| Por Eduardo Parra.- No son pocos los que viven en su hogar una indeseada prolongación de su profesión. Si eres informático, tus amigos te pedirán que les arregles el ordenador; si eres fontanero, te rogarán que les repares la lavadora; si eres economista, que les hagas la declaración de la renta, y si eres abogado… mejor no pensarlo.
En mi caso, el trauma que me deparan tan consumistas fechas es siempre el mismo: masivos bombardeos de preguntas sobre si esta o aquella otra cámara es buena y, por supuesto, si no la hay más barata.
El caso es que cuando a alguien se le mete en la cabeza una cámara, ya puedes soltarle el más profesional y empíricamente fundado veredicto: la mayoría de las veces, sólo querrá escuchar tu beneplácito.
El trauma que me deparan tan consumistas fechas es siempre el mismo: masivos bombardeos de preguntas sobre si esta o aquella otra cámara es buena
Puedes decirle que no enfoca bien, que las imágenes tienen mucho ruido, que consume mucho… Da igual: recibiremos, indefectiblemente, un caudal de contracontestaciones -que no respuestas- alegando que si es buena, que si tiene tantos y tantos megapíxeles, y que un amigo de un amigo tiene una igual -o parecida- que hace buenas fotos. "Hombre, tanto como buenas…", le insinúas, pero decides dejarlo estar, por si acaso.
A veces, sin embargo, decides premiarlo con un estudiado y sincero consejo: "No la compres", le sueltas. Pero da igual, pues llega una nueva retahíla de prestaciones: "¡Cuatro megapíxeles interpolados, ¿eh? ¡Cuatro! ¡Y además interpolados! ¿Sabes qué es la interpolación?" Peligro, piensas, y antes de poder reaccionar te asalta con una última lección técnica: "Es algo así como un proceso para mejorar la calidad de la foto, y así esos cuatro megapíxeles son como doce… o más."
Llegado este momento, comienzas a plantearte si tu interlocutor de verdad necesita una cámara digital o si sólo quiere algo con que contestar a fulanita, que a ella le han regalado un maquinita de esas y es una chulada mandar las fotos por el Messenger.
Cuando a alguien se le mete en la cabeza una cámara, ya puedes soltarle el más profesional veredicto: sólo querrá escuchar tu beneplácito
"Con esa interpolación no te va a quedar una sola foto bien", le adviertes. "Que sí, hombre, que las que he visto que ha hecho mi hermano que me ha mandado por e-mail son estupendas". Y recuerdas esa maraña de píxeles que viste la semana pasada al abrir un correo, y te das cuenta que eso que dice que es estupendo era la perfecta ejemplificación del ruido electrónico y la falta de definición.
Perfecto, piensas. Para qué te pedirán consejo, reflexionas un tanto aturdido. Armándote de paciencia, juegas una desesperada última carta y le repites que es mala, que por 55 euros no te van a dar nada bueno, y que, además, esta cámara viene sin nada: sin tarjeta, sin batería y sin cargador.
Escuchados estos argumentos, el familiar, amigo o vecino en cuestión te espeta: "Oye, que a ver si vas a saber tú más que el de la tienda". ¿Y para qué me preguntas, entonces?, vuelves a preguntarle con la mirada.
Un segundo después se traspasa una extraña frontera. Es una situación que me recuerda a los exámenes de Filosofía, donde para aprobar no era necesario estudiarte la lección, sino decirle al profesor lo que el quería leer. Si Kant le parecía un genio… pues eso: era un genio. Si Aristóteles le parecía un loco… pues nada: era un loco.
Si lo que queremos es que nos ratifiquen lo que ya se nos ha metido entre ceja y ceja, mejor ir a la tienda y preparar la tarjeta de crédito
De modo que te relajas, respiras y sonríes: "Cómpratela". Acto seguido, su rostro transmuta y de su boca no hacen sino salir elogios: "Pues sí, porque además es barata, y he visto las fotos que hace y son buenas. Además, para lo que la quiero yo, me vale". Sí, claro… Para ir de A a B, también me vale un patín, pero prefiero ir en coche.
Seamos consecuentes. Para pedir consejo, hace falta querer un consejo, dejarse aconsejar. Si lo que queremos es que nos doren la píldora y que nos ratifiquen lo que ya se nos ha metido entre ceja y ceja, mejor ir a la tienda, preparar la tarjeta de crédito y dejarse llevar.
La columna de opinión "Enfoque diferencial" se publica, normalmente, el segundo y cuarto lunes de cada mes.

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