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Diario de un fotógrafo nómada

De Bingling a Mogao: las grutas de los Mil Budas

 
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DIC 2006

Un país tan inmenso y ancestral como China no deja de ofrecer al visitante experiencias inolvidables. Su cultura, su historia, sus contrastes, sus paisajes dejan boquiabierto al viajero más avezado. Esta vez, el Imperio del Cielo nos muestra la esencia de su mundo antiguo.

El nombre de China proviene seguramente de los viajeros portugueses que visitaron en la antigüedad aquellas tierras cuando eran gobernadas por las dinastías Qin, cuya pronunciación es "chin".

Si los faraones divinizaron al Nilo, si los sumerios construyeron su mundo abrazados por el Tigris y el Eufrates, si los indo-arios y los drávidas adoraron al Indo y al Ganges, China nació del río Amarillo, el Huang He.

Iniciando el ascenso del río Amarillo en una embarcación a motor. | Foto: Nómada

Sus aguas regaron las tierras y sus lodos las fertilizaron. A sus orillas creció una cultura milenaria que se fue expandiendo por todo el continente, una sociedad agrícola y ganadera, pero también culta y refinada.

Navegando entre acantilados por el río Amarillo. | Foto: Nómada

En el curso medio del Huang He, o río Amarillo, hay una zona de extrañas montañas formadas por la sedimentación de un finísimo polvo que el viento acarrea en grandes cantidades desde la estepa central de Asia. El "loess", que así se llama este material casi microscópico, se filtra hacia sus aguas transformándose en limo y dando el color que da nombre al río.

Las montañas de "loess" que colorean el Huang He. | Foto: Nómada

El río Amarillo, con sus 5.000 kilómetros de longitud, ha llevado la vida a lo largo de las tierras que baña. Pero también ha sido senda de culturas y religiones. Tal es el caso del budismo: remontando su curso desde la India, se fue introduciendo en toda China.

Un pequeño templo budista colgado del acantilado anuncia que hemos llegado a las grutas de Bingling. | Foto: Nómada

En sus orillas se encuentran auténticas maravillas de la antigüedad, como las cuevas de Bingling, excavadas sobre las paredes de una pequeña garganta que desemboca en él.

Desde el embarcadero de acceso a las grutas, la vista del Huang He es espectacular. | Foto: Nómada

La erosión y las crecidas del río Amarillo no han podido acabar con la belleza del lugar. Al fondo, presidiendo este desconocido y remoto lugar, un Buda Maitreya gigante de 27 metros de altura. Por su época y características, esta figura está directamente relacionada con los budas afganos de Bamiyan, recientemente destruidos por la irracionalidad humana.

El Buda Maitreya, de 27 metros, es coetáneo de los Budas de Bamiyan, en Afganistán. | Foto: Nómada

En Bingling existe un riquísimo conjunto escultórico de aproximadamente 180 cuevas en el que se puede admirar la transición entre los distintos estilos y épocas del arte budista, situándose la cueva más antigua hacia el siglo V.

Una pasarela de madera ayuda a recorrer el acantilado y observar de cerca las tallas y frescos. | Foto: Nómada

Las cuevas de Bingling son también llamadas las Cuevas de los Mil Budas, aunque en realidad no pasan de 700 las tallas que se han encontrado junto a una gran variedad de frescos. En este complejo se encuentran algunos de los hallazgos arqueológicos más antiguos de China.

Frescos y policromías decoran el interior de las grutas. | Foto: Nómada

Las paredes y techos de las pequeñas grutas están pintados con ilustraciones de la cosmogonía budista e imágenes de personas, costumbres y escenas de la época. En las grutas o cavidades más importantes se han instalado unas puertas muy rudimentarias para protegerlas de los saqueadores.

Detalle de algunas tallas protegidas por puertas. | Foto: Nómada
Parte del acantilado por el que los monjes se descolgaban para labrar la pared. | Foto: Nómada

Lo más extraordinario es imaginar a aquellos monjes de la antigüedad tallando o pintando la piedra, suspendidos de las lianas con las que se descolgaban por el acantilado de 90 metros de altura.

