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OpiniónContando píxeles

Vacaciones sin cámara

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ABR 2014

Su vuelo a Lanzarote se había retrasado. El mío a Bilbao, más. No hacía sol en aquella sala de espera, pero llevaba puesto un sombrero de paja bastante absurdo que parecía ser su uniforme de vacaciones. Porque se iban de vacaciones, de eso no había ninguna duda. Tal vez sólo unos días, pero los suficientes para dejar atrás esa puñetera ciudad, el trabajo y al cretino de su novio.

Algo así comentaba con sus dos amigas. O eso me pareció escuchar, aunque no sabría decir con precisión si fue cretino o capullo la palabra que empleó para referirse al payaso de su novio. Sí, definitivamente aquel sombrero era ridículo. O lo sería en cualquier otra cabeza, pero a ella le quedaba bien. O tal vez sólo era que, en los auriculares, Silvio cantaba algo de un óleo y de una mujer con sombrero, y el destino parecía estar haciendo escala en aquel aeropuerto.

Justo cuando iba a salir corriendo hacia el mostrador de información para intentar cambiar mi vuelo por una plaza en aquel avión hacia el paraíso –seguro que la compañía aérea entendería lo de la canción, el sombrero y el destino como argumento de peso-, contemplé horrorizado cómo acercaban sus caras, extendían la mano con un móvil y perpetraban un puñetero selfie de esos.

Tengo en la maleta varias cámaras, le diría. Por eso es tan grande, no porque lleve mucha más ropa de la que necesito ni sea incapaz a mi edad de hacer una puñetera maleta

Al menos no han usado una Lomo, pensé a modo de consuelo. Andaba entretenido riendo mi propio chiste cuando la chica del sombrero dejó de hablar y rebuscó en su maleta con cierto nerviosismo. No tardó demasiado -su maleta era más pequeña que la mía, la verdad- y se dirigió a sus amigas con gesto preocupado. ¿Alguna ha traído cámara?, les preguntó. Las dos negaron con la cabeza.

Ahí estaba la señal que estaba esperando. Sólo había que acercarse, disculparse por haber estado escuchando y ofrecerse con la mejor voz de Don Draper que se pudiera improvisar. Tengo el coche ahí fuera –le diría-, te acerco a por la cámara y estamos de vuelta antes de la hora de embarcar. Suponiendo que sigas queriendo coger ese avión, claro. Rematar con media sonrisa y servir.

Pero aquella idea era en realidad un arma de doble filo, porque puede que llamaran al tonto de su ex para que acercara la cámara y al final él sería el héroe del día. No, mejor el plan B: salir corriendo a la tienda del aeropuerto y comprarles una de esas sencillas cámaras de carrete de usar y tirar.

¿Qué hay más romántico que la fotografía química? A la vuelta, al revelarlas, se acordarían de aquel atractivo tipo que les compró una cámara en el aeropuerto y que había dejado escrito su número de teléfono –y no el mail, por aquello de darle un rollo clásico al asunto- en la carcasa de cartón de la cámara.

Pero, pensándolo bien, mejor ir a por lo seguro, que la gente es muy vaga si no hay pantalla y al final acaba usando el móvil. Además, ¡por cámaras digitales va a ser! Después de todo llevaba encima un montón que no iba a tener tiempo de probar aquellos días en Bilbao, donde además seguramente estaría lloviendo.

Soy periodista –le diría, que eso siempre vende- y tengo en la maleta varias cámaras. Por eso es tan grande, no porque lleve mucha más ropa de la que necesito ni sea incapaz a mi edad de hacer una puñetera maleta. Bueno, tampoco hace falta dar tantas explicaciones.

Toma, coge esta EOS 1200D, que es la que recomiendan todos los blogueros de viajes y moda, y ellos nunca mienten. A la vuelta me llamas, me enseñas las fotos si quieres y me la devuelves. No, no digas nada -añadiría quitándole importancia al asunto- y no te preocupes por el tamaño del sensor, que el formato completo está sobrevalorado. Esto último igual mejor no, que tampoco es cuestión de parecer un friki.

Bueno, da igual, ya tenemos los móviles, dijo la mujer con sombrero precisamente cuando ya me estaba levantando con el discurso bien aprendido. Las otras dos pusieron morritos de indiferencia, dando por hecho que, claro, quién demonios necesita una cámara teniendo aquellos móviles con tropecientos megapíxeles, pantalla de 200 pulgadas y carcasas de Hello Kitty.

Bien mirado, lo cierto es que le quedaba un poco ridículo aquel dichoso gorro, pensé mientras se alejaban hacia su puerta de embarque. En la pantalla de mi teléfono observaba la foto de un viejo lema publicitario: unas vacaciones sin Kodak son unas vacaciones perdidas. Y encima habían vuelto a retrasar mi vuelo.

La columna de opinión "Contando píxeles" se publica, normalmente, el primer y tercer lunes de cada mes.

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