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10 retratos icónicos de gente anónima

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Foto: David Douglas Duncan
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ABR 2015

El imaginario colectivo occidental se nutre en muchas ocasiones de retratos que forman parte indisoluble de la historia de la fotografía. Anónimos en el momento de ser retratados (más tarde hemos conocido la identidad de algunos de ellos), son muchos los rostros de gente corriente que se han convertido en auténticos iconos por diferentes circunstancias. Como en el caso de la muchacha afgana que fotografió hace tres décadas Steve McCurry, símbolo universal de los refugiados y uno de los retratos más famosos de este decálogo.

Steve McCurry

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Foto: Steve McCurry

La muchacha afgana es a la fotografía lo que la Gioconda es a la pintura: Sharbat Gula y Lisa Gherardini son seguramente los dos rostros más famosos de la historia de ambas disciplinas. Steve McCurry encontró a la joven niña en una tienda que servía de escuela en el campo para refugiados afganos de Nasir Bagh, en Pakistán, en junio de 1984, y se fijó en ella inmediatamente. Fotografió a varios de sus compañeros, pero aquella tímida niña se convertiría el año siguiente en portada de National Geographic Magazine y en símbolo de la prestigiosa publicación.

La intensidad de la mirada de Sharbat Gula cautivó a millones de lectores, que leyeron en su rostro el miedo, la seriedad y la dignidad de esa joven refugiada de tan solo doce años. Pese a la dilatada carrera y la ingente obra de McCurry, este retrato pasa por ser su fotografía más famosa. Se ha convertido, de hecho, en un icono universal.

En 2002 National Geographic rodó un documental que nos muestra a McCurry lanzándose a la búsqueda de la muchacha casi veinte años después. Un estudio comparativo del iris reveló que la mujer que encontró era en efecto esa niña, y que su historia –ajena al impacto mediático de su histórico retrato- es similar a la de otras muchas compatriotas: se casó con 13 años, regresó a Afganistán y cuando se rodó el documental era madre de tres niñas.

Dorothea Lange

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Foto: Dorothea Lange

Florence Owens Thompson es la mujer de semblante preocupado que sostiene a tres de sus siete hijos en el retrato que Dorothea Lange le hizo en marzo de 1936 para la Farm Security Administration en un campo agrícola casi 300 kilómetros al norte de Los Ángeles. De entre las 3.000 personas que había acampadas en el lugar -la plantación de guisantes se había congelado-, Lange se fijó en esta madre hambrienta y desesperada.

Lange realizó seis fotografías y envió dos a un periódico de San Francisco. Este retrato es el último de aquella serie. La fuerza de esta fotografía tuvo un impacto inmediato, y las autoridades enviaron alimentos al campo de agricultores. Cuando llegaron, sin embargo, la familia de Florence ya había abandonado el campo.

Pese a que los detalles aportados por Lange están llenos de imprecisiones y que -al parecer- prometió a la mujer que la fotografía no se publicaría, este retrato es, junto a las fotografías de Walker Evans, el documento gráfico más poderoso de la Gran Depresión que asoló Estados Unidos en la década de los años 30.

Diane Arbus

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Foto: Diane Arbus

Esta es probablemente la fotografía más destacada de Diane Arbus. En 1962 la fotógrafa neoyorquina se topó en Central Park con un muchacho de siete años que le llamó la atención. Se trataba de Collin Wood, hijo del tenista Sidney Wood, ganador del Wimbledon 31 años antes. Arbus tomó 11 fotografías del chaval.

Tras cuatro capturas prácticamente idénticas, la fotógrafa comenzó a girar alrededor de Collin: a juzgar por su expresión, el niño se estaba divirtiendo con aquellos retratos y se lo estaba tomando como un juego. Mientras, Arbus parece solo poner atención en él en detrimento de la composición del resto de la imagen.