Vista general de Bingling. | Foto: Nómada

Por la estrecha garganta donde están los Budas baja un afluente del río Amarillo. Tras el calor infernal de los meses de verano, se ha desecado y su lecho es ahora un camino de piedra y lodo.

Caminando cauce arriba, me sorprende encontrar a unos 3 kilómetros un pequeño monasterio budista tibetano. Apenas media docena de monjes habitan este aislado lugar, donde reina el más absoluto silencio.

Patio de entrada al pequeño monasterio. | Foto: Nómada

En la ladera de enfrente, al otro lado del cauce, otro diminuto monasterio, esta vez de monjas. Más allá, alguna pequeña choza colgada de las peñas, donde los monjes acostumbran a pasar largas temporadas de vida eremítica.

Desde el monasterio de enfrente, una monja me observa. Sus túnicas son marrones. | Foto: Nómada
Una cabaña suspendida en la pared. Todos los monasterios las tienen, y son usadas por los monjes para pasar largas temporadas de meditación en soledad. | Foto: Nómada

Dentro del lugar, las imágenes usuales de la vida monástica del budismo tántrico que se profesa en este monasterio: campanillas, incienso quemado, banderines de oración, estandartes de mil colores, rosarios y el color burdeos de las túnicas de los monjes.

Interior del templo, con sus telas ceremoniales de vivos colores. | Foto: Nómada
En un pequeño altar, un pebetero quema sándalo dentro de una urna. | Foto: Nómada

La calma flota en la atmósfera, creando un espejismo donde todo parece idílico... si no fuera porque dentro de pocas semanas este cauce se llenará de agua helada, cortando durante diez meses la única vía de comunicación que estos monjes tienen con las escasas barcas que llegan remontando el río Amarillo para traerles manteca de yak o arroz para pasar el año.

Las primeras lluvias y nieves del otoño llenarán el estrecho cauce, aislando a los monjes y monjas hasta el próximo verano. | Foto: Nómada

En otras partes del mundo he visto alternativas de vida de similar dureza a la de estos monjes. Nunca dejará de sorprenderme la naturaleza humana, capaz de lo mejor y de lo peor, prefiriendo a veces la existencia más altruista o la disciplina más ascética frente a otras opciones mucho más cómodas y placenteras.

Un monje dedica un mantra de protección en la despedida. | Foto: Nómada

Pero si las cuevas de Bingling son un compendio del arte rupestre de los monjes en la antigüedad, unos cientos de kilómetros más allá, en las estribaciones del desierto del Gobi, cerca de la ciudad de Dunhuang, están las cuevas de Mogao, curiosamente llamadas con el mismo sobrenombre: las Grutas de los Mil Budas. Sin ningún género de dudas, constituyen la capilla sixtina, la quintaesencia del arte budista.

El estanque de la Media Luna, en las dunas más grandes del Gobi y de toda China, cerca de las grutas de Mogao. | Foto: Nómada

Se cuenta que, en el siglo V de nuestra era, un monje tuvo una visión a través de la cual pudo ver mil Budas en los reflejos de los rayos de sol que centelleaban como bengalas sobre la pared de arenisca de un acantilado. Allí mismo empezó a cavar la roca y tallar las primeras grutas.

Las paredes donde el monje creyó ver los mil Budas centelleando en la piedra. | Foto: Nómada

Tras él, diez siglos de peregrinos y dinastías continuaron la labor, dando lugar a este insólito paraje. En el siglo XV, el enclave fue misteriosamente abandonado; desde entonces, la arena del desierto se ocupó de ocultarlo, hasta que en el año 1900 fue descubierto de manera fortuita.

