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Diario de un fotógrafo nómada

Berceo, la aldea imprescindible

 
3
SEP 2008

En el corazón de La Rioja se encuentra Berceo, un pequeño y humilde pueblo tan viejo que fue administrado por los romanos cuando todavía España era Hispania. Una aldea de apenas doscientos habitantes que es una de las piedras angulares de nuestro presente. ¿Por qué?

Estamos en La Rioja, tierra generosa donde las haya. Viñas, hortalizas y frutales jalonan el paisaje de la fértil vega del río Oja que da nombre a la región.

Por sus veredas, nubes de polvo y sonidos de cencerros anuncian el paso de pastores de rostro curtido con sus rebaños trashumantes, una estampa que podría pertenecer a cualquier siglo pasado.

Foto: Nómada
Un pastor dirigiendo su rebaño.

En un rincón de La Rioja apartado del mundanal ruido, se encuentra Berceo, una minúscula localidad rodeada por campos de cereales y remolacha.

Foto: Nómada
Campos de cereales y remolacha abrazan el municipio.

De Berceo ("Vergegio", nombre de origen celta) se tienen las primeras noticias en el año 473, cuando nace Millán, el primer hijo ilustre del pueblo, de cuya vida y obras conoceremos más adelante.

Foto: Nómada
Iglesia de Berceo.

Pasan los siglos y Berceo asiste a la llegada de los visigodos, después a la de los musulmanes y finalmente al avance de los reinos y la Marca Hispánica en la Reconquista.

En el año 1195 nace el segundo hijo insigne del pueblo: Gonzalo de Berceo, clérigo secular y escritor pionero que representará en los años venideros al Mester de Clerecía.

Foto: Nómada
Busto de Gonzalo de Berceo en la pequeña plaza del pueblo.

Por su educación e influencia monástica su literatura fue hagiográfica, es decir, escribió sobre temas religiosos y vidas de santos, y en ella destaca su obra maestra "Milagros de Nuestra Señora".

Muchas de las obras de Gonzalo de Berceo son traducciones del latín de libros ya existentes, pero su importancia reside en el estilo de poesía culta que utiliza, empleando la "cuaderna vía" como herramienta. Además, los detalles costumbristas con los que adorna sus textos nos acercan el pensamiento medieval y las formas de vida de la época.

Foto: Nómada
"Vida de Santo Domingo de Silos", escrita por Gonzalo de Berceo.

Gonzalo de Berceo marcó en la historia el nombre de su pueblo, pero antes de él fue San Millán, el santo que daría nombre a otra aldea situada a dos kilómetros de Berceo, San Millán de la Cogolla, y a los célebres monasterios que alberga en sus tierras.

San Millán, primogénito de una familia de pastores, renunció al oficio paterno cuando una noche soñó que, en vez de ovejas, pastoreaba hombres. A raíz de aquel sueño decidió dedicarse a la vida eremítica, y se inició en ella acompañado de otro asceta llamado Félix, del que se dice que fue "varón santísimo".

Foto: Nómada
Imagen de San Millán.

A los pocos años el obispo de la diócesis lo forzó al sacerdocio, pero al tiempo y según dicen debido a las envidias de otros clérigos, fue despojado del curato de Berceo y se retiró a Suso, una pequeña cueva situada en una colina boscosa sobre el pueblo, donde su fama empieza a extenderse por las enseñanzas que imparte entre sus discípulos y los numerosos milagros que se le atribuyen.

Foto: Nómada
Cenotafio de San Millán.

San Millán vivió más de cien años y aquella España del siglo VI y VII, ávida de mitos, encontró en él una figura donde reflejar un modelo de vida y de buenas obras.

Las cuevas donde San Millán y sus discípulos ascetas vivían fueron consideradas como un lugar sagrado y se construyó un pequeño monasterio de enorme interés arquitectónico, pues en él conviven elementos de épocas bien distintas.

Foto: Nómada
Monasterio de Suso.

El Monasterio de Suso va sufriendo transformaciones en función del uso al que se le va destinando, de tal manera que su origen eremítico, su posterior etapa como iglesia y su último período monástico pueden verse escritos en su pétrea piel.

Foto: Nómada
Cuevas y restos de eremitas son visibles intramuros.

