hombre carga con un niño en su brazo derecho mientras el izquierdo se apoya en un cable suspendido a metro y medio por encima del nivel del agua, tendido entre los márgenes para facilitar el paso. Tres personas en actitud de socorrerle están junto a él, y otras dos lo esperan en la orilla. El individuo está a cuatro escasos metros de alcanzarla y con el agua por encima de las rodillas cuando el operador de cámara lo capta. El sujeto está de espaldas, entre el autor del vídeo y los fotógrafos.

Hay muchas formas de ayudar, y la del periodista tiene una función muy concreta: informar. Cada cual actúa según le late por deber moral y profesional, y luego a rendir cuentas con quien toque

En estas líneas me he dedicado a describir la imagen. No soy objetivo. He descrito de forma más detallada lo que a mi juicio es importante, algo parecido a lo que hacemos al encuadrar (olvídense de la objetividad del testimonio fotográfico: lo que no entra dentro de cuadro es porque yo lo dejo fuera), y he descrito de forma mucho más somera a los compañeros de oficio, aunque tampoco me mojaré en decir que todos los que están lo son, pues no los conozco a todos.

No pretendo engañar a nadie: la imagen, al verla, genera rechazo. Especialmente entre los propios fotógrafos. Es el efecto nube. Hemos visto fotografías y vídeos similares cientos de veces. Los docentes las enseñan en las aulas para decirte lo que no hay que hacer. No hagas la misma fotografía que hace el resto. Busca un punto de vista diferente. Encuentra la historia humana. Huye del sensacionalismo y la pose.

Claro que eso te lo dicen allí, en el aula, justo antes de pasarte la fotografía de Kevin Carter. Y está bien que lo hagan, como también es bueno y necesario conocer los contextos para valorar las distintas situaciones. Nadie quiere verse en esa nube. De hecho la mayoría de los que están allí no quieren verse en ninguna imagen ni cuando hacen su trabajo ni cuando lo dejan de hacer.

Porque también se dejan de hacer fotos, y yo me guardaría mucho de señalar a nadie por hacerlas o por dejarlas de hacer. Porque cuando no aprietan el disparador, ayudan. Ayudan por intervención directa. Los que lo hacen. Y no se les canoniza por ello, entre otras cosas porque hay muchas formas de ayudar, y la del periodista tiene una función muy concreta: informar. Cada cual actúa según le late por deber moral y profesional, en ese orden, y luego a rendir cuentas con quien toque.

Pero volvamos a la imagen que nos ocupa. El responsable del post creyó oportuno señalar con círculos de color rojo las cámaras que aparecen en la fotografía. Son seis las que se ven, pero yo sumaría otro fotógrafo -al que identifico y pongo nombre-, y viendo el gesto de atrás de otros dos ya podemos contar nueve fotógrafos y por lo menos un cámara: el que graba la secuencia. Todos saben lo que hacen, pero eso no les exime de que al verse retratados en estas circunstancias sean ellos mismos los que tuercen el gesto al descubrirse entre el resto de sus compañeros. Porque el fotograma no es bonito, pero es un fotograma.

Los que allí están conocen su labor y aceptan las condiciones de su trabajo. Probablemente ninguno de ellos ande falto de reflexiones sobre cómo se desempeña el oficio, la legitimidad a la hora de tomar foco sobre personas que sufren y el hecho de ganar dinero con lo que obtienes. Pero, cuidado, no ganas dinero a costa de esas personas.

Y eso que suena tan sucio, el dinero, cuando hablamos de usar la imagen para informar y de que el que está allí lo cobre dignamente, debería plantear las mismas cuestiones cuando un autor que usa el mismo instrumento como medio de expresión se masturba a dos manos sobre papel encuadernado o contra la pared, le pone un marco de diseño y atenta contra nuestra inteligencia pidiendo veinte veces más de lo que cobra el tipo que hace guardia en las fronteras de esta desvergonzada y desmemoriada Europa en la que vivimos.

Y aun así, me guardaría mucho de poner circulitos rojos alrededor de la mancha o de colocarle la aureola carmesí al desahogado fotógrafo. Debatir es sano y necesario, pero los juicios de valor acostumbran a ser irresponsables, provocativos y la mayoría de las veces solo dan fe del desengaño profesional que han padecido otros colegas del sector. También hay ejemplos de ello.

Si el acto de apuntar con el dedo es feo, sumarse a la acusación es cobarde. En el goteo de comentarios poco afortunados se ironizaba sobre la ayuda prestada por esos fotógrafos y la necesidad por parte del futuro espectador de tener esa imagen tomada desde seis puntos de vista diferentes. Si hubiese solo uno nos quejaríamos de la falta de cobertura, del monopolio de las agencias y de cómo los medios han acabado con todos sus corresponsales, que también lo han hecho o casi.

Seguir haciendo clic puede servir de poco, pero mejor hacerlo, aunque solo sea para que otro, que tiene las botas secas, ponga la nota crítica

Se hace hincapié en el tema de la pasta y de cómo pretenden los desalmados sacarla vendiendo fotos de lo ocurrido. También hay titulares: “El periodismo es activismo”, y otras lindezas como tachar de nueva forma de colonialismo a la cobertura de los conflictos sociales en el extranjero. Tampoco faltan las lecciones de ética y moralidad, y para apostillar cada calurosa discusión siempre está el anormal de turno, soez y desinformado, al que no hace falta ponerle el circulito rojo: lo lleva incorporado.

A mitad del hilo ya están bien definidos los equipos de debate y se distinguen involuntarios representantes. ¿Sirve de algo lo que hacen esos fotógrafos? ¿Se está alimentando un sistema de información que obedece a otras motivaciones distintas a la mejora de las condiciones humanas de los damnificados? Esas son algunas de las preguntas que flotan en el aire y para las que cada cual tiene sus respuestas. Unos esgrimen la crítica constructiva del oficio –aunque a veces hagan desmerecer el adjetivo- remarcando su servidumbre e inutilidad, mientras que otros denuncian la inacción.

Es posible que una foto no cambie nada y que dar una noticia no salve vidas. Es completamente cierto que los medios de comunicación son negocios y que a los que trabajan para ellos les gusta cobrar a fin de mes (o cuando sea que cobren). Pero es falso que todo el que está allí lo haga en espera de un reconocimiento, porque ninguno lo vale. Las motivaciones son otras.

Unos por vocación humana y otros por razones profesionales, el que sigue haciendo clic carga con unos cuantos desengaños, como en cualquier otro oficio, y con un par de certezas a lo sumo que le pesan en la balanza: servir, servirá de poco. A veces quizás de nada. Pero mejor hacerlo, por si acaso. Aunque solo sea para que otro, que tiene las botas secas, ponga la nota crítica trazando círculos rojos. Porque de eso va la profesión. Y cuando no te quede nada te aferrarás al compromiso contigo mismo, que lo otro ya vendrá, si es que viene. Porque si lo que te hace apearte es la indiferencia, estás jodido.

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