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Foto: Álvaro Méndez (Quesabesde)

10 razones por las que irse de viaje con una compacta de carrete no es tan mala idea

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DIC 2013

Con las Navidades a la vuelta de la esquina, algunos estarán debatiéndose entre las grandes dudas que asolan a los fotógrafos antes de comenzar un viaje. ¿Qué cámara me llevo? ¿Qué objetivos? ¿En qué bolsa? Puede que no sea la solución definitiva a estos quebraderos de cabeza, pero ahí va una propuesta que no es tan descabellada como podría parecer a priori: ¿y por qué no una compacta de carrete? Quizás así disfrutemos del viaje en vez de estar pendientes constantemente de la dichosa pantalla de la cámara.

Full-frame

¿Ha dicho alguien algo de calidad de imagen? Pocas compactas digitales albergan en su interior un sensor de tamaño APS-C y sólo una, la Cyber-shot DSC-RX1 (y su versión RX1R), tiene uno de fotograma completo. Pero resulta que todas las compactas de carrete usan un captor de 24 x 36 milímetros. ¿Calidad de imagen con sensibilidades altas? Sin duda, y nada mejor para comprobarlo que agenciarse un carrete de Superia 1600 o Delta 3200. ¿Ampliaciones de gran tamaño? Sin ningún problema. ¿Bokeh? Sutil, pero mejor que el que conseguiríamos con un móvil. ¿Calidad en el bolsillo? Definitivamente sí.

Diminuta

¿Qué tal suena la idea de no tener que llevar siempre una bolsa colgada al hombro porque nuestro equipo fotográfico no nos cabe en los bolsillos de la chaqueta? La cámara, algunos carretes y un par de pilas (por si hubiera que cambiarlas). Eso es todo. Si hacemos viajes de verdad y nos pateamos las ciudades de arriba abajo, al final nuestra espalda lo agradecerá.

Ópticas suficientemente luminosas

La mayoría de compactas de carrete medianamente decentes llevan incorporadas ópticas con una luminosidad de f2.8. Y esto es suficiente para una gran variedad de situaciones, más aún teniendo en cuenta que aquí no hay ningún problema –como ya hemos apuntado antes- por disparar con sensibilidades altas.

Sin baterías ni tarjetas de memoria

Llegar por la noche al hotel y cargar la cámara –y el móvil- para el día siguiente. O peor aún: vaciar las tarjetas de memoria en el portátil. Baterías, cargador, tarjetas... el progreso no viene exento de nuevos problemas. Y es que las pilas de una compacta de película duran fácilmente un año y las fotos estarán a buen recaudo en el carrete hasta que las revelemos.

Olvidar el “¿y si...?”

Quien tiene un reloj sabe siempre la hora; quien tiene dos nunca está seguro del todo. Si utilizamos siempre una misma cámara con un mismo objetivo de focal fija, en cuanto nos acostumbremos al ángulo de visión conseguiremos excelentes composiciones. Una única sensibilidad para todas las tomas (el ISO del carrete), y se acabó el “tal vez debería probar...”. Viajar para disfrutar del viaje en vez de estar constantemente sufriendo por cada foto y por si deberíamos probar otro objetivo mientras cargamos con ellos de un lado a otro.

Discreción

¿A quién no le gustaría poder pasar desapercibido de vez en cuando para conseguir esos robados tan naturales? Dejemos la réflex en casa. Cualquier compacta de película no sólo es menos vistosa por su tamaño, sino que también es infinitamente más silenciosa. Adiós a esa vergüenza a hacer la foto en medio de un momento solemne o a que nos vean alzando la cámara a la altura de la cara para fotografiar a alguien.

Evitar el chimping

Algo que nuestra pareja y amigos agradecerán: que les hagamos caso a ellos y no a la dichosa pantalla de la cámara (fenómeno que algunos han dado en llamar chimping). Con una compacta de carrete nos quitaremos ese diabólico afán perfeccionista. Lo lógico sería hacer la foto y seguir andando, no hacer la foto, comprobar cómo ha quedado, borrarla, hacer otra trabajando un poco el histograma hacia la derecha, comprobar cómo ha quedado, constatar que se han quemado las luces, volver a hacerla… y así hasta que quede bien. Aunque lo peor es sin duda tomar mil fotos y enseñarlas una a una a nuestros sufridos acompañantes.

Pocas fotos, pero mejores

Ante la imposibilidad de encontrar carretes en la mayoría de sitios, nos veremos limitados a una cantidad de fotos concreta. Tampoco es para llorar: con cinco rollos de 36 fotos para un viaje de tres días, a lo sumo podremos hacer 180 fotos (seamos sinceros: más que de sobra). Esto evitará que vayamos fotografiando hasta la última papelera y que saquemos la cámara sólo cuando veamos ese momento o cosa que realmente merecen la pena. Volveremos con menos fotos, pero serán -si no mejores- al menos más significativas.

Recuerdos para toda la vida

Ya hablamos hace poco de cómo la fotografía digital había supuesto la pérdida de la fotografía en formato físico. ¿No nos gustaría tener recuerdos de ese viaje para toda la vida?

Un equipo tirado de precio

A pesar de que hay una gran cantidad de compactas de película de gama alta, como la Fujifilm Klasse S, que sigue fabricándose hoy en día, la mayoría tiene precios de derribo. Alguna mítica, como la Olympus Mju-II, es raro que suba de 60 euros y está universalmente reconocida como una de las mejores bolsilleras que se han fabricado jamás. Con ese precio, si la perdemos, se rompe o nos la roban (¿y quién va a robarnos nuestra compacta de película?), seguro que nos costará un cabreo pero nunca un disgusto.

Cristóbal Benavente es el fundador de Sales de Plata, web dedicada a la fotografía química

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