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Diario de un fotógrafo nómada

De trogloditas, hadas y ciudades subterráneas: Capadocia mágica

 
7
NOV 2007

Anatolia, huella de civilizaciones antiguas, historia escrita en el borde de sus caminos por hombres y caravanas transitando entre lugares remotos. Y en su centro, Capadocia, vientre de tierra y lava, hogar de trogloditas, catedral de ermitaños y monjes proscritos. Capadocia, silueta embrujada de un capricho volcánico.

Desde los tiempos antiguos, pocas regiones del planeta han tenido la relevancia de la península de Anatolia, situada en el corazón de Asia Menor.

Los turcomanos, una etnia de origen mongol, eran ferozmente perseguidos por los arios. En su huída fueron desplazándose hasta llegar a las estepas y montañas de Anatolia. Allí se establecieron definitivamente y comenzaron a mezclarse con otras tribus, fundamentalmente de origen persa.

Foto: Nómada
Imagen parcial de la meseta de Capadocia.

Fueron perdiendo las facciones orientales -ojos rasgados y pómulos prominentes-, para devenir en un pueblo de rasgos propios, un grupo étnico con un riquísimo bagaje cultural, fruto del contacto, la vecindad y el intercambio con otros reinos: lidios, jonios, frigios, mesopotámicos, romanos, circasianos, árabes y un largo etcétera.

Foto: Nómada
Uno de los mil perfiles de este paisaje mágico.

En el centro de Anatolia se encuentra la región de Capadocia, un lugar a 1.200 metros de altitud donde el verano es abrasador y el invierno gélido, una tierra de paisajes extraños y sobrecogedoramente bellos.

Foto: Nómada
Amanece sobre la meseta capadocia.

Capadocia era una depresión entre cráteres y montañas, hasta que hace diez millones de años los numerosos volcanes de la zona entraron en actividad. Milenios de erupciones devastadoras cubrieron la región de tal forma que ríos y colinas quedaron enterrados bajo una colosal capa de 150 metros de lava, ceniza y toba.

Foto: Nómada
Panorámica de la capa erosionada de lava y cenizas.

En algunos valles las últimas erupciones registradas fueron de material basáltico, un mineral mucho más duro que la toba caliza y porosa de las capas inferiores, creando una especie de manto que protegía el frágil subsuelo de la erosión.

Foto: Nómada
Un pueblo construido entre el sobrecogedor relieve de este paraje.

Pero siglos de viento y lluvia fueron socavando y agrietando esta dura superficie basáltica. El agua y el hielo, al penetrar hacia las capas inferiores de toba, quebradiza y esponjosa, erosionaba el subsuelo a más velocidad que la superficie, provocando derrumbamientos y esculpiendo un paisaje sorprendente.

Foto: Nómada
Foto: Nómada
Formas caprichosas adornan los valles.

Milímetro a milímetro, año tras año, fueron modelándose esas curiosas formas, a veces conos, a veces setas gigantes, y otras veces columnas con curiosos "gorros" o "paraguas" a las que la gente local denominó "chimeneas de hadas".

Foto: Nómada
Un rosario de "chimeneas de hadas" sorprende al visitante.

En otros valles de la Capadocia el relieve adquirió otro aspecto, semejando olas en un océano de piedra o arrugas de una antiquísima piel de lava, a cuyos pies se extienden feraces campos de calabazas, melones y viñedos.

Foto: Nómada
La marea de cenizas fertiliza los riquísimos huertos y viñedos.

Capadocia comienza a tener relevancia con los hititas, un imperio temido por su belicosidad y su experiencia militar, que hablaba un idioma indoeuropeo pero escribía en lengua cuneiforme, como los pueblos asirios y mesopotámicos.

Foto: Nómada
Tablilla hitita escrita en lengua cuneiforme en el Museo de las Civilizaciones de Ankara.

Los hititas, adoradores de la diosa Cibeles, eran también muy respetados por su gran habilidad en los negocios y su experiencia en desarrollar rutas comerciales.

