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Con texto fotográfico

"Busco ese gesto que me ha llegado a obsesionar" Ainhoa Valle

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Foto: Ainhoa Valle
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JUL 2016
Declaraciones obtenidas por Ivan Sánchez

Poner etiquetas al trabajo de Ainhoa Valle desde una perspectiva solamente fotográfica es una tarea imposible: sus butohgrafías, como ella las llama, nacen de su expresividad corporal, de sus entrañas. Son fotografías que hay que entender como una forma de expresión que va más allá de casi cualquier regla de la imagen. No en vano, la fotógrafa asturiana llega a ellas después de un largo proceso personal acompañada de la mano de butohkas de renombre como Atsushi Takenouchi. Un proceso aún abierto que ella misma querría cerrar en Japón.

Ainhoa Valle

Difícil explicar y comprender qué es la danza butoh… Es más que una danza: es una manera de estar en el mundo, una filosofía de vida. Nació en Japón en los años 50 con Tatsumi Hijikata y Kazuo Ohno tras los estallidos de las bombas atómicas de Hiroshima y Nagasaki. No me puedo imaginar lo que es vivir en primera persona el horror de un acto tan violento como el estallido de una bomba atómica. La necesidad de poder digerir, transitar la muerte y el dolor desde un nuevo lugar por el que tuvo que pasar este pueblo me conmueve profundamente.

Me atrapó esa fuerza que tiene este arte, como una lucha contra lo instaurado que busca sacar a la luz lo que el cuerpo y el pueblo necesitaban expresar. Buscaban la libertad a través del cuerpo, del alma y del espíritu. Cuestionaban el sistema y el mundo. Se inspiraron en las vanguardias europeas -el expresionismo alemán, el surrealismo-, y fueron claros autores como Jean Genet, que abrazaba lo oscuro, lo desagradable y los marginados, o Antonin Artaud, que profundizaba en el dolor y la crueldad del ser humano, los que marcaron a Hijikata.

"Los butohkas ensalzan el feísmo, se vuelven casi criaturas sin género. Cuando lo bailas y lo tienes delante pierdes el sentido entre lo onírico y lo real"

El butoh rompe con todo lo establecido, la idea dual que tenemos. Y así, dos planos aparentemente opuestos, se funden. Los butohkas ensalzan el feísmo, se vuelven casi criaturas sin género. Cuando lo bailas y lo tienes delante pierdes el sentido entre lo onírico y lo real, y entras en auténticos estados de trance, como en las danzas de los derviches o los yoguis de la India. Es la expresión máxima con el mínimo movimiento.

Comencé a trabajar mezclando mi propio proceso con el butoh y la fotografía en 2008, cuando vivía en la India. Estuve en una escuela que encontré por casualidad en el Himalaya, dirigida por el maestro japonés Rhizoma Lee, que me ofreció un intercambio: ‘Yo te enseño a bailar y tú haces fotos.’ Estuve tres meses bailando cuarenta horas a la semana en silencio, y como colofón de este proceso surgió la obra ‘Kathanna’, que fue becada ese mismo año en el Seminario de Fotoperiodismo de Albarracín y finalista en el Festival Foconorte de Santander.

Foto: Ainhoa Valle

Mi proceso como fotógrafa no lo puedo separar de la danza, el movimiento y la conciencia corporal. Pretendo reflexionar y comprender la realidad que me rodea, teniendo en cuenta el inconsciente como una huella que afecta al cuerpo y queda dibujada en él.

El gesto, como un mapa a seguir. Busco ese gesto que me ha llegado a obsesionar. Siempre me ha gustado llamar a lo que hago butohgrafía, y de ahí también el nombre del proyecto. Para mí es algo así como fotografiar desde las tripas, con los ojos del corazón. Habitar el cuerpo, el mío propio, que desconocía por completo, fue el motor de mi búsqueda. Intentar comprender la cantidad de imágenes que este generaba. Habitar un cuerpo que hasta ahora me había servido únicamente para llevar puesta la cabeza.

