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Diario de un fotógrafo nómada

China: el despertar del dragón

 
6
AGO 2008

Al borde de los Juegos Olímpicos de 2008, China está culminando la segunda transformación más importante de su historia. Primero fue Mao Zedong con su revolución cultural, y ahora, de la mano de un capitalismo salvaje travestido de comunismo, el país galopa desbocado hacia un futuro incierto lleno de oportunidades, pero también de amenazas.

Los chinos son gente muy orgullosa de su nación. Siempre han creído ser el centro del mundo, y no por sus mitos y leyendas, sino por saberse un pueblo autosuficiente, disciplinado y muy poderoso.

Foto: Nómada
Desde las primeras dinastías, China fue un país hegemónico.

China nunca ha tenido complejo de país subdesarrollado o perdedor, como sucedió -por ejemplo- con la España de la posguerra. Pero jamás ha conocido la democracia, pues siempre ha estado en manos de gobiernos totalitarios.

Foto: Nómada
China levantó fortalezas hasta el borde de los desiertos. Como ésta, junto al Gobi.

Tras la caída de la dinastía Manchú se sucedieron diferentes fórmulas de gobierno: los "señores de la guerra", el Kuomintang de Chiang Kai-shek, y finalmente Mao Zedong, que después de varios intentos acabaría imponiéndose a sus enemigos del propio Partido Comunista, una formación sumida en constantes guerras intestinas.

Foto: Nómada
Interior de la Ciudad Prohibida.

Mao proclamó la "revolución cultural proletaria", y con ella comenzó un período de inusitada violencia contra todo aquel que fuera sospechoso de realizar actividades contrarrevolucionarias. Naturalmente, los primeros perseguidos fueron los intelectuales, profesores, artistas y las clases políticas disidentes.

Foto: Nómada
Mao ha sido una figura omnipresente en las últimas décadas.

Más bien tenía que haberse llamado "revolución anticultural", pues el fin primordial de Mao no era otro que el de acabar con la cultura tradicional china.

Tesoros milenarios como templos, bibliotecas y otros bienes de su antiquísimo acervo cultural fueron arrasados por la furia de los guardias rojos, que competían por demostrar quién era más fiel a Mao aniquilando el mayor número posible de símbolos "reaccionarios".

Foto: Nómada
La estatua más grande de Mao, en Xi'an.

Se secuestró el pensamiento y la conciencia. Creencias religiosas como el budismo o el taoísmo fueron desmanteladas o "adecuadas" a los nuevos tiempos. Comisarios políticos se infiltraron hasta en los templos y los centros educativos más recónditos del país.

Foto: Nómada
Monjes taoístas se fotografían frente a la Ciudad Prohibida.

Todo lo anterior era considerado como antiguo y contrarrevolucionario, de claro tinte feudal. Las ciencias antiguas, como la medicina tradicional china o tibetana, tuvieron que esconderse para sobrevivir. Las artes corrieron el mismo destino.

La educación impartida en escuelas y templos fue sustituida por ideología de línea dura, y hasta la bellísima caligrafía tradicional china fue simplificada para que ningún niño pudiera tener influencias ni inclinaciones "burguesas".

Foto: Nómada
El ejército ocupa todos los espacios.

En este tiempo murieron millares de chinos de la etnia han. Fueron víctimas de las purgas, las persecuciones y la hambruna que el Comité Central había propiciado con las escuelas y fábricas paralizadas, los campesinos expropiados y desplazados a la fuerza y todo el país aislado internacionalmente por los desmanes y la extrema crueldad de su política.

También las etnias y regiones periféricas fueron sometidas a la disciplina de la República Popular.

Pueblos que habían sido independientes desde siempre, como Tíbet o Xinjiang, fueron ocupados y posteriormente colonizados por el Ejército de Liberación Popular. Chinos de la etnia han fueron obligados a desplazarse masivamente hacia estas regiones periféricas con el objeto de disolver las culturas locales.

Foto: Nómada
Muchos tibetanos viven en extrema pobreza o están alcoholizados.

El problema de Xinjiang, menos conocido que el del Tíbet, es, si cabe, más complejo. Ambas regiones están en las fronteras chinas y han gozado de dinastías imperiales lo suficientemente poderosas como para mantenerse independientes del gigante asiático durante siglos.

Foto: Nómada
Un tadjiko desayunando.

A pesar de la colonización forzosa de los han, Xinjiang está habitada por una mayoría de etnia uigur de rasgos turcomanos y confesión musulmana. Junto a kazakos, uzbekos, kirguises y tadjikos, suspiran por conformar el Turkestán, su región natural, pero Rusia y China se oponen a su proyecto.

Foto: Nómada
Los uigures son musulmanes no radicales.

Los países vecinos tampoco podían dormir tranquilos. Japón, India, Corea y especialmente Taiwán estaban -Taiwán lo sigue estando- en constante conflicto con la insaciable voracidad china. Incluso la extinta Unión Soviética tuvo serias disputas territoriales con su otrora "hermana" comunista.

