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Nueve más uno

10 errores habituales del fotógrafo de viajes

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Foto: Harry Fisch
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JUN 2015

Volver de un viaje con demasiadas fotos y ninguna –o casi ninguna- medianamente decente. La frustración que sigue a este descorazonador descubrimiento es lo que se propone combatir Harry Fisch, experimentado fotógrafo de viajes y fundador de Nomad Expediciones Fotográficas. Desde evitar cargar con mochilas rebosantes de cámaras y objetivos hasta saber acercarnos a la gente a la que retratamos, he aquí una decena de consejos para intentar ser mejores fotógrafos de viajes.

Confundir la cámara con una ametralladora

En mis viajes fotográficos al menos el 30% de mis acompañantes se ve arrastrado por la compulsión fotográfica. Consiste esta patología en aferrarse como un poseso al botón y disparar a todo lo que se mueve con la esperanza de que la estadística logre lo que la falta de atención no alcanza a realizar. Quizás sea cierto que disparando mucho vayamos a tener más posibilidades de conseguir algo potable, pero insistiendo en un error lo único que conseguiremos es multiplicar el desaguisado.

El problema de disparar mucho, sin la calma y atención necesarias, es que se aprende poco. Hay ocasiones en las que la ráfaga está indicada, especialmente cuando nos encontramos con objetos o personas en movimiento: actividades deportivas, carreras de automóviles… Pero no hay que olvidar que la fotografía es una forma de seleccionar un momento de la realidad, y salvo la puramente documental, el objetivo aquí es conseguir una imagen con cierta belleza.

Foto: Harry Fisch

Estamos acostumbrados a ver la realidad en movimiento. La fotografía nos plantea la dificultad de congelar en una décima de segundo la realidad y hacerlo de forma agradable, tratando de trasladar una emoción o rememorar un momento. Si además con eso contamos una historia, miel sobre hojuelas.

Si queremos aprender o mejorar nuestras fotografías, lo mejor que podemos hacer es ser conscientes de lo que está ocurriendo ante nosotros, seleccionar nuestro momento. No esperar que la suerte o la estadística suplan nuestra falta de atención.

Llevar demasiado equipo

Durante mi último viaje fotográfico a Etiopia abundaron frases como “no tengo el objetivo adecuado” o “claro, lo que pasa es que no he traído el zoom”. También está el fotógrafo que se siente extrañamente obligado a hacer un recorrido fotográfico bajo el sol de Benarés en junio, con una enorme mochila de diez kilos de peso, convencido de que esa carga -y el material que la provoca- es la clave para conseguir la fotografía ganadora del National Geographic.

Para lograr una buena, magnífica o extraordinaria fotografía solo se necesita una cámara y un objetivo. La frase “la fotografía se hace con la mente y el corazón” sigue delimitando perfectamente la frontera entre el aficionado a la técnica y el artista. La fascinación por el equipo fotográfico es comprensible, tanto como lo es la pasión por los relojes y los automóviles, pero el mejor equipo o la mayor gama de ópticas poco van a hacer para convertirnos en grandes fotógrafos.

Foto: Harry Fisch

Cuando se discute sobre el grano de la fotografía o la óptica que se tendría que haber utilizado nos estamos olvidando de lo realmente importante: el contenido de la imagen y la forma en que el fotógrafo ha visto su realidad. Lo primero y esencial para poder discutir sobre una fotografía es que esta se haya realizado. Y para que esto suceda es necesario llevar con nosotros una cámara y una óptica, no la mejor cámara ni doce ópticas.

Agotados tras cargar diez kilos de peso durante todo el día va a ser difícil estar en disposición de hacer la foto de nuestra vida. La mayoría de los fotógrafos profesionales escogen el material que llevan consigo con antelación y en función de lo que van a fotografiar y su destino.

No ver más allá de lo que tenemos delante

Los animales reaccionan por el estímulo, y nuestra condición animal es la que nos lleva a ser literalmente abducidos por algo que nos llama la atención. Como fotógrafos, una de las primeras disciplinas que tenemos que entrenar es la capacidad de discriminar, observar, elegir y analizar antes de tomar la decisión de disparar con la cámara.

En un viaje fotográfico, sobre todo cuando visitamos un destino nuevo, el estímulo es continuo. La sensación de confusión, de colores, de ruidos hace que nuestra atención no consiga centrarse en lo que realmente debería interesarnos una vez calmados. Desgraciadamente la mayoría de las veces comprendemos que esto es así al volver a casa y ver que la mayoría de las fotografías que hemos realizado no se corresponden con lo que creíamos haber inmortalizado.

