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Con texto fotográfico

"Lo habían perdido casi todo, pero sonreía porque estaban vivos" Álvaro Hurtado

 
Foto: Álvaro Hurtado
24
SEP 2009
Declaraciones obtenidas por Eduardo Parra

Si hubiera ganado ya un World Press Photo, dirían de Álvaro Hurtado que es un fotógrafo de raza. Pero como aún es joven, hay quien dice que es un poco insensato. Sufridor como pocos de la dureza del fotoperiodismo free lance en plena crisis, no renuncia a contar historias, y por ello viajó a L'Aquila, la ciudad italiana arrasada por un terremoto el pasado 6 de abril. Fue ahí cerca donde encontró más que una imagen: encontró un ejemplo de superación que demuestra que lo mejor de la vida es estar vivo.

Álvaro Hurtado

No fui en búsqueda de 'la noticia' ni de imágenes tristes, aunque éstas eran inherentes al contexto. Llegué a la región italiana de Los Abruzos el día en que se celebraban los funerales de Estado, pero no fui. Cogí mi cámara y me dirigí a L'Aquila, ciudad que había quedado devastada por un terremoto de 6,3 grados en la escala de Richter una semana antes.

Diez horas de espera y de insistencia inagotable hicieron falta para que finalmente los Vigili del Fuoco, los bomberos, me dejaran acceder junto a ellos al casco antiguo (o lo que quedaba de él).

Me recibió el silencio, sólo roto por el ruido del trabajo incansable de los equipos de salvamento y desescombro y por el viento, que se colaba entre las grietas y piedras a las que se habían reducido valiosas edificaciones del medioevo.

Parecido paisaje mostraba Onna, el pueblo colindante donde me encontré a la mujer de la fotografía y quien, con su sonrisa y ganas de vivir, mejor resume el espíritu del reportaje. La vi buscando resignada entre los escombros. El coche era suyo y acababa de extraer de él las mantas y la botella de agua que sostenía.

Lilia se sentía afortunada. La tierra venía temblando desde hacía meses y ella había habilitado el coche para guarecerse en él si llegaba el gran terremoto. Pero no le dio tiempo a salir de su casa. Y daba gracias por ello mientras miraba hacia ese amasijo rojo de hierros, a pocos metros de lo que quedaba de su casa, reducida a escombros.

Logró escapar porque su hijo salió por un balcón, y con una pierna rota, le abrió una puerta atrancada. Lo habían perdido casi todo, pero sonreía porque estaban vivos.

Los artículos de la serie "Con texto fotográfico" aparecen publicados normalmente los jueves.

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