Foto: Nómada
"Caravanseray" de Hoca Mesut, camino da Aksaray, en plena Ruta de la Seda.

Con la caída del imperio hitita llegaron nuevos conquistadores: primero, los persas de Ciro el Grande; dos siglos más tarde, los bizantinos con Alejandro Magno al mando; posteriormente, los seléucidas de Antíoco el Grande, y finalmente, la Roma de Tiberio.

Foto: Nómada
Parte descubierta del "caravanseray". Se utilizaba para alojar hombres y animales en las cálidas noches de verano.

Ninguno de los nuevos imperios encontró aquí nada importante que asimilar a su cultura. Sólo les interesaba el control de los caravanserays y las vías comerciales. Capadocia era estratégicamente imprescindible para el dominio de la Ruta de la Seda y para el traslado rápido de ejércitos, pues era el camino más fácil, corto y rápido de Asia Menor.

Foto: Nómada
Zona cubierta destinada a cobijar las caravanas durante el gélido invierno.

Los pobladores de Capadocia, constantemente perseguidos por las potencias invasoras, se refugiaron en esta zona montañosa y aprendieron que las montañas y los grandes conos que las rodeaban podían ser labrados sin gran esfuerzo. Esto les salvó la vida.

Foto: Nómada
Viviendas excavadas en los conos y laderas.

Valiéndose de esta curiosa técnica arquitectónica, estos hombres que vestían pieles de carnero cavaron en la piedra cubículos y viviendas trogloditas que les protegían del clima extremo de la región.

Foto: Nómada
Muchas viviendas trogloditas han sido utilizadas hasta hace pocos años.

Pero también excavaron ciudades subterráneas que resultaron ser auténticas fortalezas inexpugnables para aquellos ejércitos que cíclicamente se empeñaban en invadir Capadocia y acabar con sus moradores.

Estas ciudades fueron ampliadas en el siglo VII y VIII por los cristianos, que huían de los árabes y conocían bien el sistema de catacumbas.

Foto: Nómada
"Hall" de entrada a la ciudad subterránea de Kaymakli.

Estas formidables construcciones subterráneas, verdaderos termiteros humanos, podían tener hasta diez pisos de profundidad y esconder a miles de personas durante semanas.

Exteriormente, las entradas estaban perfectamente camufladas, de manera que, cuando se acercaba el enemigo, todo el pueblo corría a las bocas de entrada, ocultas por rocas, y desaparecía ante la mirada atónita de los invasores.

Foto: Nómada
Puerta redonda, siempre más grande que el hueco.

Haciéndolas rodar, enormes ruedas de piedra servían de puerta para cerrar cada acceso. La rueda se tallaba dentro a partir de una gran roca interior, y debía ser mayor que el vano para que el enemigo no pudiera abrirla desde fuera.

En su interior disponían de almacenes para alimentos, cisternas de agua y vino, cuadras, iglesia y viviendas. Un sorprendente y eficaz sistema de ventilación aseguraba la circulación de aire a través de una chimenea central que descendía hasta el piso más bajo de la ciudad.

Foto: Nómada
Uno de los almacenes-despensa de la ciudad. Cada hueco servía para guardar cosas distintas: grano, harina...

Esta chimenea, a modo de angosto "patio de vecinos", servía también para comunicarse de piso en piso y para evacuar los excrementos, que podían hacer irrespirable la atmósfera interna si el pueblo tenía que permanecer varias semanas enterrado.

Los pisos superiores, mejor ventilados y de más fácil acceso, estaban destinados a las familias más pudientes -siempre ha habido clases-, y los sistemas de defensa eran tan ingeniosos que ninguna de estas ciudades pudo ser jamás vencida.

Foto: Nómada
Descenso del tercer al cuarto piso. En la pared, huecos para candiles de iluminación.

El enemigo, al entrar, venía con los ojos acostumbrados a la cegadora luz del exterior: no veía nada. Pasar a la oscuridad total de un laberinto era un suicidio; en cada rincón acechaba un troglodita para golpearle con una roca sobre la cabeza, cortarle las piernas a la altura de los tobillos o clavarle una lanza por la espalda.

