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Navegando el Amazonas  

19
SEP 2007

Remontar el Amazonas en uno de los barcos de línea que navegan desde su desembocadura hasta la ciudad de Manaus, en el centro de la Amazonia, es una experiencia fascinante. Avanzando a un ritmo muy tranquilo durante cinco días, la cubierta del barco, como si de un palco móvil privilegiado se tratase, nos acerca la belleza del río con sus rincones selváticos, su vida natural y sus habitantes.

No existe otro río como éste: 6.800 kilómetros de longitud (según recientes descubrimientos, es el más largo del mundo) y una cuenca fluvial que se extiende por ocho países, con una superficie equivalente a diez veces la Península Ibérica.

Foto: Eneko Etxebarrieta / Miyuki Okabe
El Santarém se prepara para partir de Belém con destino a Manaus. Los pasajeros, unas 150 personas, ya están a bordo y sólo aguardan a que se termine de cargar el barco.
Foto: Eneko Etxebarrieta / Miyuki Okabe
La cubierta ofrece un valioso mirador móvil sobre el río, que en los dos primeros días, hasta salir del delta, es un laberinto de estrechos brazos de agua.

Este río-océano lleva casi una quinta parte del agua dulce en estado líquido del planeta. Los barcos se adentran en el continente a través de él y llegan hasta Iquitos, en Perú, a 3.700 kilómetros de la desembocadura, o recogen pesadas cargas en el puerto internacional de Manaus, en mitad de la Amazonia.

Foto: Eneko Etxebarrieta / Miyuki Okabe
El borde del río está salpicado aquí y allá de sencillos palafitos, casas que parecen haber sido expulsadas al agua por la exuberante vegetación.
Foto: Eneko Etxebarrieta / Miyuki Okabe
Son viviendas muy sencillas, sin electricidad ni otras comodidades.
Foto: Eneko Etxebarrieta / Miyuki Okabe
La población tiene dificultades para acceder a productos elaborados, y sale al paso del barco para recoger la ropa o comida que algún pasajero quiera echar.

La mejor manera de conocer el Amazonas es precisamente en este medio de transporte. El viajero lo tiene fácil: son varias las embarcaciones que hacen semanalmente el trayecto desde Belém, en la desembocadura, hasta Manaus, recorriendo unos 1.600 kilómetros en cinco días.

Foto: Eneko Etxebarrieta / Miyuki Okabe
Foto: Eneko Etxebarrieta / Miyuki Okabe
La canoa es un medio de transporte fundamental. Los habitantes del río aprenden a utilizarla desde muy pequeños.
Foto: Eneko Etxebarrieta / Miyuki Okabe
Si no te lo esperas, la acción te sorprende. Una canoa se acerca demasiado y casi vuelca por la ola que genera el barco.
Foto: Eneko Etxebarrieta / Miyuki Okabe
Pero la acción no es involuntaria: el piloto lanza un gancho atado a una cuerda y, al mejor estilo pirata, consigue pegarse al barco.
Foto: Eneko Etxebarrieta / Miyuki Okabe
El abordaje por estas canoas es una práctica común en los primeros días de viaje, cuando el río es más estrecho. Los habitantes de la zona lo practican para ofrecer a los pasajeros sus productos: frutas frescas o -en este caso- camarones salados.
Foto: Eneko Etxebarrieta / Miyuki Okabe

Por supuesto, también existe la posibilidad de hacerlo de Manaus a Belém, en sentido contrario.

Foto: Eneko Etxebarrieta / Miyuki Okabe
Los adultos vienen normalmente acompañados de niños que parecen no estar acostumbrados a tanta gente y...
Foto: Eneko Etxebarrieta / Miyuki Okabe
... son algo tímidos.
Foto: Eneko Etxebarrieta / Miyuki Okabe
Nos llama la atención los ojos claros de muchos de estos canoeros.
Foto: Eneko Etxebarrieta / Miyuki Okabe
Y su pelo rubio... es como si, en algún momento, este lugar recóndito hubiese recibido inmigración del norte de Europa.