Las cuevas de Mogao apenas se ven hasta que estás casi encima. | Foto: Nómada

En Mogao hay más de 40.000 metros cuadrados de frescos policromados distribuidos en 492 cuevas excavadas a cincel. Allí, el visitante se encuentra también tallas de Buda de todos los tamaños, desde una imponente escultura de 35 metros de altura hasta otra de tan sólo 2 centímetros.

Tras esta fachada reconstruida hay una cueva que contiene un formidable Buda de 35 metros de altura. | Foto: Nómada

Estos murales, además de su exquisitez, tienen la asombrosa cualidad de haber sido realizados casi a oscuras. Los artistas no podían encender teas ni ningún tipo de llama para iluminar las cuevas, pues el humo y el hollín estropeaban el estuco con el que preparaban las superficies a pintar o los frescos una vez terminados.

Así pues, los autores de tan bellísimos trabajos sólo se ayudaban de espejos para reflejar la luz en los techos y paredes de las grutas que iban a decorar, algo que se antoja verdaderamente complicado, dado que bastantes grutas tienen un tamaño considerable.

Mogao es muy difícil de fotografiar desde el exterior por falta de ángulo. Desde el interior, es imposible: antes de entrar, es obligatorio dejar la cámara fuera. | Foto: Nómada

Estas grutas llegaron a convertirse en el santuario budista más importante de la época.

Los Mil Budas de Mogao no sólo son excepcionales por el inmenso patrimonio artístico que atesoran: allí se hallaron también incontables tesoros documentales, exquisitos bordados de seda, decenas de miles de textos sagrados del budismo y libros -todos ellos ejemplares únicos, como el "Sutra Diamante", el primer libro impreso de la historia- escritos en diversas lenguas antiguas que monjes y peregrinos llevaban hasta allí desde los confines de la Ruta de la Seda.

Todavía puede verse en el exterior de alguna gruta parte de estos antiquísimos frescos. | Foto: Nómada

Naturalmente, como ocurre casi siempre en estos casos, al poco de ser descubiertas, las cuevas de Mogao fueron expoliadas por lugareños incultos y algunos exploradores y oficiales -tal vez demasiado cultos- del ejército británico, desapareciendo miles de objetos y textos esenciales en la historia de la humanidad.

Hoy en día, todas las cuevas han sido cerradas con puertas; las paredes exteriores, toscamente enlucidas, y sólo pueden visitarse en grupos muy reducidos para evitar la excesiva presencia de anhídrido carbónico, que destruiría los tintes de los frescos.

Una parte de Mogao está siendo restaurada. La tosquedad del enlucido externo no invita a imaginar los tesoros artísticos que oculta. | Foto: Nómada

Las cámaras fotográficas también están rigurosamente prohibidas. Todo es poco para preservar la conservación de este legado cultural de incalculable valor histórico y cultural.

Tras visitar estos sitios extraordinarios, vuelvo a retomar el camino que me llevará a otro destino en este país que no deja de asombrarme. Subo a un vetusto autobús, y después de instalar la mochila, trato de encontrar una posición cómoda en el estrecho asiento que ocupo.

Una plaza de la enorme ciudad de Lanzhou. Todo el mundo practica Tai Chi. | Foto: Nómada

Mientras el vehículo recorre kilómetros de arenas vacías, voy recordando los Mil Budas de Bingling y de Mogao. Pienso en los lugares que escogieron para depositar su sabiduría: acantilados en recodos aislados de ríos, enclaves remotos a orillas del desierto del Gobi... Rodeados de silencio, de soledad.

Miro por la ventanilla del bus. Estamos entrando en Lanzhou, una de las ciudades más contaminadas del país, un hormiguero donde habitan 26 millones de personas. La inmensa mayoría practica el Tai Chi por las calles y parques, tal vez buscando en su interior la calma y sabiduría que los Mil Budas les legaron.

Detrás del seudónimo Nómada se esconde un aficionado a la fotografía e inefable trotamundos.

Los artículos de la serie "Diario de un fotógrafo Nómada" se publican al menos una vez al mes, siempre los jueves y sin una periodicidad fija.

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