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Diario de un fotógrafo nómada

Castillo de Olite y Arguedas: vivir como reyes o como trogloditas

 
14
ABR 2010

Olite, sede de los primeros monarcas del Reino (o Reyno) de Navarra. Arguedas, uno de los pueblos más humildes de aquel viejo territorio. Dos lugares cercanos separados entre sí por escasos kilómetros, pero muy lejanos en cuanto a sus formas de vida. Opulencia de reyes junto a pobreza de vasallos. Visitamos en esta ocasión tan curioso contraste, heredado de nuestra historia medieval.

Continuando el viaje que habíamos comenzado en el sureste de Navarra, en el Parque Natural de las Bardenas Reales, nos dirigimos hacia el norte para conocer uno de los iconos de esta región: el castillo de Olite.

Saliendo de las Bardenas Reales, el primer pueblo que encontramos en esta tierra esteparia es Arguedas, una pequeña aldea dedicada a la agricultura.

Foto: Nómada
Arguedas, un pueblo eminentemente agrícola.

El clima extremo y el omnipresente cierzo que reseca a esta tierra y sus habitantes ha hecho que vivir en Arguedas nunca haya sido fácil.

Ya desde la distancia lo primero que llama la atención son las cuevas que se encuentran horadadas en la montaña, a cuyos pies se extiende el pequeño pueblo.

Foto: Nómada
Más de 300 cuevas perforan la montaña.

Parece ser que estas viviendas trogloditas eran construidas por los lugareños, cuyos pobres jornales no les permitían hacerse una casa de piedra o ladrillo. Aprovechando los días en que el mal tiempo impedía trabajar en el campo, los hombres cambiaban el arado por el pico y la pala, y excavaban la roca para construirse una vivienda digna.

Foto: Nómada
Las cuevas se excavaban en lugares inverosímiles.

Una vez abierta la entrada, la primera estancia que se vaciaba era la cocina para que los humos del fuego bajo pudieran salir al exterior y no inundaran el fondo de la cueva, donde irían excavadas las habitaciones.

Foto: Nómada
La primera estancia siempre era la cocina.

Lo bueno de vivir en ellas es que no necesitaban calefacción, pues en su interior se mantiene una temperatura constante de 18 a 22 grados a lo largo de todo el año, y eso, en una zona en la que el clima es durísimo, es un auténtico lujo.

Con frecuencia se encalaban las paredes, e incluso si el dinero llegaba, se alicataban.

Foto: Nómada
Paredes encaladas (cuando se podía).

Esta forma de vida no hubiera resultado tan mala si no fuera porque sólo unas pocas cuevas tenían suministro eléctrico y ninguna disponía de agua, que había que acarrearla desde un arroyo situado a un kilómetro.

Alrededor de los años 50 empezaron a quedar deshabitadas, y sus inquilinos se mudaron a un barrio de "casas baratas", que es así como las denominan ellos, donde empezarían una nueva vida. Algunas cuevas se reutilizaron como graneros y la mayoría quedaron abandonadas.

Foto: Nómada
En los años 50 los habitantes de las cuevas se mudaron al pueblo.

Hoy en día muchas de ellas están siendo rehabilitadas y ofrecidas como alojamiento rural. Hospedarse en estas confortables estancias es una experiencia muy recomendable.

Seguimos la ruta hacia el norte, donde nos espera Olite, uno de los pueblos más importantes de Navarra cuyo pasado medieval se manifiesta en cada uno de sus rincones.

Foto: Nómada
Olite, una villa medieval.

En el centro de la población emerge, altivo, el estandarte y orgullo de Olite: su castillo.

Foto: Nómada
Una enorme construcción en mitad de la villa.

Cuando nos referimos a él siempre hablamos de un castillo. Sin embargo, se trata de un palacio cuyo destino siempre fue residencial, para uso de la corte. Nunca fue construido para fines militares.

Foto: Nómada
Un diseño muy refinado, propio de un palacio.

El diseño del palacio es un tanto anárquico debido a que nunca se proyectó como un conjunto, sino que fue sometido a numerosas ampliaciones a lo largo de los años.

Foto: Nómada
Una de las ampliaciones de este conjunto heterogéneo.

A pesar de todo, el perfil almenado y sus numerosas torres confieren al edificio un aspecto de palacio de cuentos de hadas, y durante sus años de esplendor fue considerado una de las construcciones más bellas de la Europa medieval.

Foto: Nómada
Su perfil se asemeja a los palacios de los cuentos.

El conjunto está formado por dos recintos: el Palacio Viejo, hoy reconvertido en Parador nacional, y el Palacio Nuevo, que es la zona que se muestra al visitante.

La crónica de este recinto comienza allá por el siglo XIII y está repleta de hechos notables y curiosas historias de gran interés que darían para escribir toda una enciclopedia.

Foto: Nómada
Detalle de un claustro interior.

Aquí vivieron reyes de toda clase y pelaje. Sancho VII "el Fuerte", los Teobaldos o Carlos II "el Malo". Todos dejaron su huella impresa. Pero fue Carlos III "el Noble" quien dotó a este palacio del esplendor que en su época deslumbraría a medio mundo.

Foto: Nómada
Esplendor medieval.

Espléndidos jardines -alguno de ellos colgante-, habitaciones para la guardia, cuartos de damas, salas y galerías para el rey y la reina, patios diversos, capillas, torres de diferente factura e incluso un enorme depósito de hielo configuran el recorrido de lo que se puede visitar aquí.

Foto: Nómada
Un inmenso "huevo" de piedra bajo el que se guardaba el hielo. Se accede a él por la pasarela de tablas.

A pesar de su espectacular aspecto, lo que vemos no es sino una pequeña parte de lo que en su día fue un grandioso conjunto arquitectónico, lo que queda de él.

Foto: Nómada
Si actualmente es así, ¿cómo fue en su época de esplendor?

Los expertos en historia aseguran que, desgraciadamente, no podemos hacernos ni idea de la majestuosidad y el lujo que albergaron las paredes de este monumento.

Foto: Nómada
Una pequeña parte de este gran conjunto.

Durante las guerras con el Reino de Castilla el palacio fue abandonado y más tarde incendiado. Telas, muebles, frescos y toda la extraordinaria ornamentación que decoraba sus estancias desapareció y se perdió para siempre, así como los bellísimos jardines que lo rodeaban.

Foto: Nómada
Maqueta del estado del palacio antes de su rehabilitación.

El actual Palacio Real es fruto de la labor de restauración que el gobierno de Navarra está llevando a cabo desde hace varios años. El objetivo de este proyecto es recuperar todo lo que se pueda de la antigua estructura palaciega, una ingente tarea que, sin embargo, no consuela a los historiadores y a las generaciones que vendrán, pues la barbarie humana nos ha privado, una vez más, de un riquísimo patrimonio cultural.

Foto: Nómada
Aún tardaremos varios años en verlo totalmente restaurado.

He aquí el Palacio Real de Olite, y muy cerca de él las viviendas troglodíticas de Arguedas. Dos formas de vivir coetáneas pero opuestas. La opulencia y la miseria. Pasan los siglos, pero el ser humano sigue sin aprender a distribuir la riqueza.

Detrás del seudónimo Nómada se esconde un aficionado a la fotografía e inefable trotamundos.

Los artículos de la serie "Diario de un fotógrafo Nómada" se publican normalmente el primer miércoles de cada mes.

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