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Adiós a Bill Cunningham, maestro de la fotografía de moda

 

El afamado fotógrafo de The New York Times murió el pasado domingo a los 87 años tras una dilatada carrera ahora recordada por musas y colegas

Bill Cunningham
Bill Cunningham
Foto: First Thought Films / Zeitgeist Films
27
JUN 2016

Leyenda e icono son dos palabras que se suelen lanzar de forma bastante gratuita con motivo del deceso de prácticamente cualquier personalidad. No es el caso del maestro de fotógrafos Bill Cunningham, que ayer falleció en Manhattan a la anciana edad de 87 años.

De formación autodidacta, Cunningham atrajo la atención de la prensa estadounidense hacia finales de los años 70 con sus fotografías improvisadas de los famosos y extraños que llenaban las calles de una ciudad por aquel entonces caótica y en plena efervescencia creativa. Su momento de éxito llegó en 1978, cuando tomó una fotografía de un abrigo de nutria sin percatarse de que su propietaria no era otra que Greta Garbo, que había abandonado la fama y el oropel de los años 30 para vivir prácticamente como una rica ermitaña.

Poco después comenzó a trabajar para The New York Times, donde se convirtió en toda una institución gracias a su columna "On the Street", donde durante décadas ha retratado a las grandes luminarias de la moda internacional, pero también a creadores autóctonos y simples ciudadanos con más originalidad que fama.

A pesar de vivir rodeado por el lujoso mundo de la alta costura, Cunningham era famoso por desplazarse en bicicleta y utilizar de forma impertérrita una sobria chaqueta de color azul, cuya presencia en cualquier evento bastaba para desencadenar un tropel de famosos deseosos por ser fotografiados por su cámara.

Cunningham fue objeto en 2010 de su propio documental.

La fotografía hizo famoso a Cunningham. Pero Cunningham fue mucho más que un profesional de referencia. Amante de lo excéntrico, hizo sus propios pinitos en el mundo de la moda durante los años 50 confeccionando sus propios sombreros con gran éxito entre unos famosos que más tarde se convertirían en sus modelos. Ya en la década de los 70 apoyó con vigor los derechos del colectivo gay y luchó más tarde por la causa de los enfermos del VIH.

A diferencia de otros fotógrafos de moda y callejeros, Cunningham evitó las artimañas de los paparazzi para establecer una relación próxima y amistosa con sus modelos, que lo recuerdan como una rara avis de la fotografía de moda: humilde, cercano y sin prejuicios.

Cunningham adquirió cierta notoriedad por evitar incluso la bebida y la comida ofrecidas gratuitamente en las galas que frecuentaba en un intento por mantener su objetividad. "El dinero es lo más barato. La libertad es lo más caro", llegó a declarar en una entrevista.

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