Para quienes van con prisa, este otro trayecto tiene la ventaja de que el barco navega a favor de la corriente, por lo que la singladura se reduce a tres días. En este caso, sin embargo, las vistas de las márgenes no son tan privilegiadas. Y es que en lugar de ir pegada a la orilla, la embarcación discurre por el medio del río.

Foto: Eneko Etxebarrieta / Miyuki Okabe
El ambiente en el barco es muy relajado. Un artesano prepara sus piezas mientras conversa con otros pasajeros.
Foto: Eneko Etxebarrieta / Miyuki Okabe
Otros echan la siesta en la hamaca, la cama de este viaje.
Foto: Eneko Etxebarrieta / Miyuki Okabe
Foto: Eneko Etxebarrieta / Miyuki Okabe
Los niños tienen que hacer gala de una paciencia especial para resistir hasta cinco días en un espacio tan pequeño.

Para el viajero curioso, esta travesía de varios días es una fuente inagotable de experiencias. El barco avanza lento, a unos 15 kilómetros por hora, y uno disfruta del río desde la barandilla, sintiéndolo, meditándolo envuelto en sus sonidos y respirando su brisa.

Foto: Eneko Etxebarrieta / Miyuki Okabe
De vez en cuando, el barco atraca en algún pueblo o pequeña ciudad del camino...
Foto: Eneko Etxebarrieta / Miyuki Okabe
... en la que suben y bajan mercancías y personas.
Foto: Eneko Etxebarrieta / Miyuki Okabe
Foto: Eneko Etxebarrieta / Miyuki Okabe
Mientras, los chavales aprovechan la escala para vender dulces caseros y sacar unos reales con los que ayudar a la familia.
Foto: Eneko Etxebarrieta / Miyuki Okabe
El barco zarpa, y un despistado está a punto de quedarse a bordo.

A veces es ancho y apenas se distingue la otra orilla; otras se estrecha y parece un río menor. De hecho, en algunos tramos el Amazonas, más que uno solo, es una maraña de ríos que se dirigen juntos en la misma dirección. Especialmente en su tramo inferior, en la zona del delta.

Foto: Eneko Etxebarrieta / Miyuki Okabe
La concentración de casas es mayor junto a los pueblos y afecta al espacio natural que los rodea.
Foto: Eneko Etxebarrieta / Miyuki Okabe
Atracamos y paramos unas horas en Santarém, la mayor ciudad de todo el trayecto, hasta que lleguemos a Manaus. Frente a nuestro barco, se encuentra otro de la misma compañía que hace el viaje en sentido contrario, hacia Belém.
Foto: Eneko Etxebarrieta / Miyuki Okabe
Como en el nuestro, aquí también el espacio es compartido: hay que dormir en la hamaca, junto al equipaje.

La relación con el río se amplifica cuando tenemos en cuenta la vida que lo acompaña. Es habitual disfrutar con la visión de aves -garzas, espátulas, patos, cotorras- o del hermoso martín pescador, aguardando sobre alguna rama a que un pez se ponga a tiro.

Foto: Eneko Etxebarrieta / Miyuki Okabe
Los pasajeros observan las maniobras de desatraque.
Foto: Eneko Etxebarrieta / Miyuki Okabe
Y el Nelio Correa zarpa.
Foto: Eneko Etxebarrieta / Miyuki Okabe
Continuamos el viaje hacia el oeste. Douglas, uno de los pilotos, es un norteamericano que lleva 18 años navegando por el Amazonas.
Foto: Eneko Etxebarrieta / Miyuki Okabe
Nos dice que en este río la experiencia es fundamental y no hay aparato que la sustituya: "Aquí el GPS no sirve para nada; las orillas cambian permanentemente."
Foto: Eneko Etxebarrieta / Miyuki Okabe
Los barcos remontan el río muy pegados a la orilla, donde la corriente en contra es más débil. A veces se nota una vibración: el casco de la nave llega a tocar el lecho del río.

