• Vietnam: un regalo de la naturaleza maltratado por la historia
  • Laos: bienvenidos a la tranquilidad
Las postales perdidas del tío Matt

Camboya: los restos del Imperio jemer

 
18
NOV 2009

Hablar de Camboya es hablar de los míticos templos de Angkor, y ésa es a su vez su bendición y su maldición. Bendición porque atrae a miles de turistas al año para visitar una de las maravillas del mundo. Maldición porque ha eclipsado el resto de un país que ofrece mucho más por descubrir.

Lo reconozco: yo también caí en el tópico que igualaba y limitaba a Angkor con Camboya. Afortunadamente, mi viaje por tierra me hizo pasar por algún que otro lugar, y han resultado ser éstos tremendamente recomendables. Desde Phnom Penh, la capital, hasta Battambang, cruzando el lago Tonlé Sap para acabar llegando a Siam Reap y desde allí a Angkor.

Foto: Ignacio Izquierdo
Amanece en Angkor Wat, en Angkor.

La historia reciente de Camboya es tremendamente oscura y turbulenta. En un intento de llegar al comunismo de golpe, sin pasos intermedios, tras finalizar la Segunda Guerra de Indochina (más conocida como Guerra de Vietnam) el gobierno de los jemeres rojos comandados por Pol Pot creó uno de los regímenes más brutales que ha vivido la historia contemporánea.

Foto: Ignacio Izquierdo
La única manera de moverse por el Tonlé Sap: navegando.

Todas las ciudades se evacuaron para que la población fuera a trabajar al campo en cultivos de arroz, y aplicando el maniqueísta planteamiento de si no estas conmigo estás contra mí, masacraron cualquier intento de oposición, asesinaron a cualquier sospechoso de traición y a cualquier amigo de traidores -o supuestos traidores- y similares.

Foto: Ignacio Izquierdo
Fotos de las víctimas de los jemeres rojos según se tomaron en la propia prisión de Tuol Sleng, en Phnom Penh.

En total, 200.000 personas fueron asesinadas bajo sus órdenes, a las que hay que sumar unos dos millones de personas que murieron debido al hambre y a las enfermedades en las inhumanas condiciones de sus campos de trabajo.

Foto: Ignacio Izquierdo
Parte de las casi 9.000 calaveras de las víctimas exhumadas en las fosas comunes de los "Killing Fields".

Simplemente por conocer la historia de primera mano, merece la pena pasar un par de días en Phnom Penh para visitar los campos de exterminio, conocidos tristemente como los "Killing Fields", y el museo Tuol Sleng del genocidio, antigua escuela reconvertida en prisión y centro de tortura (o de re-educación, según lo llamaban los propios jemeres rojos) durante el régimen. En la puerta, un cartel remarca la importancia de no olvidar jamás.

Foto: Ignacio Izquierdo
Amable sonrisa de un monje budista en los montes de Battambang.

Es por eso que lo último que uno espera encontrarse en Camboya es alegría, gente feliz. Y es eso precisamente lo primero que uno ve. Sonrisas. Antes de hablar, primero sonríen. Son tremendamente encantadores. Y eso dice mucho de un pueblo que no ha dejado de sufrir en demasiado tiempo.

Foto: Ignacio Izquierdo
Un pequeño camboyano, dándome las gracias por haberle hecho una foto. Verídico.

Lejos quedan los años en que los jemeres, los ancestros de los camboyanos, dominaban gran parte del sureste asiático. Suyos eran no sólo Camboya, sino también Tailandia, Laos, Vietnam y parte de Myanmar y Malasia. Nunca hubo un imperio más poderoso en esta parte del mundo.

Foto: Ignacio Izquierdo
Parte del espectacular Palacio Real en Phnom Penh.

De esa época de grandeza entre los siglos IX y XIII surgió Angkor, la gran capital. Casi mil kilómetros cuadrados en lo que fue la ciudad preindustrial más grande del mundo, cuyos canales y cultivos abastecieron a alrededor de un millón de personas.

