Crónica

Cuestión de fe

 
6
FEB 2013
Iker Morán   |  Barcelona

Vamos a hablar de fotografía, propone Alberto García-Alix con su voz rota ante un aula del Institut d'Estudis Fotogràfics de Catalunya llena hasta la bandera. Las luces se acaban de encender tras una proyección de 23 minutos: "El paraíso de los creyentes", su último trabajo, en el que a las fotografías suma la palabra.

Retratos, sexo, muerte, amor, algún paisaje, autorretratos. Todo en ese blanco y negro marca de la casa. Su voz nos recuerda a Sabina, no podemos evitarlo. Tal vez por eso las palabras que acompañan a las imágenes parecen por momentos ripios de esos que podrían ser una canción. No estamos muy convencidos de que la comparación guste al fotógrafo o a parte del público.

Foto: Iker Morán (Quesabesde)
Lleno absoluto ayer por la tarde en el Institut d'Estudis Fotogràfics de Catalunya para asistir a la charla de García-Alix. El autor acudió a Barcelona con motivo de la inauguración de la muestra "Alberto García-Alix. Autorretrato" en la Virreina.

"Sin fe no se lee ni se fotografía", suena entre foto y foto. Toda una declaración de intenciones. Vamos a hablar de fotografía y de fe, pero de momento sólo hay silencio roto por el sonido de algún obturador. Muchas cámaras, unas cuantas Leica. Incluida la de García-Alix, que la deja sobre la mesa, siempre cerca. Otros prefieren llevarla al cuello, haciendo juego con la ropa.

Se trata de una conferencia visual, recuerda al notar que el público aguarda impaciente a que comience su discurso tras la proyección. Preguntad, parece querer decir. Durante un instante en algunas caras se dibuja un gesto de temor. Miedo a que quien se sienta ahí delante sea el personaje y no el fotógrafo. Suponiendo, claro, que puedan disociarse estas dos facetas de uno de los autores más conocidos del panorama fotográfico español.

Foto: Iker Morán (Quesabesde)

¿Es antes la imagen o la palabra?, le interpelan al fin. Sólo hacía falta encender la mecha para que García-Alix con su cadencia pausada empiece a soltar frases de esas que por sí solas llenan un titular y justifican pasarse más de una hora sentado en el suelo.

Autoproclamado "perro viejo de la imagen", asegura que lo de la palabra le cuesta más. Hay que arañarse para conseguir que salgan, confiesa, aunque hay fotografías que ya nacen con un título puesto. "Antes siempre ponía títulos", recuerda con nostalgia. "Era un romántico."

El paso del tiempo, la pérdida de la inocencia, la soledad ante la hoja en blanco o detrás del visor, el cambio de la mirada con los años... Parecen estrofas sueltas de una canción triste escrita entre vapores de "whisky" en algún bar de Madrid, pero él consigue hilvanarlas para crear el manual de estilo de su paraíso de los creyentes.

Foto: Iker Morán (Quesabesde)

Resulta difícil no dejarse arrastrar por el personaje. Los tatuajes, la cámara, los premios, las historias que retrata... El intenta rehuir las etiquetas. No se considera el fotógrafo de la Movida -era un actor, parte de ella, no era consciente de lo que ocurría- y confiesa que tiene muchos retratos de niños que no enseña para que a alguien no se le ocurra encasillarle ahora como fotógrafo de niños. Nos imaginamos a un García-Alix a lo Anne Geddes y la ocurrencia consigue mantener a raya al personaje y nos permite seguir escuchando al fotógrafo.

¿Las fotos se buscan o se encuentran?, le disparan desde la primera fila. Hay que buscarlas para encontrarlas, responde como si esa lección la tuviera más que aprendida. "Hacer una foto es estirar una goma, tensarla hasta encontrarle el punto justo", explica.

Una búsqueda en la que la omnipresente fe vuelve a estar presente. Creyente a su manera -en la divinidad de la vida, asegura-, la imagen de un predicador hablando ante más de un centenar de personas que intentan entender el truco para hacer esos retratos no es una mala comparación. Pero no parece haber trampa; sólo fe.

Foto: Iker Morán (Quesabesde)
Foto: Iker Morán (Quesabesde)

Incluso para elegir el soporte. "Yo no hago digital porque me quita la fe", apunta. Caras de sorpresa. Los de la Leica -de película casi todas- sonríen condescendientes. García-Alix, en un quiebro genial, arregla lo que iba camino de ser una gran tontería: "En digital me pasaría todo el día corrigendo", explica. "Con los carretes tengo ese momento de ensueño, de creer que todo ha salido bien." Risas y algún aplauso. "Incluso les doy un beso a los rollos de película antes de enviarlos", remata.

Pero entonces... ¿es antes la foto o la palabra?, le insisten. Tanto monta, monta tanto, asegura primero. Luego corrige: suele ser la imagen. "Fotografiar es una necesidad, y me siento raro si paso mucho tiempo sin disparar." Vicio y fe. Nos gusta el cóctel.

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