"No es un proyecto documental con una narrativa lineal al uso con un comienzo, un nudo y un desenlace. Más bien es un nudo constante"

Esta fotografía la tomé en Barcelona en noviembre de 2015 con la bailarina Yuko Kawamoto, directora de la compañía japonesa Shinonome Butoh. Para mí es el corazón del proyecto. Es una especie de caída libre, una imagen suspendida en la nada, en el todo. No sabes si viene o si va, si sube o si baja. Rompe toda la lógica del espacio y de lo temporal.

Mis encuentros con los bailarines generan precisamente ese impacto en mí. Algo se me rompe por dentro, me descoloca, pasa algo que no entiendo desde la cabeza pero sí desde otro lugar.

Surgen resonancias que me abren un nuevo espacio desde donde trabajar: imágenes propias que creo con pequeños elementos escénicos que genero, o que yo misma saco de mi día a día cotidiano y de mi danza. Cuerpos y emociones contenidas en pequeños objetos: una montaña de sal, una forma circular de luz que simboliza algo que implosiona como explosionó en su momento la bomba, un trazo en la hierba… Imágenes que tienen más que ver con los residuos o las reminiscencias que deja en mí el encuentro con el bailarín y que yo luego a su vez bailo y doy cuerpo en la toma fotográfica.

Foto: Ainhoa Valle

Me apasiona el psicólogo Carl Jung y sus estudios sobre la importancia del inconsciente en el ser humano y cómo la falla en entenderlos nos priva de nuestra totalidad, nos deja como fragmentados. Y eso hago: fragmento los cuerpos, fragmento el espacio, el gesto. Me interesa la emoción contenida como pequeñas islas de luz en la oscuridad. Me interesa esa contención en la que algo está pasando y parece que no pasa nada.

Creo que el cineasta Wim Wenders propone una definición perfecta para lo que trato de explicar: ‘Tomar fotografías es un acto en dos direcciones: hacia delante dispara la fotografía, y hacia atrás registra una radiografía de la mente del fotógrafo al mirar directamente a través de su ojo al fondo de su alma.’ Un negro profundo que evoca ese espacio de lo desconocido, mi propia cámara oscura.

En este trabajo siento que ha ocurrido un poco eso. Han sido ocho años fotografiando y un largo proceso de comprensión de qué pretendía realmente con ello. No es un proyecto documental con una narrativa lineal al uso con un comienzo, un nudo y un desenlace. Más bien para mí es un nudo constante, casi circular, que fluye como el ritmo de una respiración. Es casi como un ritmo de alientos contenidos. Busco que evoque, no que cuente. Que trascienda y genere a su vez imágenes en el espectador. No es solo butoh, no son solo cuerpos.

Es un proyecto que ha ido tomando forma, y me va pidiendo desde hace tiempo una instalación. Un cuarto oscuro, con sonidos. Ruidismo, diría yo. Una instalación en la que todos esos pequeños fragmentos generen un todo: no hay un principio ni un final.

Foto: Ainhoa Valle

Me interesa el diálogo directo con el espectador. Que viva una experiencia más allá de la fotografía, algo más sensorial. Que intervenga él mismo en el espacio. La fotografía es un medio más para mí. A lo largo de los años he utilizado la palabra, la poesía, mi propio cuerpo, el de otros, la fotografía… y creo que la mixtura enriquece los procesos y los lenguajes.

"El butoh me ha permitido celebrar mi vulnerabilidad, el sufrimiento del ser humano en una sociedad que cada vez niega más esos aspectos"

Para mí el arte ha sido siempre una excusa para estar viva. Y la vida también ha sido dolor. La fotografía me ha ayudado a mirarlo de frente. El butoh me ha permitido celebrar mi vulnerabilidad, el sufrimiento del ser humano en una sociedad que cada vez niega más esos aspectos.

No existe la vida sin la muerte: es pura ley de los complementarios. En mi opinión, vivimos en una sociedad que está enferma de base, dual, te diría que tuerta, que únicamente quiere mirar una parte de lo que somos y queremos ser. Cuanto más neguemos la muerte, menos vivimos la vida.

Miramos y realzamos la fuerza, la perfección de los cuerpos y de las mentes dejando a un lado estados vitales como son la fragilidad o la vulnerabilidad. Y qué pasa con que lo que evito y no menciono: ¿no existe?

Los artículos de la serie "Con texto fotográfico" aparecen publicados normalmente los jueves.

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