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OpiniónContando píxeles

El móvil y la luna

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FEB 2014

Las buenas fotos son las que cuentan historias. Y las que nos obligan a hacernos preguntas. Visto así, la instantánea con la que John Stanmeyer ha ganado la presente edición del premio World Press Photo es una buena elección. Y aunque –como suele ser habitual- no ha convencido a todo el mundo, en general ha sido bien recibida por su fuerza visual y el acercamiento a un tema tan trillado como la migración de forma distinta a lo habitual y previsible.

Tanto, que algunos nos llevamos un susto -reconozcámoslo- los primeros segundos después de hacerse público el veredicto. ¿Una foto de gente sacando fotos con el móvil a la luna? ¿En serio? Que levante la mano quien pensó algo así o elaboró su propia teoría hasta leer el pie de foto. ¿Una foto que para ser entendida necesita un texto que la sitúe y explique puede ser considerada la mejor instantánea fotoperiodística del año? Aunque la respuesta ortodoxa sería un contundente no, en este caso no sirven nuestras teorías de manual.

Tal vez el problema sea que tras varias ediciones en las que la foto del año ha retratado la guerra y sus consecuencias de una forma mucho más gráfica y directa, ese punto poético de la foto nocturna de Stanmeyer nos ha pillado desprevenidos.

¿Una foto que para ser entendida necesita un texto que la explique puede ser considerada la mejor imagen fotoperiodística del año?

Así que la pregunta es obligada: ¿hasta qué punto el jurado de los World Press Photo ha querido romper la tendencia de los últimos años y evitar el cansino debate sobre la moralidad de mostrar la violencia, el horror y la guerra con tanta crudeza? ¿Es esta foto aparentemente mucho más suave –aunque el drama humano esté ahí- un ejercicio de prudencia respecto a todo lo que se habló el año pasado sobre la imagen de Paul Hansen con los cuerpos de dos niños palestinos muertos en primer plano?

Cuestiones que nos llevan de cabeza al tema del retoque y la edición. Tras lo ocurrido precisamente con la foto de Hansen, estaba claro que este año había que evitar que ocurriera algo parecido. Es uno de los daños colaterales de esta histeria en torno a la manipulación de las imágenes: ya no es sólo elegir la mejor foto, es elegir la mejor foto libre de una polémica potencial en torno a su edición.

De hecho, según ha explicado la organización del certamen a la revista British Journal of Photography, un 8% de las imágenes finalistas de esta edición fueron descalificadas por “manipulación”. Algo que pone sobre la mesa más preguntas (y ya hemos perdido la cuenta). En anteriores ediciones, ¿se revisaba esta cuestión con tanto detalle? ¿Acaso si ahora repasamos la lista de ganadores de años anteriores con lupa nos llevaremos algún susto? Este 8% de imágenes descartadas, ¿han sido publicadas en medios? ¿Se les ha avisado de esas sospechas?

Así que la foto nocturna de Stanmeyer no sólo es una gran foto, sino que cumple también ese criterio: a priori deja poco margen a la sospecha de retoque excesivo. De todos modos no cantemos victoria, porque seguramente a estas horas más de uno estará repasando con lupa las 55 fotos ganadoras en busca de algo extraño que nos dé titulares para los próximos meses. Son las nuevas rutinas del fotoperiodismo moderno.

Una profesión cuya crisis también pasa factura al nivel y tratamiento de los temas presentados a concurso. Por lo menos eso es lo que comenta a la mencionada revista británica Gary Knight, presidente del jurado en esta edición de los World Press Photo. Hace unos años había unos 10 o 15 reportajes bien elaborados sobre los temas más destacados, pero esta vez la cobertura se ha limitado a pocos fotógrafos.

Tal vez ahí esté la respuesta a otra de las preguntas que nos hemos hecho al descubrir que las excelentes fotos de Pau Barrena y Moisés Saman –peruano de nacimiento- son las únicas que cosechan premios para el fotoperiodismo español, que estos últimos años ha conseguido una gran notoriedad internacional. Tal vez sea el momento de asumir que, por mucho talento y grandes reporteros que haya, si no hay medios para mover esas historias, se trata de un callejón sin salida.

Pero de todas las preguntas que nos rondan desde que el pasado viernes descubrimos esta foto, las más difíciles son las que se refieren a la historia que ésta cuenta. Preguntas condenadas a quedar sin respuesta.

¿Llegarían a su destino estos hombres que Stanmeyer fotografió aquella noche en Yibuti? ¿No fueron personas como éstas las que hace unos días en Ceuta la Guardia Civil disparó pelotas de goma mientras trataban de alcanzar tierra a nado? O podrían ser –ojalá no- algunos de los que engrosan la última lista de inmigrantes ahogados intentado llegar a este Norte desde el que analizamos las fotos que hace tiempo les hicieron una noche rumbo a una vida mejor.

La columna de opinión "Contando píxeles" se publica, normalmente, el primer y tercer lunes de cada mes.

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