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Secuencia de 11 retratos que Arbus hizo de Collin Wood, además de una toma en la que el niño no aparece. | Foto: Diane Arbus

A partir de la sexta foto Wood ya llevaba la granada en la mano y el tirante de sus pantalones comenzaba a caérsele. Esta es la octava imagen de la serie, con el joven imitando la cara que habría visto en alguna película de guerra -como él mismo afirmó años más tarde-, el tirante totalmente caído y las manos en tensión. Collin comentó posteriormente que, si bien no recordaba con exactitud aquella tarde, Arbus debió reconocer en él la tristeza y ansiedad -sus padres acababan de divorciarse- que ella misma sufría.

Richard Avedon

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Foto: Richard Avedon

Esta es una de las fotografías más emblemáticas de “In the American West”, el ambicioso proyecto que ocupó a Richard Avedon entre 1979 y 1985. El fotógrafo de moda recorrió el centro-oeste de Estados Unidos visitando pequeñas localidades de los estados de Texas, Utah, Oklahoma, Wyoming o Colorado, entre otros, para retratar a personas anónimas.

Se trata de trabajadores de fábricas, mineros, agricultores e incluso asistentes a algún rodeo a los que Avedon fotografió con una cámara de placas y un fondo blanco. Para ello contó con la colaboración de varios ayudantes en unas sesiones que, salvo por el uso de luz natural, tenían toda la parafernalia de una fotografía de moda.

La fuerza de estos retratos reside, en primer lugar, en los personajes. Como Boyd Fortin, un joven desollador de serpientes de 13 años que Avedon encontró en Sweetwater (Texas) a principios de 1979 y del que consiguió sacar esa mirada severa pese a su temprana edad. Las sesiones se realizaban interrumpiendo el trabajo de sus protagonistas, que posaban con un aspecto sucio y la vestimenta propia de su labor, pero totalmente descontextualizados por el fondo blanco, asociado al retrato de grandes personalidades de la política o la cultura.

James Nachtwey

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Foto: James Nachtwey

Las cicatrices de este hombre son la cara visible de uno de los peores crímenes contra la humanidad de la historia reciente: el genocidio de Ruanda. En junio de 1994, James Nachtwey le retrató en un hospital de la Cruz Roja. La imagen le valió el World Press Photo de aquel año, y lo que es más importante: se convirtió en el testimonio gráfico más potente contra aquella guerra fratricida.

Perteneciente a la mayoría hutu, el personaje de la foto había sido encarcelado y golpeado con un machete por negarse a colaborar en el exterminio de la minoría tutsi. Durante su cautiverio apenas recibió alimentos, pero finalmente fue liberado y atendido en el hospital donde el fotoperiodista lo encontró.

La fotografía no está exenta de contradicciones: por una parte, la tensión del encuadre concentra la mirada en las heridas de la cara, pero la falta de aire en la dirección hacia donde mira el protagonista y la suave luz que lo ilumina precisamente desde ese punto enfatizan la idea de la necesidad de mirar hacia el futuro.

Henri Cartier-Bresson

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Foto: Henri Cartier-Bresson

El padre del fotoperiodismo fue también un retratista consumado. Para la Leica de Henri Cartier-Bresson posaron algunas de las personalidades del mundo de la literatura, la pintura y la ciencia más notables de su época, a quienes casi siempre supo captar con grandes dosis de espontaneidad.

Pero Cartier-Bresson también retrató a personajes anónimos que encontró en la calle. Es el caso de este retrato robado que tomó en el paseo del Prado de Marsella en 1932, un exponente claro de la aplicación de su momento decisivo al género del retrato.

El hombre con la capa y el bombín parece mirar hacia la derecha del fotógrafo, como aguardando algo, en el momento en que este lo fotografía. La genialidad de Cartier-Bresson está en dirigir toda la atención de la fotografía hacia ese gesto de espera -que puede durar solo un instante- gracias a una composición audaz en la que todas las líneas convergen hacia la cabeza del personaje.

Jodi Bieber

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Foto: Jodi Bieber

La historia de Bibi Aisha es tan dura como el retrato que Jodi Bieber le hizo en julio de 2010 en Kabul. Tras ser entregada con solo 12 años a unos talibanes como compensación, tuvo que casarse con uno de ellos. Los malos tratos que recibió de su nueva familia eran comunes, hasta que decidió escapar de vuelta con lo suyos. Pero cuando su marido la reclamó, se la entregaron y este le cortó la nariz y las orejas, abandonándola a su suerte para que muriese por las heridas sufridas. Con todo, consiguió salvarse.

