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OpiniónEnfoque diferencial

Aunque algunos platos de comida sean tan cuquis

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MAY 2015

Hace algún tiempo un restaurante fue noticia. A pesar de que su comida gozaba de una magnífica reputación y su servicio era considerado excelente, sus ganancias habían ido decreciendo. No habían bajado los precios: simplemente hacían menos caja. Un primer estudio económico encontró que, aunque el restaurante colgase sistemáticamente el cartel de lleno, el número de cenas servidas era cada vez menor. ¿Cómo demonios era posible que todas las mesas se ocupasen al 100% y al mismo tiempo hubiera menos clientes?

Pero así era. Resultó que en los últimos años la gente tardaba muchos minutos más en cenar que antes. De ahí que una misma mesa, en lugar de ser utilizada a lo largo de una noche para tres o cuatro servicios, al final era usada por uno o dos grupos de comensales que tardaban una eternidad en marcharse. La razón era simple: mucho tiempo haciéndose fotos para las redes sociales, mucho tiempo fotografiando la comida para Instagram, mucho tiempo haciendo auténtico arte con planos desenfocados de la punta de un cucharón.

Los daños colaterales de la democratización de la fotografía son incontables. Y muchos solo aflorarán cuando sea demasiado tarde. Que la gente esté dejando de lado sus relaciones personales para comunicarse a través de un aparato es un mal ya conocido, pero casos tan sutiles como el del restaurante, donde aunque suene a broma está en juego el cierre de un negocio, los veremos con el tiempo.

Algunas de las lacras que ha traído consigo la fotografía móvil que hace pocos días vimos en Quesabesde son un claro ejemplo de cómo la fotografía en general ha entrado en nuestras vidas como un elefante en una cacharrería. Hoy, por ejemplo, ya no es solo el hecho de que te apetezca quitarte el bañador en una playa y no lo hagas por miedo a una indiscreta cámara: es también el eterno recuerdo gráfico de una mala noche de fiesta o la foto de un momento íntimo que el desgraciado de turno hace a escondidas con terribles consecuencias.

Los daños colaterales de la democratización de la fotografía son incontables, y muchos solo aflorarán cuando sea demasiado tarde

Que a uno le dejen de llamar para un trabajo fotográfico porque las fotos las hace ahora un cuñao o que no recordemos haber visto aquel monumento en las últimas vacaciones pese a haberlo fotografiado son minucias al lado de todo esto.

Y es que ya es sabido que Internet, bien utilizado, es una poderosa herramienta, pero no lo es menos cuando se usa sin control o con intenciones destructivas. Tomar consciencia de eso mismo con respecto a la fotografía está aún por ver.

No estaría de más que empezásemos a advertir a todos -no solo a nuestros pequeños- que el hecho de que todo se pueda fotografiar no significa que tenga que fotografiarse todo. Porque retratarnos haciendo el cafre o directamente cometiendo delitos puede parecernos súper gracioso, pero seguro que no nos reímos cuando no solo nos quedemos sin un trabajo por aquel comportamiento indecoroso, sino que tengamos que explicarle a nuestro hijo que no se hace eso que –precisamente- estamos haciendo nosotros en esa fotografía.

Cruzamos sin mirar por fotografiar esa fachada, olvidamos escribir a mano porque fotografiamos el monitor que contiene la dirección que nos han mandado por correo electrónico y vemos la vida a través de una pantalla porque somos simplemente incapaces de disfrutar de lo que estamos viviendo. La democratización fotográfica es un regalo envenenado.

Será duro, será difícil y no será rápido, pero dentro de unos años caeremos en la cuenta de que es cierto que -aunque algunos platos sean tan cuquis- mejor que fotografiar la comida es comérsela, mejor que fotografiar un atardecer es verlo, mejor que fotografiar al amor de tu vida es quererlo y que lo mejor de la vida es -sin duda- vivirla.

La columna de opinión "Enfoque diferencial" aparece publicada normalmente el segundo y cuarto lunes de cada mes.

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