Advertir animales de mayor tamaño ya es más difícil. En todo el viaje, posiblemente sólo veamos búfalos domesticados que pastan a sus anchas en las orillas. El más fascinante de todos ellos quizás sea un mamífero que vive dentro del río: el delfín de agua dulce, el boto, cuyo lomo suele asomarse por las calmadas aguas.

Foto: Eneko Etxebarrieta / Miyuki Okabe
A medida que avanzamos río arriba, la selva se muestra más deteriorada. Cada vez abundan más las áreas deforestadas y las granjas que han sustituido la vegetación por pasto para el ganado.
Foto: Eneko Etxebarrieta / Miyuki Okabe
Aunque el barco no cuenta con muchos entretenimientos, estamos en Brasil y la música no puede faltar. Los altavoces de cubierta suenan a ritmo de "forró" (pronunciado "fojó") hasta altas horas de la noche. Las duchas de la cubierta permiten que nos refrescamos en cualquier momento del intenso calor.
Foto: Eneko Etxebarrieta / Miyuki Okabe
El pastor aprovecha la calma. Reproductor de DVD en mano, no pierde la ocasión de evangelizar a los viajeros que estén dispuestos a escucharle.

La leyenda local cuenta que, por las noches, el boto sale del agua convertido en un apuesto joven y flirtea con las muchachas que viven en las orillas. Dicen que cuando una madre soltera no quiere dar el nombre del padre en la partida de nacimiento de un bebé, en esa casilla ponen a veces "encantado", uno de los nombres empleados para referirse al delfín.

Foto: Eneko Etxebarrieta / Miyuki Okabe
El cocinero no para: cada día prepara el desayuno, la comida y la cena para 150 pasajeros. La calidad es aceptable.
Foto: Eneko Etxebarrieta / Miyuki Okabe
Los mochileros de varios países hacen buenas migas y disfrutan de la mutua compañía.

El atardecer sobre el río es especial. El calor se aplaca después de unas horas, las del mediodía, de especial intensidad. El sol se deja caer enorme y rojo hasta desaparecer lentamente tras la línea de selva. Ése es el momento más relajado del día. Y también el más social: la proa del barco se llena de pasajeros que asisten y comentan el espectáculo natural.

Foto: Eneko Etxebarrieta / Miyuki Okabe
Llega el momento de la puesta de Sol, el hermoso espectáculo natural del atardecer.

Si el río y su vida encierran un gran atractivo, también lo tienen los compañeros de viaje. En el barco, un espacio relativamente reducido, se encuentran nativos y extranjeros con tiempo y ganas de compartir tranquilamente experiencias.

Foto: Eneko Etxebarrieta / Miyuki Okabe
Foto: Eneko Etxebarrieta / Miyuki Okabe
Anochece. El espectáculo del Sol da paso al que provoca su ausencia. En unos minutos, la oscuridad se hará total y se podrá observar un extraordinario cielo estrellado. Al estar tan cerca del ecuador, se pueden observar al mismo tiempo constelaciones de los dos hemisferios, como, por ejemplo, la Osa Mayor y la Cruz del Sur.

Las relaciones entre los pasajeros no son las únicas. Durante los primeros días, cuando el río todavía es estrecho, moradores de las orillas, algunos muy jóvenes, consiguen pegar sus frágiles canoas al barco que avanza para subir y vender ahí sus productos: desde gambas especialmente saladas para que se conserven a tan altas temperaturas, hasta frutas tropicales recién recogidas.

Los artículos de la serie "La vuelta al mundo en 3650 días" se publican, normalmente, el tercer miércoles de cada mes.

La travesía de Eneko y Miyuki nos brinda la posibilidad de conocer la diversidad cultural y las bellezas de nuestro planeta en esta serie de artículos y a través de su página web acercandoelmundo.com.

Su proyecto también tiene carácter humanitario. Colaboran con la ONU y UNICEF en la difusión de la Campaña del Milenio, en la cual también os invitamos a participar.

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