La fotografía paisajística es, teóricamente, fácil de realizar. Sólo hay que hacer clic, y punto. Generalmente, se hace a plena luz del día, con altas velocidades de obturación y con diafragmas cerrados. Se superan así, respectivamente, los problemas de enfoque, las imágenes trepidadas y las limitaciones de la escasa profundidad de campo.
El problema viene de otras latitudes, más bien "artísticas", y suele derivar en resultados fotográficos que no se adecuan con lo que teníamos en mente. Y eso, no nos engañemos, no es culpa de nuestra compacta de 200 euros.
Casio QV-2300 UX, f5.6, 1/320 s, 80 ISO
Lo que encuadramos con la cámara no siempre se corresponde con lo que obtenemos. Las pantallas LCD, sin paralaje, y un buen quehacer fotográfico son vitales para lograr en la cámara fotos de paisajes tal y como las tenemos en la cabeza.
Primero mirar, luego ver
En un paisaje hay muchos motivos por escoger y un montón de valores con los que jugar, aunque no podamos cambiar las condiciones de la toma. Las focales, por ejemplo, suelen ser cortas; cuanto más, mejor, ya que así puede abarcarse más paisaje. Pero que esto sea lo convencional no quiere decir en absoluto que no pueda hacerse un paisaje con teleobjetivo. De hecho, las focales largas son idóneas para esquivar accidentes naturales u obras arquitectónicas de incongruente ubicación.
Casio QV-2300 UX f5.6, 1/300 s, 80 ISO
Cuando no podemos movernos es necesario usar el zoom para esquivar los obstáculos presentes en la escena. Un paisaje que no se ve, no es un paisaje.
También hemos de jugar con la luz. Un paisaje suele presentar claros, zonas de sombra, luces fuertes, destellos... Todo eso debe tenerse en cuenta. La medición en paisajes suele ser matricial, esto es, midiendo toda la escena. La razón es sencilla: en un paisaje suelen convivir luces y sombras de forma más o menos equilibrada, pero también puede ganar una de las dos por abultada mayoría, con lo que utilizar un modo de medición más restringido supondría un riesgo.
Sin embargo, no siempre encontraremos una medición sencilla. Hay ocasiones en las que tenemos que apostar por subexponer o por quemar. Lo más sensato -que necesariamente tiene que ser lo más correcto- suele ser apostar por las luces bajas y dejar la toma, en principio, subexpuesta. La razón es sencilla: una luz baja puede recuperarse en mayor o menor medida con el ordenador; una zona quemada, sin embargo, es mucho más difícil.
Casio QV-2300 UX f5.6, 1/2000 s, 80 ISO
En condiciones adversas de luz, lo lógico es dejar la toma subexpuesta para luego trabajarla con el ordenador y tratar de levantar las luces bajas.
Otro de los factores a tener en cuenta es el punto de mira. En un paisaje corremos el riesgo que los propios elementos naturales no ofrezcan una composición acertada. No podemos evitar que la montaña estorbe o que el río atraviese la foto de parte a parte o que el punto de fuga del valle esté en el centro de la imagen. Sin embargo, podemos poner todos estos elementos a nuestro favor utilizando los conocimientos que ya tenemos. De este modo, por ejemplo, es importante no obcecarnos en sacarlo todo, absolutamente todo, y ceder ante la evidencia. Si el río molesta, nos movemos un poco. Si no podemos recolocarlo en la escena cambiando el encuadre, lo eliminamos, bien cambiando por completo el punto de vista o bien tirando del zoom.
El agua y la simetría
El agua, sobre todo en forma de lagos, ofrece una interesantísima oportunidad para regodearnos con las simetrías. La simetría en fotografía de paisajes es un recurso acertado hasta cierto punto. Por norma, es mucho más estético utilizar los puntos de la zona aura para componer con distintos elementos y dejar las fotografías simétricas como mero recurso puntual. Sin embargo, el agua nos permite jugar con los destellos del sol y los reflejos asimétricos, introduciendo en la imagen elementos que sin ella no serían visibles. Pensemos, por ejemplo, en las idílicas montañas que aparecen fuera del encuadre pero están reflejadas en un lago.
Eduardo Parra
Fotoperiodista
* Ojo de pez: dícese del objetivo que puede llegar a cubrir más de 150 grados, con una profundidad de campo casi infinita.