Foto: Nómada
Largos túneles laberínticos comunican distintas zonas. Las escaleras son recientes.

El paisaje de este territorio, casi de otro planeta, evocaba en las gentes la autoría de Dios.

Capadocia pasó a ser el sueño y destino de los primeros cristianos. Su fama la convirtió en un lugar mítico, reclamo de eremitas y monjes que buscaban la soledad, el ascetismo y la proximidad a lo divino en aquella tierra labrada por la mismísima mano del Hacedor.

Foto: Nómada
Primeras ermitas excavadas por ascetas solitarios en las "chimeneas de hadas".

Capadocia se transformó en una región casi sagrada. Su obispo, Basilio de Cesarea, sugirió a estos religiosos que dejaran la ascética solitaria y se agruparan en comunidades monásticas, promoviendo la oración, las tareas y la vida en común. Fue así como nacieron los primeros conventos y complejos monacales.

Foto: Nómada
Uno de los monasterios del impresionante conjunto monacal de Göreme.

El eremita o monje encargado de la decoración buscaba los pigmentos con los que confeccionar las pinturas: índigo, circonio, cúrcuma o barros coloreados eran algunos de los materiales que servían de base para los colores empleados.

Foto: Nómada
Frescos con escasa técnica y pobre material.

Los artistas más primitivos, a menudo ascetas analfabetos, realizaban sus obras de manera muy rudimentaria, usando los dedos o simples palos como pinceles, e iluminándose con linternas de pellejo y grasa que ennegrecían de hollín el techo.

Foto: Nómada
Las decoraciones son a veces espartanas.

Sus dibujos eran muy simples y las cruces y representaciones de figuras o animales, muy toscas. A menudo, las acompañaban con cenefas y adornos geométricos de un solo color.

Foto: Nómada
Los primeros pintores fueron artistas llevados por su fe, no por su habilidad.

Los frescos pintados por las comunidades de monjes eran mucho más elaborados y ricos en motivos, y su ejecución era fruto de una buena técnica.

Al igual que vimos en las cuevas de los Mil Budas de Mogao, los monjes se ayudaban de espejos para reflejar la luz en el techo y los lugares profundos, y así evitaban manchar las paredes con el negro hollín de las teas.

Foto: Nómada
Pinturas de iglesias realizadas por monjes expertos.

En plena discusión entre la iglesia de Oriente y Occidente acerca de la conveniencia de representar imágenes sagradas y adorarlas, llegó León III el Isaurio, emperador bizantino y exaltado iconoclasta, que dispuso la supresión total de imágenes sagradas y la persecución de todo aquel que las adorara.

Foto: Nómada
El interior de algunas iglesias es sorprendentemente grande.

Las primeras expediciones de castigo fueron enviadas a Capadocia para destruir toda imagen susceptible de culto, pues los monjes se negaban a borrarlas. Debido a que estas iglesias eran muy difíciles de distinguir por estar excavadas y camufladas entre las rocas, la mayoría de ellas se salvó de la destrucción.

Foto: Nómada
Volar sobre Capadocia en globo aerostático: una experiencia inolvidable.

Durante sesenta años, aquellos monjes fueron perseguidos por exacerbados iconoclastas, hasta que el Concilio Segundo de Nicea proclamó legítimo el culto y la veneración a las imágenes sagradas, dando por finalizada una nueva etapa en la convulsa historia de Capadocia.

Foto: Nómada
Silueta de Capadocia al anochecer.

Capadocia mágica. Historia escrita con viento, hielo, mazo y cincel. Tierra sagrada que aún guarda en su vientre secretos insondables. Paisaje misterioso recortado bajo la luna de millones de noches.

Tal vez algún día, el gigante que la vigila, el monte Ararat, se sacuda la nevada melena y nos enseñe dónde ocultó el Arca de Noé.

Detrás del seudónimo Nómada se esconde un aficionado a la fotografía e inefable trotamundos.

Los artículos de la serie "Diario de un fotógrafo Nómada" se publican normalmente el primer miércoles de cada mes.

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