Suso, además de las cuevas de los anacoretas, conserva el cenobio visigótico del siglo VI, elementos mozárabes en su pórtico del siglo X y ampliaciones románicas en sus naves separadas por tres arcos de herradura, todo un compendio de arquitectura antigua.

Foto: Nómada
Naves interiores del Monasterio de Suso.

Durante siglos Suso se convirtió en un centro de peregrinación de primer orden y recibió una afluencia enorme de penitentes que venían a visitar el sepulcro de San Millán, el cual todavía puede verse en su interior.

Foto: Nómada
En el claustro hay hasta siete sepulcros de reyes e infantes.

El Monasterio de Suso toma desde sus comienzos una importancia capital, pues allí se instala el "Scriptorium" o Escritorio de San Millán, el lugar donde los monjes copistas realizan, decoran, encuadernan y conservan los libros, y que llegará a ser uno de los centros culturales más importantes de Europa.

Foto: Nómada
El "Scriptorium", el lugar más secreto de todo el monasterio.

Desde el Escritorio de San Millán, probablemente el más notable que jamás haya existido, se realiza una colección de códices y manuscritos iluminados de incalculable valor histórico y cultural.

Manuscritos como la "Biblia de Quiso", datada en el siglo VII, el "Comentario del Apocalipsis" del Beato de Liébana, del siglo VIII, o el "Códice Emilianense", del año 994, son parte de las joyas que en esta época elaboran los monjes de Suso.

Foto: Nómada
Códices centenarios.

A mediados del siglo XI San Millán es ya un santo consagrado y el Monasterio de San Millán de Suso una referencia religiosa y cultural de primerísimo orden en el mundo de la Edad Media. Por ello, el rey García Sánchez considera que las reliquias del Santo deben ser guardadas en un lugar más apropiado a la veneración que se le profesa.

Foto: Nómada
Cañas, plumas y pinceles utilizados por los monjes copistas.

Es entonces cuando el Rey decide construir un gran monasterio, el de Santa María la Real, en el cercano pueblo de Nájera. Cuenta la leyenda que cuando las reliquias eran transportadas en un carro desde la colina, habiendo bajado al valle a apenas dos kilómetros de Suso, los bueyes se negaron a continuar, y también a retroceder.

Aquel suceso fue interpretado por el Rey como un mensaje divino, por lo que dispuso levantar un nuevo monasterio en el mismo lugar donde se habían parado los bueyes. Aquél sería el Monasterio de San Millán de Yuso, para diferenciarlo del de la colina, pues en el castellano antiguo de la época "suso" era sinónimo de "arriba" y "yuso" el equivalente de "abajo".

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El Monasterio de Yuso visto desde el claustro del Monasterio de Suso.

El Monasterio de Yuso es inicialmente de estilo románico, pero con el tiempo va transformándose con elementos renacentistas. En el principio fue habitado por los monjes de Suso que seguían la Regla de San Benito y en la actualidad lo ocupan los agustinos recoletos.

Desde los tiempos de los benedictinos hasta el presente han pasado catorce siglos de actividad monacal ininterrumpida, lo que convierte al cenobio de Yuso en uno de los monasterios de mayor tradición monástica del mundo.

Foto: Nómada
Monasterio de Yuso.

En el interior del gran Monasterio de Yuso hay numerosas estancias que llaman la atención, una de ellas el Salón de los Reyes, decorado con retratos de reyes realizados por el maestro Juan Ricci, genial pintor benedictino cuyo fuerte carácter le procuró una agitada vida. Merece la pena acercarse a la Wikipedia y consultar su biografía: un genio y todo un carácter.

Foto: Nómada
Coro de la iglesia monacal. Hay gran número de rejas de excelente factura.

El claustro de la iglesia fue la obra cumbre de la arquitectura benedictina. Desgraciadamente, se derrumbó una parte y fue preciso rebajar las bóvedas y reforzarlas con muros, lo que quitó esbeltez y delicadeza a las refinadas formas originales.

Foto: Nómada
Vista superior del claustro de Yuso.

Se dice, cito textualmente, que "cuando cae la tarde y los pájaros enmudecen, este claustro es uno de los pocos lugares donde se paladea el silencio y la música de las esferas con la que soñaba Fray Luis de León".

