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OpiniónContando píxeles

Casta fotográfica

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JUN 2014

Seamos sus más enfervorecidos fans o enemigos acérrimos, al señor Pablo Iglesias –el de Podemos, no el fundador del PSOE- hay que reconocerle tres méritos: ha conseguido poner nerviosa a mucha gente, no sale mal en las fotos ni queriendo –qué pose, qué gesto, qué cosa- y gracias a él la nueva palabra de moda ya no es selfie sino casta.

No, no en plan mujer pura. Ni esa casta que es sinónimo de raza y poderío. Es la casta mala. De hecho nadie sabe muy bien qué demonios es, pero sí que no quiere serlo. Llámame lo que sea, pero no casta. Es, como decía la canción, el alfa y el omega de la vulgaridad. El mal en estado puro.

A la espera de que la siempre veloz e incuestionable –ejem- Wikipedia recoja el término con su acepción más actual, demos por bueno que la casta es algo así como la panda de apoltronados que viven del cuento sin que se sepa muy bien cuál es su aportación a la sociedad. Vamos, los parasitillos de toda la vida pero en versión oficial y con cargo público.

Con casi 200 años de historia, en lo fotográfico también vamos sobrados de personajes que entrarían por la puerta grande en el nuevo infierno de la casta

La casta son lo políticos, apuntará cualquiera que siga el tema de cerca. Vale, pero no nos quedemos ahí y extendamos ese gran concepto a todas las áreas. Por ejemplo, a mí, además de ciertos políticos, también me parecen casta las cañas a 3 euros y mal tiradas. O las riadas de turistas por las Ramblas. Y esas bicicletas eléctricas de Madrid que -según cuentan- nadie ha visto funcionar todavía, ¿qué son? Exacto: casta.

Los que tunean su coche, los cupcakes con sabor a gin-tonic, los de la musiquita del móvil atronando en el metro, los que están de vuelta de todo, la cocina con ínfulas y sin alma, preguntar antes de mirar en Google, los abonados al carril de la izquierda, los que reclinan el asiento en el avión, los de “el disco anterior era mejor”, los periodistas que salen en la foto, los economistas que ya sabían que esto iba a reventar… La casta nos rodea.

¿Y qué me dicen de la casta fotográfica? Con cerca de 200 años de historia (maestrillos que estaréis matizando el dato en voz baja: sois casta), por aquí también vamos bien sobrados de personajes, compañías, costumbres y demás que entrarían por la puerta grande en este nuevo infierno.

Empezando, claro, por los que responden al dedillo a la definición del palabro en cuestión: esos fotógrafos que llevan décadas haciendo exactamente lo mismo, acomodados en el mismo discurso, la misma foto o viviendo de los réditos de lo que fueron pera ya no son. Son, para entendernos, los europarlamentarios de nuestro mundillo.

Casta son las cámaras de plástico a precio de uranio enriquecido, los selfies, los visores electrónicos que quieren pero no pueden, los vídeos en vertical, el HDR pasado de vueltas –bueno, no, el HDR a secas-, los time-lapse con música épica, los hooligans de la marca de turno, los de las-réflex-son-mejores, los de los-espejos-van-a-desaparecer.

Pero para casta esos premios TIPA, EISA o cualquier otro apaño de barrio. O esos fotógrafos que se pasan la vida dando consejos pero a quienes jamás les ves sacar una foto. Los que hacen un shooting, no una sesión. Los que hablan a las modelos de esa forma. Los que desde su sofá hablan de demagogia cuando una foto les revuelve el estómago. Los que preguntan por el RAW en lugar de por los niños muertos de la foto.

Firmas que maltratan a sus usuarios. Los zooms del kit. Los que tiran en manual porque así es cómo trabajan los profesionales. Los sensores pequeños con muchos megapíxeles. Los pies de foto que tienen que explicar la foto. Los del arte conceptual. Los que roban fotos, porque si están en Internet, son gratis. Los de que eso ya lo sabían y esa foto ya la hizo mejor fulanito. Vamos sobrados de casta por aquí, oigan.

Y ya puestos: periodistas que escriben artículos de opinión como si fueran canciones de Sabina. Esos sí que son casta de la mala. ¿Qué es casta?, me preguntas mientras me apuntas con tu Lomo de plástico azul. Casta eres tú.

La columna de opinión "Contando píxeles" se publica, normalmente, el primer y tercer lunes de cada mes.

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