Foto: Harry Fisch

El preparador psíquico de Fernando Alonso definía al corredor de Fórmula 1 como “alguien que juega al ajedrez mientras es perseguido por un tigre”. Esta es la frase que me repito mentalmente en ocasiones en las que siento que la presión del ambiente o la nueva localización pueden hacerme perder la necesaria calma y objetividad ante una escena y decidir sobre la mejor manera de inmortalizarla con la cámara.

Otro de los consejos que me repito es la necesidad de ver más allá de lo que tengo delante. Es sencillo: basta con mirar también a los lados y detrás de uno mismo. En ocasiones lo que está ocurriendo al margen de lo que se nos presenta como más inmediato y evidente es lo que puede representar una magnífica oportunidad fotográfica.

No acercarse lo suficiente

Sí, eso ya lo dijo el ilustre reportero de guerra Robert Capa. Contra lo que creen muchos fotógrafos el zoom no se ha inventado para hacer fotografías a la gente de lejos. La mayoría, si no la totalidad de los especialistas en fotografía de personas en la calle, utilizamos ópticas cortas, es decir, rangos focales que suelen ir desde 21 hasta 50 milímetros.

Ello conlleva la necesidad de acercarse a la persona, pero somos tímidos, no queremos molestar o tenemos miedo del otro. Sin embargo, del mismo modo que es imposible hacer tortillas sin romper huevos, es complicado hacer fotografías de personas sin acercarse a ellas.

Foto: Harry Fisch

Esta es una de las asignaturas a las que concedo mayor importancia en los viajes fotográficos que organizo. La manera de acercarse razonablemente a las personas para poder hacer esas fotografías que comunican, que emplazan al observador en un momento y un lugar mágicos y se corresponden con el lugar que ocupaba el fotógrafo en el momento de realizar la toma.

No es que no comprenda la utilidad de las focales largas o el zoom, pero es difícil establecer un contacto visual y una complicidad con alguien que está siendo fotografiado a 250 metros de distancia.

Olvidarse de comunicar

Esta complicidad de la que hablábamos es mayor cuanto mayor es la relación que tenemos con la persona a la que estamos fotografiando. Y no se trata solamente de hablar con ella. Desgraciadamente se da la circunstancia que cuando uno viaja a lo largo del año a siete países distintos, es complicado hablar siete idiomas distintos.

Lo que uno va desarrollando con tanto viaje y tanta variedad cultural es la comunicación no verbal. Los gestos, la sonrisa, la mirada a los ojos, el truco de magia. Buscar el intermediario que va actuar como nuestro embajador para esa fotografía. Aprender a decir gracias es importante, pero lo es mucho más tener una actitud amable y franca independientemente de lo que seamos capaces de decir en uno u otro idioma.

Foto: Harry Fisch

Una extraordinaria fotógrafa de paisajes y animales me comentaba la dificultad que tenía para hacer fotos a las personas: “No me gustan las personas, prefiero los animales.” Una actitud comprensible, se comparta o no, pero que se lleva mal con eso que llamamos empatía, disposición más que conveniente para relacionarse fotográficamente con otros.

No separarse del grupo

Viniendo de alguien que se dedica profesionalmente a organizar viajes fotográficos este es un consejo extraño, pero organizar viajes con ocho o diez personas no significa que estas tengan que trabajar siempre en grupo o apiñados. La única forma de llegar a una cierta relación de confianza con un desconocido es establecer una relación personal con él, y lograrlo es ciertamente difícil si este se encuentra enfrentado a seis fotógrafos disparando una cámara contra él.

En ocasiones los fotógrafos que vienen conmigo se quejan de la forma en la que posa un desconocido que acaban encontrar en la calle. Lo que suelo hacer en esos casos es pedir a mi compañero-fotógrafo que se quede quieto mirándome y en ese momento empiezo yo a apuntarle con la cámara e iniciar una sesión fotográfica.

Foto: Harry Fisch

En la mayoría de los casos esta resulta ser una experiencia incómoda y desconcertante aun habiéndolo hecho con alguien que nos conoce y con quien tratamos habitualmente. Ahora solo nos queda imaginarnos qué es lo que siente un indio, un birmano o quien sea cuando de pronto se acercan ocho personas con cámaras y lo fusilan fotográficamente.

Para poder transmitir algo con una persona del otro lado es conveniente crear un cierto confort, y esto es difícil de lograr en una sesión colectiva en la que –literalmente- masacramos al sujeto con nuestras cámaras.

Hacer pocas (o muchas) fotografías

En lo tocante a la cantidad de fotos que es necesario hacer existen varias escuelas. Por un lado, los que defendemos que más vale poco bueno que malo. Por el otro, los que piensan -posiblemente con razón- que lo peor que te puede ocurrir es llegar a un sitio lejano y volverte a casa, seis mil kilómetros después, para encontrarte con que te faltaban fotografías de una u otra cosa.