Foto: Nómada
Mujer kazaka vendiendo pan.

Tras la muerte de Mao en 1976 empezaron a soplar vientos de reforma, y fue en la década de los 80 cuando empezaron a oírse las primeras voces exigiendo mayor pluralidad y democracia.

La corriente de oposición se extendía rápidamente, especialmente en los círculos universitarios e intelectuales. Estaba en peligro la hegemonía ideológica y fáctica del Partido Comunista, algo que jamás permitiría el aparato.

Esta etapa de esperanza fue cortada de cuajo en 1989 durante los trágicos sucesos de la plaza de Tiananmen, donde las fuerzas de seguridad mataron a cientos de estudiantes durante la revuelta.

Foto: Nómada
La plaza de Tiananmen, la más grande del mundo.

La China moderna vive una situación radicalmente distinta. No se han efectuado cambios políticos y sigue manteniéndose la disciplina férrea y el control sobre todo lo que ocurre. Aun así, los cambios sociales no se han hecho esperar.

A finales del siglo XX, Den Xiaoping propulsó el portentoso desarrollo económico que hoy continúa imparable bajo el mando de Hu Jintao, el actual líder de la República Popular China. El escenario ha cambiado, pero los hilos los sigue moviendo el Partido Comunista.

Foto: Nómada
Monumento a la Revolución en la plaza de Tiananmen.

En estos años, China ha sufrido el mayor éxodo de la historia: decenas de millones de campesinos han emigrado a las ciudades y centros industriales del país. Muchas aldeas han desaparecido y otras han quedado con unos pocos niños y ancianos.

La apertura económica al capital ha disparado los sueños del pueblo y nadie quiere perder la oportunidad de ganar dinero después de tantos años de pobreza y necesidades.

Foto: Nómada
Los nuevos tiempos y la modernidad empiezan a asomar en China.

La gente del campo, la mayoría del país, sobrevivió durante décadas con su pequeña plantación de arroz y unas gallinas. Hoy pueden ganar hasta 1.000 yuanes (unos 90 euros) mensuales en unas condiciones laborales que rozan la esclavitud.

En China el agua escasea. A pesar de los grandes ríos que la surcan, posee inmensas extensiones esteparias de extrema aridez, cuando no desérticas. Necesita agua para sus 1.300 millones de habitantes, para regar los cultivos que les den de comer y para mover la ingente industria que florece por doquier.

A este problema hay que añadir que la mayoría de ríos y lagos están gravemente afectados por la contaminación industrial.

Foto: Nómada
El Río Amarillo, enorme como tantos otros del país, pero insuficiente.

El problema medioambiental es gigantesco. China es el primer país emisor de dióxido de carbono del planeta, y la insostenibilidad de esta situación sigue creciendo de manera imparable.

Las bicicletas, que eran el medio de transporte nacional, están siendo sustituidas por los automóviles, y las fábricas se han instalado a millares incluso en el interior de las ciudades.

Foto: Nómada
Las bicicletas están desapareciendo de los núcleos urbanos.

La polución es de tal calibre que en las ciudades más importantes del país no ven casi nunca el sol. La mayoría de los días el cielo tiene un aspecto plomizo, gris.

De las 20 ciudades más contaminadas del planeta, 16 están en China. Una pena, entre otras cosas porque este país, bajo la luz del sol, es un estallido de color.

Foto: Nómada
Es raro avistar el sol desde las grandes ciudades chinas.

Debido al espectacular crecimiento del parque automovilístico y de la industria pesada, las necesidades energéticas se han disparado.

China, que siempre había sido autosuficiente, necesita imperiosamente petróleo, gas y minerales para que su expansión no se paralice. Las reservas internas son demasiado escasas para cubrir el enorme consumo.

Foto: Nómada
La contaminación ambiental es enorme.

El petróleo ha sido la principal causa de desestabilización mundial en los tiempos modernos, y China tiene sed de agua e hidrocarburos. La invasión de Afganistán no se debió al afán humanitario de los Estados Unidos, sino a que el gobierno talibán quería dirigir sus oleoductos hacia China comprometiendo el futuro del suministro para Norteamérica y Occidente.

En Iraq sucedió algo parecido cuando Sadam Hussein pretendía aceptar las abrumadoras ofertas de China a cambio de su crudo. Y es que a Occidente le puedes mentar a sus muertos, pero el petróleo no se toca.

Actualización: se ha suprimido la acotación "parte I" del título del presente artículo porque el autor ha realizado modificaciones sustanciales en la segunda parte de esta serie dedicada a China. Prevista su publicación para el próximo miércoles 13 de agosto, el segundo artículo aparecerá con el título de "China: costumbres y tradiciones de un pueblo milenario".

Detrás del seudónimo Nómada se esconde un aficionado a la fotografía e inefable trotamundos.

Los artículos de la serie "Diario de un fotógrafo Nómada" se publican normalmente el primer miércoles de cada mes.

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