Foto: Ignacio Izquierdo
Un tren de bambú desmontable, una curiosidad camboyana que se utiliza de manera ilegal para transportar mercancías entre los pueblos. Dado que donde se usa sólo hay una vía, cuando dos trenes se encuentran el que está menos cargado se desmonta para dejar paso al otro.

Pero como todos los imperios, éste tampoco fue eterno: el inevitable declive propiciado por los ataques de los pueblos vecinos harían que el Imperio jemer se replegara. El espacio se reducía. La capital huía a Phnom Penh, y Angkor caía en manos tailandesas para pasar al más triste de los abandonos. Sucesivas guerras con Vietnam seguirían haciendo encoger a Camboya, que perdería el fértil delta del Mekong, motivo de disputas aún hoy en día.

Foto: Ignacio Izquierdo
Un mecánico trabaja en un taller de lo más rústico.

No sería hasta muchos años después, cuando la ya reducida Camboya pasó a formar parte de la Indochina francesa, que se descubrirían los restos de Angkor. Más concretamente, se rescataban de la jungla para disfrute del resto del mundo.

Foto: Ignacio Izquierdo
La naturaleza ya había tomado Angkor como suyo.

Que Angkor surgiera donde lo hizo no fue motivo del azar. Está colocado junto al lago Tonlé Sap, la mayor extensión de agua dulce de todo el sudeste asiático. Sostén para los cultivos y fuente de pesca en abundancia, el lago daba a la región todo cuanto ésta necesitaba para ser fértil.

Foto: Ignacio Izquierdo
La inmensidad en el lago Tonlé Sap.

Hoy en día este lago sigue siendo imprescindible para Camboya, y al cruzarlo uno tiene la sensación de que está cruzando un mar. Las orillas se pierden, y sólo quedan los pequeños pueblos de pescadores que viven como villas flotantes. Todo es agua. Waterworld.

Foto: Ignacio Izquierdo
Un poblado flotante en mitad del lago Tonlé Sap.

Siendo como es ésta una región tan fértil, no debería haber problemas de pobreza. Pero los años de guerras han hecho mella. Y ahora, a pesar de las ayudas internacionales y siendo Camboya uno de los países del mundo con mayor número de ONG sobre su suelo, no parece ser capaz de despegar. Y es que con la tremenda corrupción de sus mandatarios, poco del dinero que llega lo hace realmente a los habitantes.

Foto: Ignacio Izquierdo
Parte de las 200 caras de piedra de Jayavarman VII, uno de los reyes del antiguo Imperio jemer, retratado en el asombroso templo de Bayón, en Angkor.

Y si al perro flaco todo se vuelven pulgas, Camboya ni siquiera tiene los elementos a su favor. El reciente tifón Ketsana, que arrasó primero Filipinas y Vietnam, también dejó su huella devastadora en la zona central de este país. Si ciudades como Siem Riep se inundaron durante días víctimas de las enormes lluvias que acabaron con el río desbordado, en las zonas más rurales muchas de las pequeñas casas de madera no aguantaron y se colapsaron, acabando con la vida de sus habitantes.

Foto: Ignacio Izquierdo
Siem Riep tras el paso del tifón Ketsana.

Mientras tanto, durante los días que siguieron al desastre, con medio metro de agua en las calles, los niños jugaban en esta nueva piscina gigante ante la divertida mirada de sus mayores. La sonrisa de los supervivientes.

Foto: Ignacio Izquierdo
Niñas camboyanas en medio de las ruinas de Angkor.

Ignacio Izquierdo explica que "comenzó recorriendo el mundo sin ser consciente de ello mientras seguía a su padre y su trabajo". Ahora, ha decidido dar la vuelta al mundo e inmortalizar el periplo con su buen ojo fotográfico. Su viaje se puede seguir en su blog, "Crónicas de una cámara", y en QUESABESDE.COM.

Los artículos de la serie "Las postales perdidas del tío Matt" (en homenaje al personaje de la serie "Fraggle Rock") se publican normalmente el tercer miércoles de cada mes.

0
Comentarios


  • Comenta este artículo

    No estás identificado

    Entrar