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Diario de un fotógrafo nómada

Almadieros: los navegantes del Pirineo

 
16
JUN 2005

Todavía en tiempos no muy lejanos, había unos hombres que, navegando durante días sobre balsas de troncos, bajaban por los ríos pirenaicos en busca del Mediterráneo y del sustento para sus familias. Eran los almadieros, hijos del Pirineo, jinetes cabalgando sobre monturas de madera en pos del destino que heredaron.

En varios valles del Pirineo navarro y aragonés, algunos de sus pueblos vivían de cortar madera y acarrearla hasta Zaragoza o la desembocadura del Ebro en el Mediterráneo, lugares donde escaseaban los bosques y, por tanto, la madera.

En el caso de Navarra, valles como Roncal, Aezkoa o Salazar basaban su prosperidad en la producción de lana de oveja y la explotación de un inmenso patrimonio forestal que llegaba hasta la Selva de Irati.

Foto: Nómada

Montañas, valles, bosques, ríos, rebaños pastando en los prados, pequeños pueblos... Un paisaje bucólico que hoy en día se mantiene prácticamente intacto debido a que a través de los siglos los habitantes de estos valles han realizado una explotación racional y sostenible de su tesoro forestal, cuidando muy mucho la rotación y tala de los bosques para no agotarlos.

Foto: Nómada

Oficios duros para hombres sin miedo. El otoño e invierno lo pasaban en las altas nieves, talando los mejores árboles, atándolos con lianas y construyendo junto al río las almadías (en Navarra) o navatas (en Aragón).

Foto: Nómada

De sol a sol, abatiendo troncos cuya madera con el gélido invierno endurecía como la roca, descortezándolos, transportándolos por barrancos traicioneros, manejando poderosos mulos de gigantesca alzada, una variedad de esta raza sólo conocida en aquellos recónditos valles pirenaicos.

Foto: Nómada

Pero si los días eran difíciles, las noches no lo era menos, durmiendo junto a las hogueras, bajo el frío glaciar de las noches estrelladas con el único abrigo de las pieles de oveja con las que vestían.

Foto: Nómada

Estando todos los tramos unidos, la almadía quedaba terminada; sólo tenían que esperar a que comenzara el deshielo. Con la subida del nivel del agua, echaban las balsas al río y, montados sobre ellas, las iban dirigiendo con destreza para que no se partieran en mil pedazos entre las rompientes y rocas del vertiginoso descenso.

Foto: Nómada

En uno de estos valles navarros, el de Roncal, el río Esca llevaba a las almadías y los hombres hacia el sur, donde había aguas más tranquilas y la esperanza de una buena venta en los mercados y puertos fluviales de Sangüesa o Zaragoza.

Foto: Nómada

Cuando iniciaban el descenso, las mujeres esperaban en los puentes y orillas del Esca para ver pasar a sus maridos, hermanos o hijos deslizándose velozmente sobre sus cabalgaduras hacia lejanas tierras, desconocidas para ellas que nunca habían salido del valle.

Foto: Nómada

Mujeres que sabían mucho de soledades, pues sus hombres pasaban meses fuera de casa, cuando no era cortando y acarreando madera, era llevando sus rebaños de ovejas a pastos lejanos por las cañadas de la trashumancia.

Foto: Nómada

Durante estas ausencias eran ellas las que cuidaban de la casa, las huertas, los niños, los ancianos... Y una vez terminadas todas las tareas, sentadas a la puerta de sus casas, retorcían las vergas, esas ramas con las que ellos ataban los troncos de las almadías.

Foto: Nómada

Así pasaban estas mujeres las largas esperas, año tras año, trabajando sin desmayo y en los atardeceres, juntándose en la plaza de la iglesia para hablar de viejas historias en un idioma que también habían hecho especial: el roncalés, un dialecto ancestral del euskera que se extinguió hace 25 años al morir la última anciana que lo hablaba.

Foto: Nómada

Mientras tanto, los almadieros seguían descendiendo por rápidos y meandros. En su zurrón, unas hogazas de pan, un buen trozo del mejor tocino de casa y un queso de Roncal. Con estos ingredientes elaboraban las "migas", la única dieta que tendrían durante toda la travesía.

Foto: Nómada

Y en los puentes de Burgui, de Sigües, de Roncal... las mujeres. Una mano agitando el pañuelo en señal de despedida, la otra cerrada sobre el corazón, tratando de ahogar la preocupación que les acompañaría durante las próximas semanas, pues más de una vez los rápidos del río se cobraban la vida de alguno de aquellos valientes.

Foto: Nómada

Río abajo, al caer la noche, los almadieros paraban en algún recodo de aguas mansas y poco profundas, amarraban las almadías, saltaban a tierra y en una hoguera cocinaban las migas.

Foto: Nómada

Después buscaban un sitio resguardado, y bajo la piel de oveja y el manto de estrellas dormían soñando con volver a casa con una bolsa de monedas, la alforja llena de regalos para sus hijos, telas para sus madres, jabón perfumado para sus mujeres y, tal vez, alguna buena navaja para ellos.

Foto: Nómada

Y ellas, mientras tanto, en el silencio de la casa, cuando todo el mundo se había acostado, a la luz de un candil de grasa rezaban una oración, para que ellos volvieran y todo siguiera igual un año más.

Foto: Nómada

Y un buen día, sonaban los "trukos" y se oían gritos, risotadas y canciones a lo lejos. Volvían los almadieros. Ellas, con los ojos empañados y conteniendo el aliento contaban cuántos venían, hasta comprobar que no faltaba nadie. Entonces salían corriendo y llorando de alegría buscando los fuertes brazos de aquellos hombres que tanto habían esperado.

Foto: Nómada

El aire limpio se mueve haciendo bailar las hojas de los árboles. A mi lado pasa una almadía. Navegan en silencio, todos conocen su tarea. Uno de ellos levanta su "txapela" con la mano y me saluda en silencio mientras el resto de la cuadrilla boga atenta a los remolinos de agua.

Foto: Nómada

Son descendientes de aquellos almadieros. Hombres rindiendo homenaje a sus antepasados, manteniendo con orgullo la cultura que les dio todo lo que son.

Detrás del seudónimo Nómada se esconde un aficionado a la fotografía e inefable trotamundos.

Los artículos de la serie "Diario de un fotógrafo nómada" se publican, normalmente, el primer y tercer jueves de cada mes.

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