Crónica

¿Está muerto el 3D? ¡No!

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El director de fotografía Pol Turrents explica por qué la tecnología estereoscópica es y seguirá siendo una herramienta muy válida para contar historias

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JUN 2014
Álvaro Méndez | Granollers (Barcelona)

“¡No necesitábamos diálogos! ¡Teníamos rostros!”, clamaba al cielo Gloria Swanson en la magistral “El crepúsculo de los dioses” ante la certeza de que sus días de estrella del cine mudo tocaban a su fin. Algo parecido planteó también la legendaria “Cantando bajo la lluvia”, donde la irrupción del sonido en la industria cinematográfica fue vista por algunos de sus protagonistas como el final del séptimo arte.

En torno a esta premisa giró la charla que Pol Turrents ofreció la semana pasada durante la decimoquinta edición del MAC (Mercat Audiovisual de Catalunya) en la localidad barcelonesa de Granollers: cómo los avances tecnológicos y los nuevos lenguajes son recibidos casi siempre con rechazo por algunos sectores de negocio y por el público.

Autoproclamado friki audiovisual, este director de fotografía analizó el odio que ha generado en una buena parte del público la irrupción del cine en tres dimensiones. Una aversión cuyo origen Turrents sitúa en la escasa calidad técnica y artística de muchas de las producciones en 3D que llegan a las pantallas y -cómo no- en ese mencionado rechazo casi irracional a las cosas nuevas.

Y es que durante su primer boom la estereoscopía se usó mucho más como discutible reclamo comercial que como auténtico vehículo de expresión cinematográfica, lo que derivó en un buen puñado de películas mediocres en 3D –rodadas en este formato o convertidas a última hora- que provocaban auténticos dolores de cabeza.

El 3D se usó más como reclamo comercial que como vehículo de expresión cinematográfica, lo que derivó en un buen puñado de películas mediocres

Pero actualmente cineastas de prestigio como Martin Scorsese, Wim Wenders o Alfonso Cuarón han demostrado que las tres dimensiones constituyen una herramienta más para explicar historias, y que aunque evidentemente no tienen por qué utilizarse en todas la películas, tampoco deberían quedar relegadas a vulgares producciones de corte comercial.

Precisamente ha sido el éxito de películas como la estupenda “Gravity” lo que ha reconciliado al público más reacio con las imágenes estereoscópicas. Películas totalmente concebidas, planificadas y rodadas pensando en tres dimensiones y sin dejar de lado el contenido y el valor artístico.

Turrents comentaba que para que una película en 3D funcione debe estar planteada desde el primer momento para ser vista así, concebida para ese nuevo lenguaje. Y para ello es esencial que los directores que quieran explorar este camino tengan claro que tendrán que ser tolerantes con todas las dificultades añadidas que genera una filmación estereoscópica, tanto a nivel técnico como humano.

El director de fotografía puso un ejemplo que ilustra bastante bien las diferencias narrativas entre el 2D y el 3D: en una película convencional se desenfoca el segundo plano de la imagen para separar las personas del fondo, mientras que en una estereoscópica se separa a la persona del fondo físicamente, sin más. Aunque parezca una perogrullada, este cambio en el lenguaje y las formas de rodar ha producido no pocas fricciones entre los directores y los técnicos de 3D o estereoscopistas.

Foto: Álvaro Méndez (Quesabesde)
Turrents, la semana pasada en Granollers (Barcelona).

¿Y en la televisión? Aquí la cosa se complica más, y eso a pesar de que los televisores asequibles capaces de reproducir en 3D se cuentan por decenas. El problema una vez más es que la apuesta por los contenidos y los canales en tres dimensiones es aún muy escasa. Turrents recordó que ya en los principios de la implantación del 3D en el hogar hubo una pequeña burbuja de producciones estereoscópicas, buena parte de ellas financiadas por los propios fabricantes de pantallas planas, ansiosos por impulsar su nuevo producto.

Pero a día de hoy parece que las productoras no tienen claro qué géneros televisivos son los más adecuados para el 3D. ¿Documental, deporte, ficción, reality show? A esto hay que sumar las dificultades en la emisión, puesto que un canal que emita en 3D solo puede ser disfrutado por aquellos espectadores que tengan un televisor de esas características, un hecho que supone borrar de un plumazo buena parte de la posible audiencia.

Para Turrents, sin embargo, el verdadero escollo de la implantación del 3D en los hogares es el obligado uso de las gafas. Y es que algo que en una jornada de cine puede ser aceptable, en casa se convierte en un verdadero engorro. Especialmente para aquellos que acostumbren a hacer otras cosas mientras ven la tele, ya sea comer, consultar el móvil, hacer punto o simplemente charlar.

Por eso la implantación definitiva del 3D pasa necesariamente por proyecciones y televisores autoestereoscópicos que no requieran el uso de gafas. Y parece que en esa dirección apuntan algunos de los avances que han ido apareciendo en los últimos años en el mercado audiovisual, desde la ya implantada resolución 4K hasta el experimento -por ahora con poca continuidad- como el rodaje y posterior proyección de la trilogía de “El Hobbit” a 48 fotogramas por segundo.

La implantación definitiva del 3D pasa necesariamente por proyecciones y televisores que no requieran el uso de gafas

De hecho resolución elevada y velocidades de refresco muy altas forman un cóctel que garantiza poder disfrutar de un 3D de calidad, explicaba Turrents. Y parece ser que la Unión Europea ya tiene la vista puesta en el siguiente estándar televisivo para el continente: 4K a 100 cuadros progresivos por segundo.

La tecnología avanza. A veces se imponen las innovaciones, como en el caso del sonido, a pesar de que no fueron pocos quienes vaticinaron que supondría la muerte de cine. Otras veces, en cambio, se presentan los avances como el maná salvador y acaban en el baúl de los recuerdos, como pasó con el Cinerama.

Al final lo que prevalece es la obra, muda o sonora, en blanco y negro o color… y ahora en 2D o 3D. Y maravillas como “UP!”, “La invención de Hugo”, “Pina” o “Gravity” demuestran que el gran cine puede ser -y debe poder seguir siendo- en tres dimensiones.

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