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OpiniónContando píxeles

De cámaras y metralletas

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JUN 2015

Aporreo el teclado en pleno ataque de envidia mientras mi compañero Eduardo Parra fotografía a la nueva alcaldesa de Madrid y tuitea que algún día, dentro de unos años, podrá decir que él estuvo allí. Escribo mientras en la tele suena de fondo el discurso emocionado de la nueva alcaldesa de Barcelona y se suceden imágenes de sonrisas nerviosas de quienes, acostumbrados a perder, esta vez ganaron, y gestos torcidos de los que, abonados al poder, descubren ahora lo que es la derrota.

Los que estuvieron allí seguro que guardaran unas cuantas fotos del momento. Instantáneas capturadas con el móvil levantado sobre decenas de cabezas o tal vez un selfie que deje constancia de su presencia en tal o cual momento histórico. Fotografías hechas con la intención de perdurar para toda la vida, pero que -no nos engañemos- es posible que dentro de un año, cuando entonemos el “yo estuve allí”, igual seremos incapaces de encontrar en la interminable galería del teléfono.

Y es que disparar una sola foto es ya algo inconcebible. Luego las borro, pensamos mintiéndonos a nosotros mismos mientras escuchamos el martilleo del obturador y en la tarjeta se acumulan diez fotos idénticas. Un tic que, por cierto, ya existía antes de que llegaran los smartphones a nuestro mundo fotográfico, aunque es verdad que eso de echar la mano al bolsillo y tener siempre una cámara ha contribuido a esa adicción.

“Con lo digital no necesitas pensar, simplemente disparas como con una metralleta en las manos”, critica Elliott Erwitt en “From Darkroom to Daylight” (“Del cuarto oscuro a la luz del día”), el ensayo y documental de Harvey Wang que aborda la desaparición de la fotografía química (o la producción industrial de película, mejor dicho) a través de más de dos decenas de entrevistas a fotógrafos veteranos que, de un modo u otro, han vivido esta transición.

Si lo digital ha creado monstruos, no es menos cierto que muchos tiran ahora del discurso analógico para vender humo. La tontería y el morro no entienden de soporte

Así que, metralleta en mano, disparamos centenares de fotos para descubrir que, en realidad, todas son igual de malas. Si con un rollo de 36 sacábamos seis decentes –benditos los que alcanzaban esa proporción- es posible que con una tarjeta de 32 GB repleta ahora mismo consigamos el mismo número de instantáneas potables. Siendo optimistas.

Al menos eso es lo que dice el tópico, porque si nos quitamos por un momento la máscara de críticos mordaces, hay que reconocer que hacer más fotos es una gran escuela para cualquiera. Al menos para cualquiera que quiera aprender, claro.

Porque por mucho que sea verdad que la fotografía digital ha criado una generación de autoproclamados fotógrafos y ha hecho de nosotros unos narcisistas empeñados en salir bien en el selfie y compartirlo lo antes posible, no todo ha sido un drama. También ha puesto su granito el píxel a popularizar esta afición, romper ciertas fronteras de acceso a la hora de publicar –para lo bueno y lo malo- e incluso hacernos un poco mejores fotógrafos a base de muchas pruebas y muchos más errores.

Siempre seguirá habiendo mucho patán –como denuncian algunos de los entrevistados en ese documental- que se crea reportero solo por ir por la calle disparando su móvil en blanco y negro. Y siempre habrá quienes sean capaces de atinar a la primera y con un solo disparo tener la foto, y los que necesitemos quemar un par de tarjetas para estar seguros.

La tecnología es solo una herramienta más, igual que el colodión húmedo o una lata para hacer solarigrafías. Es la maña de quien está detrás la responsable de que de ahí salga algo decente u otro churro pretencioso a base de píxeles o sales de plata. Porque si lo digital ha creado muchos monstruos, no es menos cierto que muchos tiran ahora del discurso analógico para vender humo. La tontería y el morro no entienden de soporte.

Así que, instalados por una vez en esa amplia gama de grises que permite disfrutar a ratos de Instagram y otras veces de una estenopeica y el olor del revelador, el próximo fin de semana disfrutaremos como cada año con una buena dosis de fotografía y reivindicaciones químicas en Revela-T.

Reiremos, como siempre, con esos lemas que proclaman la muerte del píxel y la vuelta a la plata –hablar de lo argéntico es tan correcto como pedante-, y asentiremos convencidos cuando alguien nos diga que las cámaras de antes eran, en general, más bonitas que las de ahora. Los adictos al píxel y a sacar muchas más fotos de las necesarias también tenemos nuestro corazoncito.

Por cierto, volviendo al documental de Wang: no deja de ser curioso que pudiera ver la luz –nunca mejor dicho- gracias a una recaudación de fondos mediante Kickstarter. La tecnología al servicio de la crítica a la tecnología. Aunque, pensándolo bien, seguro que en su día la película de 35 milímetros o la fotografía en color también sería para muchos eso: solo tecnología sin alma.

Eso sí, lo que nadie nos podrá quitar nunca es que nosotros estábamos allí cuando Kodak era algo y todo el mundo sabía lo que era un carrete. Vamos a rebuscar por los cajones a ver si encontramos alguna foto que lo demuestre.

La columna de opinión "Contando píxeles" se publica, normalmente, el primer y tercer lunes de cada mes.

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