Posiblemente se pueden unir las dos teorías: hacer suficientes fotografías como para asegurarnos cierta variedad, y al mismo tiempo tener un especial cuidado en una serie de ellas para lograr una selección posterior. Confieso que peco de no realizar suficientes fotografías, y en efecto, a veces me encuentro con que -comparándome con otros fotógrafos que estaban en el mismo escenario- no hecho tantas fotos como debiera.

Foto: Harry Fisch

El estilo o la finalidad de la fotografía también marca la actitud que debe tener el fotógrafo: no es lo mismo el que está haciendo su fotografía de vacaciones que el fotógrafo artista o el fotógrafo de viaje a quien le ha sido encomendada una serie o un reportaje y no puede volverse sin haber cubierto un determinado aspecto.

No analizar suficientemente la luz

Hay fotógrafos de composición, de color, de ritmo, de movimiento. Y hay fotógrafos de luz. Unos pocos consiguen aunar todas las posibilidades fotográficas. Lo que veo constantemente en fotógrafos, incluso entre los experimentados, es que no se toman el suficiente tiempo para comprender cuál es la disposición de la luz en la escena y sacrificar -si es necesario- ese disparo inmediato frente a otra posibilidad desde otro ángulo o en otro momento.

Foto: Harry Fisch

Mi recomendación es clara: antes de disparar, reconoce la escena y sobre todo analiza la luz. Su origen (de dónde proviene), su calidad (si es difusa, dura, cálida, fría), el contraste entre sombras y luces, el pronóstico de su situación (hacia dónde se va a mover y cómo afectará eso al sujeto que esté iluminado)… Vemos cantidad de fotografías planas en las que el fotógrafo se puso nervioso y no tomó el tiempo necesario para comprender cómo afectaría la luz a la escena.

No considerar el procesamiento de la imagen

Reconozco que tengo una especial sensibilidad en este particular asunto. Hace un par de años gané el premio mundial National Geographic en el apartado “Lugares” y fui posteriormente descalificado por eliminar de la escena una de las 63 bolsas de basura existentes en ella.

Desde que la fotografía existe los fotógrafos han hecho algo más que revelar la imagen. Han procesado esta imagen oscureciéndola y aclarándola por partes, añadiendo y quitando. Existe una diferencia entre la interpretación de la realidad y la manipulación de la fotografía para confundir o engañar a quien la contempla.

Foto: Harry Fisch

Para el fotógrafo documental la cosa es más complicada, ya que lo importante es reflejar en la medida de lo posible lo que está ocurriendo frente a la cámara. Al fotógrafo cuyo objetivo es lograr una representación artística –que es mi caso- se le presupone en este sentido una mayor libertad.

Sin llegar a darle mayor importancia que a la propia fotografía, un inteligente posprocesamiento puede convertir una buena fotografía en una excelente fotografía. Lo que nunca logrará es hacer que una mala fotografía se transforme en una obra de arte.

Parálisis por análisis

En la teoría de finanzas este es un síndrome que se describe a menudo. Consiste en la incapacidad de tomar decisiones debido al freno que supone la etapa previa de análisis, que llega a ser tan profunda que no permite la acción. En fotografía, como en casi todos los aspectos de la vida, estadísticamente es mejor hacer que no hacer.

Y en fotografía, hacer, siendo capaz de analizar lo hecho, es un aspecto importante del aprendizaje. Mucho más teniendo en cuenta que las cámaras actuales nos permiten conocer de forma casi inmediata el resultado de lo que hemos hecho.

Foto: Harry Fisch

Una cosa es analizar de qué modo queremos realizar la fotografía, y otra muy distinta, este análisis o la responsabilidad que para nosotros pueda suponer el fallo de perder la fotografía. Hay muchos fotógrafos, especialmente en street photography, que creen firmemente en la suerte. Y no se equivocan. Si realizas suficientes fotografías y tienes criterio a la hora de hacer la selección, sin duda vas a lograr buenos resultados.

Curiosamente este último párrafo parece contradecirse con el primero de esta serie de consejos fotográficos. Pero lo cierto es que el arte de la fotografía es justamente arte porque en él existe algo mágico e impredecible que lo separa de la pura ciencia.

Harry Fisch ha realizado viajes fotográficos a más de 50 países. Seleccionado en 2013 como finalista en los Sony World Photo Awards y en 2010 por PHotoEspaña en su sección “Descubrimientos”, imparte numerosos talleres y organiza viajes fotográficos a destinos exóticos con Nomad Expediciones Fotográficas, de la que es fundador. En 2012 fue desposeído del premio obtenido en la categoría "Lugares" del concurso National Geographic Photo tras comprobarse que había eliminado un elemento de la imagen.

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