Opinión

Apple Watch: lo cambia todo pero no mueve ni una coma

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SEP 2014

Se veía venir. Cuando la propia transmisión en directo de Apple comenzó secuestrada por el olor de celebrities al acecho del photocall e influencers desplazados desde los últimos confines del mundo, estaba claro que el iPhone no iba a ser la estrella de la jornada. Había algo más. Lo cierto es que el debut del primer reloj inteligente de Apple ya se consideraba fait accompli, pero pocos eran los que se atrevían a vaticinar una presentación en toda regla. Ni mucho menos el vapuleo público al que fue sometido Android Wear.

La historia es sin embargo tozuda. Apple no tiene por costumbre saltar al ruedo con productos a medias. Cuando hace algo, procura hacerlo bien, y si una característica no está debidamente implementada, prefiere dejarla aparcada y hacer distraídamente como si nunca hubiera existido antes que intentar satisfacer las maleables expectaciones del público con una nueva apelación al mínimo común denominador.

Esta vez Apple no necesitó recurrir a la mofa ni a cifras maniqueas para dejar en la sombra a Android Wear. Google ya hizo ese trabajo por ella, y Tim Cook se limitó a echar tierra por encima.

Frente a la avalancha de dispositivos basados en Android Wear que han ido apareciendo durante las últimas semanas, el Apple Watch aparenta existir en otro nivel. No por diseño, porque realmente tampoco es que Jony Ive (acostumbrado en ocasiones a escribir en renglones torcidos) haya firmado con él su obra culmen, sino porque exhibe los signos de un producto maduro antes de haber pasado por la adolescencia en la que todavía se encuentran sus rivales. Y eso es algo que debería preocupar a Google.

El Watch aparenta estar en otro nivel que la avalancha de dispositivos basados en Android Wear que han ido apareciendo durante las últimas semanas

Frente a los menús de un sistema operativo que evidencia sus raíces telefónicas, Apple ha optado por crear una experiencia radicalmente nueva y adecuada a su entorno. Cuando sus rivales más destacados exhiben un rendimiento entre pobre y aceptable, el Watch muestra la fluidez que se espera de un dispositivo de uso instantáneo.

Mientras que otros fabricantes se llenan la boca hablando de moda y diseño lanzando pequeñas tostadoras de muñeca, Apple responde con un reloj disponible en dos tamaños distintos e incontables terminaciones. Si Google trata de seducir a los desarrolladores para que desarrollen para Android Wear, el Watch ya cuenta con el apoyo explícito de importantes cadenas hoteleras y firmas de la industria de la automoción.

Cuando Google dice ven, Apple ya está de vuelta. Y sin embargo, el usuario vuelve a encontrarse ante la decepcionante realidad de que los relojes inteligentes son la penúltima patraña impulsada por una industria a veces más obsesionada en crear nuevos nichos que en satisfacer debidamente las auténticas necesidades del público. Después de todo, no hay demanda más fácil de controlar que la creada artificialmente.

Con todos sus éxitos, es difícil ver al Apple Watch como otra cosa que no sea una bella y elaborada decepción. A pesar de haber pasado por delante de una competencia obsesionada con llegar antes en lugar de bien, Apple ha cometido el mismo y sensacional error que el resto de la industria: ha sido incapaz de explicar al público por qué necesita un smartwatch. Peor aún, ha sido incapaz de demostrar que esta nueva categoría de productos tiene otra razón de ser que vaya más allá del lucro que lógicamente esperan sus accionistas.

La duplicidad de conceptos vuelve a ser una vez más notoria. El GPS que el usuario tiene en el bolsillo se puede mostrar en la muñeca y las llamadas que antes requerían un manos libres ahora se pueden recibir como un Dick Tracy de Decathlon, pero a efectos prácticos el ansiado y cacareado Watch fracasa a la hora de aportar argumentos que justifiquen su supuesta conveniencia.

De hecho, los relojes inteligentes no solo están muy lejos de sustituir a nuestros teléfonos, sino que los necesitan para funcionar correctamente. Aparentemente la magia de los wearables consiste en cargar al usuario con nuevos cacharros innecesarios en la misma medida en la que el contenido de sus bolsillos es aligerado.

El ansiado y cacareado Watch fracasa a la hora de aportar argumentos que justifiquen su supuesta conveniencia

Siempre quedará el alegato de la moda. ¡Ah, el mundo de lo trendy, donde todo vale mientras haya gente dispuesta a pagarlo! Hace unas semanas corrió la información (habladuría, más bien) de que Jony Ive veía el futuro de Suiza en ruinas ante el próximo lanzamiento de su reloj. Lo que sus discípulos todavía no han interiorizado es que hasta una industria tan vacua y superficial como la de la moda posee reglas inapelables.

Suiza no sobrevivió a la avalancha digital porque los mecanismos de Parmigiani o Jaeger-LeCoultre fueran más precisos que el humilde cristal de cuarzo de un Casio. Lo hizo porque los relojes suizos poseen un valor intrínseco que va más allá de la forma y la función. Una intangibilidad que se paga porque se desea pagar, y no solo porque lo diga una etiqueta. Por más que alguien lo desee, el futuro de Omega y Rolex sigue muy lejos de estar en los relojes de cuco.

Ajeno al consumidor de a pie y remotamente lejos del lujo auténtico, el Apple Watch se encuentra en tierra de nadie. Peor aún, persevera en la repetición del principal fallo de todos los relojes inteligentes comercializados hasta la fecha y lo ensalza con un producto que de otra forma sería ejemplar.

Es posible que Apple logre convencer a un buen número de clientes de cartera alegre sin conciencia de estatus, pero hasta que proporcione argumentos de peso para justificar la existencia de un producto tan reiterativo y superfluo, su tan esperado Watch se quedará en lo que realmente es: one more thing.

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