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10 buenas razones para disparar en RAW

 
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AGO 2009

Si disponemos de una réflex digital o una compacta avanzada, lo más seguro es que entre las opciones de disparo figure el formato RAW. Hermano mayor del sencillo, rápido y omnipresente JPEG, es cierto que ocupa más espacio, ralentiza la cámara y nos obliga a pasar por el ordenador para procesar las fotografías. Aun así, es el único camino para exprimir todo el potencial del sensor de nuestra cámara y un excelente atajo para mejorar los resultados finales. Razones de peso para empezar a desterrar los JPEG no faltan.

Un archivo RAW contiene toda la información posible captada por el sensor, todo lo que la cámara es capaz de entregar. Aquí no hay truco. Podemos editar y reeditar la foto tantas veces como consideremos necesario sin que se produzca una pérdida de información. Disponemos de todos los datos necesarios para conseguir la mejor calidad de imagen posible.

Foto: Sergi Monsegur
La misma imagen tal como salió de la cámara en formato JPEG (izquierda) y tras procesar una copia obtenida en RAW (derecha).

En RAW el balance de blancos no está prefijado, sino que se trata simplemente de una etiqueta en la cabecera del fichero que indica al revelador la temperatura de color usada en el momento en que captamos la imagen. No se han tocado los datos relacionados con este parámetro, por lo que es posible modificar o corregir a nuestro antojo el balance de blancos e incluso dar rienda suelta a nuestra creatividad.

Foto: Sergi Monsegur
Recorte al 100% de la primera imagen. A la izquierda, el archivo JPEG ofrecido por la cámara; a la derecha, el resultado tras procesar la misma imagen en RAW.

El "demosaicing" o la interpolación de la información del color no la realiza automáticamente la cámara, sino el revelador RAW en el momento de abrir la imagen. Dado que el procesador de nuestro ordenador es muy superior al que lleva la cámara, esta tarea no sólo se realiza con mayor agilidad, sino que también es mejor y más sofisticada la interpretación del algoritmo que acaba conformando la imagen en color.

Dependiendo del modelo de cámara, los archivos RAW suelen trabajar con 12 bits de profundidad de color. Esto se traduce en 4.096 niveles de luminosidad distintos, en el mejor de los casos. En JPEG, esta cantidad decae dramáticamente hasta los 256 niveles. Ni que decir tiene que este factor será fundamental al procesar la fotografía: cuanto mayor es la cantidad de información del original con el que trabajamos, mejores podrán ser los resultados.

Foto: Álvaro Méndez (Quesabesde)
Todas las réflex digitales y la mayoría de cámaras compactas de cierto nivel incorporan entre sus prestaciones la captura en formato RAW.

Esta enorme diferencia hace que, cuando disparamos en JPEG, una tercera parte de la información capturada por el sensor se pierde. Un efecto que puede apreciarse sobre todo en las zonas más oscuras de la imagen. Allí donde un archivo RAW es capaz de almacenar 128 niveles, el JPEG se queda en sólo 20, y con mayores posibilidades de sufrir problemas de "posterización".

Aunque parezca una locura y todos lo hagamos, en realidad un JPEG está concebido como un archivo final que no debería ser procesado. De hecho, toda edición que hagamos sobre un JPEG será destructiva. El RAW, al contrario, es mucho más flexible e incluso nos permite trabajar con imágenes a 16 bits (una vez extraído el archivo del revelador), gozando así de 65.536 niveles con los que dar rienda suelta a nuestra imaginación.

Foto: Quesabesde
Programas como Lightroom permiten "revelar" archivos RAW con un sinfín de herramientas.

Con el formato JPEG sólo disponemos de dos espacios de color con los que trabajar, normalmente sRGB y AdobeRGB. En RAW, podemos trabajar la imagen con espacios de color más desconocidos pero mucho más amplios. Por ejemplo, el espacio ProPhoto RGB puede abarcar todos los colores que es capaz de capturar el sensor.

¿No sería interesante disfrutar de libertad total a la hora de enfocar nuestras imágenes? A diferencia de los JPEG que ya salen de la cámara con máscara de enfoque aplicada, en un archivo RAW somos nosotros quienes decidimos cuánta máscara queremos y de qué manera. Es posible, por ejemplo, que en un retrato no nos interese enfocar la imagen o que queramos hacerlo sólo en zonas concretas, como los ojos o el pelo. En un paisaje, por el contrario, lo normal es que queramos obtener un resultado totalmente nítido.

Foto: Sergi Monsegur
Recorte al 100% de la primera imagen. A la izquierda, el archivo JPEG ofrecido por la cámara; a la derecha, el resultado tras procesar la misma imagen en RAW.

La exposición es, sin duda, otra razón de peso. En un archivo RAW la podemos ajustar de forma más precisa después de la toma, y siempre dentro de unos límites razonables, sin que se produzca una pérdida de calidad. También podemos trabajar con distintas exposiciones en algunas zonas de la imagen para optimizar así la información tanto en las luces altas como en las sombras.

¿Nos gusta cómo combate nuestra cámara la presencia de ruido en las imágenes? No nos conformemos. Trabajando en RAW no sólo es posible mejorar el nivel de ruido, sino también controlar de forma precisa la cantidad de ruido y nitidez que queremos que luzca nuestra obra.

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