Foto: Nómada
Dentro del claustro el silencio invita a caminar de puntillas.

Existe un espacioso claustro superior, levantado posteriormente en estilo barroco, donde los monjes pasaban la mayor parte de su tiempo.

Junto a las bóvedas hay veinticuatro lienzos de medio punto en los que se narra la vida y obras de San Millán.

Foto: Nómada
Galería o claustro superior.

En una esquina del claustro puede visitarse un pequeño museo cuyas vitrinas contienen, entre otras piezas, los marfiles con los que se labraron y decoraron los cofres que contenían las reliquias de San Millán y otros objetos sagrados.

Foto: Nómada
En el museo están expuestas varias urnas con marfiles labrados.
Foto: Nómada
Detalle de algunos marfiles.

Durante la Guerra de Independencia los soldados de Napoleón entraron en Yuso y arrancaron y robaron gran parte de las piedras preciosas y el oro que decoraban estas arquetas.

Foto: Nómada
El cofre de San Millán saqueado. En la tapa pueden verse las pocas piedras preciosas que los soldados franceses no pudieron arrancar.

La estancia más sorprendente es la sacristía, ricamente decorada con frescos policromados y dedicada a Nuestra Señora.

Foto: Nómada
Imagen de Nuestra Señora.

Destaca la extraordinaria colección de cobres flamencos que rodean la sala y los lienzos de pintura napolitana colgados de las paredes.

Foto: Nómada
La sacristía es una auténtica sorpresa por su colorido y los magníficos cobres pintados sobre las cajoneras.

Siendo extraordinaria la historia que se vivió intramuros a lo largo de sus catorce siglos, lo realmente excepcional del Monasterio de San Millán de Yuso se debe a que en él se encontraron las primeras palabras escritas en castellano y euskera, las célebres "Glosas Emilianenses".

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Los antiquísimos códices se colocan sobre un bastidor de madera para poder manejarlos. La mayoría pesan decenas de kilos.

Hace un millar de años un monje vasco y además bilingüe trataba de comprender la gramática y aclarar el significado de los textos latinos que copiaba. Para ello se valió de anotaciones al margen, las llamadas "glosas", que no eran sino textos escritos en lengua romance, es decir, la que él y el pueblo llano hablaban.

Foto: Nómada
Copia del "Códice Emilianense" con las glosas en el margen inferior derecho.

El nombre de "Glosas Emilianenses" les fue dado porque se encontraron en el "Códice Emilianense" y constituyen las primeras páginas de la literatura española y de la literatura vasca. Se trata de los testimonios escritos más antiguos que se conservan de ambas lenguas.

Foto: Nómada
Placa donada por la Real Academia Española de la Lengua.
Foto: Nómada
Placa donada por la Academia de la Lengua Vasca y el Instituto de Estudios Riojanos.

Existe unanimidad entre los expertos en afirmar que el monje era lo que en la época se llamaba "vascorromano", pues hablaba con fluidez las dos lenguas.

Esto no tiene nada de extraño si tenemos en cuenta la procedencia de la mayoría de los habitantes del monasterio y que en gran parte de La Rioja se hablaba el euskera o vascuence, como lo ponen de manifiesto los abundantes topónimos que aún se conservan en esta región.

Foto: Nómada
En aquel tiempo, la mayoría de los monjes eran vascorromanos.

Berceo, que acogió a celtas y visigodos, a musulmanes y reyes cristianos, a santos y a monjes de la Inquisición, a elegantes soldados napoleónicos y a paupérrimos soldados del frente nacional, ahora recibe turistas armados de cámaras de fotos y ganas de conocer el extraordinario patrimonio cultural que ha sabido conservar.

Foto: Nómada
Dos pastores retirados caminan frente a Yuso.

Felicio es un viejo pastor de Berceo, como antes lo fue su padre y el padre de su padre. Desde las colinas, apoyado en su cayado, observa silencioso todo lo que ocurre en su valle. Todos vienen y todos se van, pero él y sus ovejas permanecen, porque Felicio también es la historia de esa tierra.

Detrás del seudónimo Nómada se esconde un aficionado a la fotografía e inefable trotamundos.

Los artículos de la serie "Diario de un fotógrafo Nómada" se publican normalmente el primer miércoles de cada mes.

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