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Nueve más uno

10 cosas que distinguen al fotógrafo pro del simple aficionado

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Foto: Óscar Sánchez Requena (Quesabesde)
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JUL 2015

Desde la forma de sostener la cámara hasta la actitud frente la fotografía (y por qué no, frente a la vida), al fotógrafo pro es fácil distinguirlo a simple vista. Audaz y tenaz, jamás dispara en automático, no duda, no parpadea. Ni tan siquiera suda. He aquí una decena de rasgos que definen al auténtico profesional de la fotografía y permiten distinguirlo del resto de mortales. Un recopilatorio tan real como irónico del que no haría falta señalar su trasfondo cómico para evitar herir sensibilidades. ¿O sí?

Solo en manual

Foto: Óscar Sánchez Requena (Quesabesde)

Si hay algo que distingue a un verdadero pro del fotógrafo ocasional, aquel que solo se acerca a las cámaras de verano en verano, es el uso del modo programa de una cámara. Porque todo buen profesional que se precie jamás usará este automatismo –o al menos no reconocerá que lo usa- aunque el mundo esté a punto de acabarse. El profesional pata negra ni siquiera usa la prioridad a la velocidad, que eso es un quiero y no puedo. Aquí se usa manual, que para eso hemos pagado los estudios.

Coger los objetivos como Dios manda

Foto: Óscar Sánchez Requena (Quesabesde)

Eso que tenemos entre manos no es el telescopio de Fischer-Price. Así que si en vez de coger el objetivo con la mano en forma de U lo hacemos en forma de C, nos mereceremos el mayor desprecio del pro. Sostenerlo mal nos priva de controlar algo más que un solo anillo, y eso es inconcebible para un fotógrafo curtido. Cogiéndolo a la U controlamos el anillo del zoom, y aún nos sobra un dedo para mover el del enfoque. Además, con un poco de contorsión con la mano también nos será posible cambiar la batería simultáneamente. Y no hace falta que abras los ojos para encuadrar, que para algo eres pro.

Grandes empuñaduras

Foto: Óscar Sánchez Requena (Quesabesde)

Ya lo dijo un día el fotógrafo Fernando Roi: para hacer fotos hay que ponerse cachondo con la cámara, y una cámara sin empuñadura es como hablar de macarrones light o helado de fabada. Una cámara sin empuñadura ya no es que sea de aficionados, es que es directamente de pobretones. Todo el mundo sabe que las D4s y EOS-1D X en realidad iban a ser más pequeñas y baratas, pero el lobby de fotógrafos pro se encargó de poner las cosas en su sitio.

Sin flash

Foto: Óscar Sánchez Requena (Quesabesde)

¿Para qué usar flash si ya tenemos el Sol? ¿Y qué pasa si es de noche? Pues que nos bastamos con la Luna. ¿Y si aun con estas no tenemos suficiente? Pues disparamos a 102.400 ISO, que para eso están las sensibilidades absurdamente altas. Y si todo falla, pues tiramos a 1/8 de segundo, que hay que sacar provecho de nuestro pulso de pro. ¿Qué más da si la luz es tan cenital que parece que en vez de ojos tienes ante ti un abismo insondable? ¿Qué problema hay en quemar el fondo de ese contraluz tan puñetero? Aquí no nos andamos con chiquitas: todo buen pro que se precie sabe que el flash es un artilugio inútil. Si hay un infierno de los fotógrafos, seguro que el demonio usa un flash como bastón.

Ni hablar de compactas

Foto: Óscar Sánchez Requena (Quesabesde)

Las cámaras compactas, ese otro juguete que debería estar prohibido, desterrado. ¿Que hasta hace bien poco los pro también las usaban? Sí, pero obligados bajo amenaza a punta de flash. Ahora tenemos móviles, que por lo visto son mucho más profesionales que una simple compacta. Hacer fotos con un móvil mientras con la otra mano sostenemos un equipo réflex de más de 5.000 euros es como ser el James Bond de los fotógrafos.

Correa en la mano

Foto: Óscar Sánchez Requena (Quesabesde)

Lo de colgarse la correa al cuello no es que sea de aficionados, es que es de turistas casposos. Los pro como dios manda llevan la correa al hombro. O mejor aún: en la mano, como quien sujeta el periódico antes de azuzarle al perro. Y si se te cansa el brazo, pues de te aguantas, que para eso eres pro. No es este un tema baladí: todo pro que se precie querrá llegar a la excelencia, y la excelencia solo se logra con dos cuerpos de cámara. Y a ver cómo demonios llevas dos cámaras en un solo cuello.

Objetivos grandes de Canon o Nikon

Foto: Óscar Sánchez Requena (Quesabesde)

Llamar a las fuerzas del orden es lo mínimo que se le supone a un pro cuando cerca merodea alguien con un objetivo de grandes dimensiones sin el logo de Canon o Nikon estampado en él. Porque si quieres un 70-200 milímetros, tiene que ser canonista o nikonista. Lo demás ni siquiera está demostrado que exista. Pasa un poco como los brotes verdes de la economía, que dicen que están ahí pero nadie los ve. Como con las cámaras sin empuñadura, aquí, si uno quiere ser fotógrafo de verdad, tiene que llevar teleobjetivos de 1.500 euros para arriba. Y da igual si tu cámara es una réflex de 350 euros. ¡Si hasta cuando los pro usan el móvil le meten el 70-200 mm f2.8!

Nada de guardar la cámara

Foto: Óscar Sánchez Requena (Quesabesde)

A los pro de verdad las mochilas no les hacen mucha gracia: prefieren llevar la cámara en cinturones de combate diseñados por Batman. Eso los menos pro, porque los fotógrafos de verdad llevan la cámara directamente al hombro. Siempre. Haga frío o calor. Vayan a pie, en moto o nadando. La cámara siempre debe estar a punto. Y nada de buscar un sitio donde dejarla: el pro se lanza herramienta en ristre cuando tiene que atravesar el típico muro de fuego que todos los pro atraviesan. Y si se rompe… ay, amigo, esa cámara no era pro.

Fotografiar solo para ganar el World Press Photo

Foto: Óscar Sánchez Requena (Quesabesde)

¿Flores? ¿La calle? ¿Ese tenderete tan vintage que vemos al pasear? ¡No, hombre! Un pro solo saca la cámara cuando tiene delante una foto digna de World Press Photo o como mínimo del Picture of the Year. Que aquí hay que tener clase. Esos que van fotografiándolo todo como si los acabasen de sacar de una isla desierta no saben seleccionar lo bueno de la broza. Por eso nunca serán pro.

Galerías de trascendentales fotos en blanco y negro

Foto: Óscar Sánchez Requena (Quesabesde)

Todo yin debe tener su yang. Un pro de pura cepa, harto de fotografiar supermodelos, líderes mundiales y premios Nobel, necesita tener su momento. Por eso, para ser pro es necesario comenzar (y nunca terminar, porque terminar el trabajo de toda una vida queda cursi) nuestro proyecto personal en blanco y negro, probablemente fotografiado con una Leica y compuesto sobre todo por insustanciales fotos de casas abandonadas, ancianos de piel curtida que miran con resignación al pelma de la cámara u objetos triviales adornados con un lacrimógeno pie de foto que incluya palabras como “inexorable” o “memoria”.

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