Aparte de ser un excelente documento de denuncia de la situación de las mujeres en Afganistán, este retrato tiene una gran fuerza por el trato que Bieber dispensa a la protagonista. Pese a mostrar la terrible mutilación sufrida, la dignidad de la mirada y la belleza de su rostro hablan de esperanza para todas las mujeres afganas.

Hay que tener en cuenta, además, el eco mediático que supuso ser portada en Time y el alcance internacional que tuvo al ser la ganadora del primer premio en el World Press Photo. Esta fotografía contribuyó en gran medida a la recaudación de fondos para que Bibi Aisha recibiese la atención médica necesaria para ser operada con éxito y salir adelante.

Rineke Dijkstra

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Foto: Rineke Dijkstra

Las fotografías de Rineke Dijkstra han colgado de las paredes de museos tan importantes como el Guggenheim de Nueva York, el Tate de Londres o el MACBA de Barcelona. Los personajes de sus series de retratos más destacados son adolescentes por los que la autora holandesa se interesó ya desde uno de sus primeros trabajos: “Beach Portraits”. Dijkstra profundiza en la noción del paso de la infancia a la adolescencia a base de una serie de retratos a lo largo de unos pocos años.

El joven que aparece en este par de fotografías es Olivier, cadete de la legión francesa, retratado en noviembre de 2000 y julio de 2003. Dijkstra utiliza ese fondo neutro para evitar que el contexto pueda distraer del sujeto y los detalles, tales como la forma de llevar el uniforme o la mirada, a través de la cual se adivina la evolución del muchacho en el ejército. Pese a la similitud temática y narrativa de los retratos de la serie “Israeli Soldiers”, la diferencia es que Olivier es voluntario de la legión, mientras que las adolescentes israelíes tienen la obligación de servir en el ejército de su país.

Joan Guerrero

Foto: Joan Guerrero

Si le pides a un fotógrafo que se quede con una de sus imágenes, por norma general será incapaz de escoger solo una. Sin embargo, Joan Guerrero lo tiene claro: el retrato de este campesino es para él su mejor fotografía. “Cuando le fotografié supe que, ahora sí, tenía la fotografía de mi vida. No la superaré nunca”, afirmaba en 2008 en una entrevista a Quesabesde.

Y es que la fuerza del rostro ya cansado, la humildad del gesto -el sombrero en la mano y una leve inclinación, casi como en ademán de reverencia-, las arrugas y la mirada perdida hacen que el espectador se asome al pasado del viejo campesino que Guerrero encontró en El Salvador en el año 2000. Pese a las penurias de una vida difícil que deja entrever su mirada, el encuadre sobrio y sencillo en blanco y negro resalta la dignidad que transmite el personaje.

David Douglas Duncan

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Foto: David Douglas Duncan

La carrera como fotógrafo de guerra de David Douglas Duncan está marcada por su alistamiento al cuerpo de Marines del ejército de Estados Unidos, donde realizó sus encargos durante la Segunda Guerra Mundial y la Guerra de Corea. Sin embargo, Duncan cultivó otros géneros, siendo probablemente el fotógrafo que más y mejor documentó la vida de Pablo Picasso. Ha publicado además numerosos libros, la mayoría sobre el artista malagueño y sus fotografías de guerra.

Este retrato (un recorte muy extendido de la foto original, que figura en la cabecera de este artículo) pertenece precisamente a su primer libro “This is War!”, publicado en 1951, justo en el primer aniversario del inicio de la Guerra de Corea. Duncan hizo este robado del capitán Francis “Ike” Fenton justo cuando le comunicaban que la compañía que comandaba se estaba quedando sin munición bajo fuego enemigo.

La expresión de fatalidad de Fenton, su mirada como perdida y el aspecto cansado propio del combate que Duncan inmortalizó hacen de este uno de los retratos más icónicos de la historia del fotoperiodismo de guerra. Su gran fuerza reside en que el espectador intuye el desastre de la contienda en la figura del agresor, no en la de la víctima.

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