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Enfoque diferencial

A quién le importa

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OCT 2015

Puede que Samsung no saque más cámaras. Silencio. Matojo rodando en plan película del oeste. Más silencio. A nadie le importa que Samsung no saque más cámaras. Mejor dicho: no le importa a nadie de los que importa que les importe. Chúpate esa, Turing.

Hace unos días el rumor de que Samsung iba a finiquitar su división de cámaras fotográficas comenzaba a tener peso. Y como habréis podido comprobar, la bolsa ha caído, las fábricas se han incendiado y el mar ha empezado a transformarse en sangre. Dicho sin ironía: no ha pasado nada (o casi nada).

Vale que el rumor es solo un rumor. Muy potente, sí, pero nada oficial y confirmado. Aun así, tal vez alguna lagrimilla más allá de unas docenas de comentarios al respecto no habría sido mal recibida. Que una marca potente pueda decir adiós a su gama fotográfica nunca es una buena noticia. Los consumidores nos quedamos con menos opciones y el resto de marcas, con menos competencia. Y no es un secreto que Samsung, las cámaras Samsung, mala reputación no tenían. Todo lo contrario.

Pero en un mundo marcado por el consumismo radical y la obsolescencia programada, que una marca se vaya al carajo apenas si le importa a ese puñado de usuarios que tal vez ha invertido un buen dinero en un sistema exclusivo que –de confirmarse los rumores, insisto- no va a evolucionar. También habrá quienes aprovechen la supuesta defunción de la división de la que hablamos para hacer algunos chistes y quién sabe si recochinearse un poco.

Las marcas han perdido de vista lo que era fidelizar un cliente. Han cambiado el “no quieren irse” por el “están obligados a quedarse”

Sin embargo, los sistemas son la mejor arma de las marcas para asegurarse un cliente perpetuo. Eso de fidelizar al cliente ofreciendo buenas ofertas y un mejor servicio posventa sin demasiados trucos de prestidigitador ha sido sustituido por la proliferación de sistemas cerrados. Y si luego tenemos que dejar al cliente tirado con un sistema obsoleto, ese ya no es nuestro problema.

Las marcas han abrazado esa nueva forma de fidelizar mediante una esclavitud mercantil de la que es muy difícil escapar una vez se ha caído en sus redes. No es un defecto exclusivo del sector fotográfico, desde luego. Es un mal que ya ha calado en el mundo de la electrónica de consumo y sus universos adyacentes. Un mal que crea efectos tan paradójicos como que se trate mejor a un potencial cliente que viene de otra marca que al cliente asentado que lleva diez años en ella.

Ahora ya no se trata de mantener al cliente contento, sino de arrancar clientes a la competencia. Ya no se trata de publicitar lo buenos que somos nosotros, sino de recordar lo malos que son ellos. Las marcas buscan desincentivarnos, que nuestras ganas de dar un portazo se vean superadas por las trabas que nos encontraremos en el camino del cambio.

Softwares propietarios, tarjetas de memoria muy particulares, accesorios únicos y contratos en exclusiva con penalizaciones que rozan lo delictivo son el pan nuestro de cada día en el mundo de la electrónica de consumo. Y así, llegado el punto en que se rumorea que una marca quizás cierre una de sus divisiones (o la fábrica entera), no nos da pena. Ya no hay amor por la marca: solo una relación clientelar. Y punto.

Llevar el logo de una marca en la correa de la cámara era antes un plus asociado a comprar un producto; que te identificasen como miembro del círculo de poseedores de tal o cual marca era un privilegio. Hoy, dejando al margen a esos ruidosos fanboys que enaltecen su marca por encima de cualquier circunstancia, llevar un logo en el frontal de un producto es casi una lacra que muchos, pegatinas mediante, tratan de ocultar.

Pero ojo, que no todo el monte es orégano y hasta con la todopoderosa marca de la manzana nos dan ganas de quemar cosas cuando vemos que no pasan por el aro del conector universal y nos obligan a seguir con ella hasta el infinito o a tirar nuestros altavoces, docks y demás accesorios no compatibles.

No, las marcas han perdido de vista lo que era fidelizar un cliente. Han cambiado el “no quieren irse” por el “están obligados a quedarse”. Así, cuando una marca echa el cierre a una gama de productos solo sentimos lástima por una cosa: por nosotros mismos y por todo el material que ya no vamos a poder revender.

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