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DP1

Características
Sensor: CMOS Foveon X3 de 14,00 MP
Máx. res.: 2640 x 1760 p.
Objetivo (35 mm): 28,0mm
Zoom:
En dos palabras
A pesar de ciertos fallos imperdonables, los resultados obtenidos en RAW hacen de la DP1 una alternativa para los más elitistas
Precios
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Comprueba la calidad de las imágenes que captura la Sigma DP1 con nuestras 37 fotos de muestra, hechas con la cámara y sin retocar.

Análisis
lunes, 28 de abril de 2008

Cuestión de expectativas

La cámara que nadie se ha atrevido a hacer. Así se refiere Sigma a la esperada DP1 en su propia página web, y éste es sin duda su logro indiscutible. Sea como fuere, tan curiosa compacta someterá a una relación de amor-odio a quienes se aventuren con ella: sus osadas aptitudes (un sensor Foveon X3 de tamaño APS-C, una óptica de calidad y un excepcional rango dinámico) no consiguen ocultar sus graves limitaciones. El restringido público al que va dirigida puede no verse del todo satisfecho al descubrir que este modelo de 800 euros constriñe prácticamente a trabajar en RAW, a recuperar el enfoque manual y -sobre todo- a armarse de paciencia.

Cualquier intento de escapar de la monotonía de los cientos de compactas casi idénticas que pueblan el escaparate digital merece ser bienvenido y aplaudido. Sigma es digna de todo el respeto por llevar a cabo un proyecto enormemente complejo -los largos meses de desarrollo son buena prueba de ello- e innovador.

Lo que viene a demostrar que los movimientos más audaces en este sector un tanto inmovilista llegan a menudo firmados no por las marcas más conocidas y potentes, sino desde la valentía que estimula estar en la sombra.

Pero más allá de los aplausos anticipados y el entusiasmo que ha generado el proyecto de la DP1, una cámara de 800 euros tiene que responder necesariamente a las expectativas creadas. Si no a todas, por lo menos sí a las de ese pequeño grupo de usuarios que desde hace años deseaban una compacta como ésta.

Diseño peculiar

Si la idea es crear una cámara diferente, qué mejor que empezar a marcar distancias desde el principio. La DP1 sigue la línea de diseño introducida por las Ricoh GR Digital y Caplio GX100, configurando un cuerpo que poco o nada tiene que ver con los criterios esgrimidos por la competencia.

Líneas austeras, negra elegancia metálica y escasísimas concesiones a las modas. Sigma quería centrar la atención en las prestaciones de la cámara, simplificando al máximo todo lo superfluo. Y a la vista está que lo ha conseguido.

Entre las manos, la DP1 se muestra seria, resistente y notoriamente bien construida. Su figura cuadrada gustará o no, pero estamos convencidos de que, a primera vista, despertará por lo menos curiosidad.

Un dato positivo si se quiere lucir cámara, y de paso inversión. Un problema, en cambio, si la DP1 pretende llegar a ser -como nos gustaría- esa compacta discreta capaz de pasar inadvertida en aquellos entornos en los que una cámara réflex puede causar problemas.

Para rematar el alarde de diseño, la DP1 puede acompañarse de un visor externo. No entraremos a valorar si los más de 100 euros que cuesta son o no un exceso o si debería ir incluido en el precio de la cámara, pero este accesorio sí merece críticas a otro respecto.

Y es que el exceso de distorsión que muestra -nada que ver con la óptica-, sus casi invisibles guías y el hecho de que inhabilite la zapata del flash son tres facetas que hubieran merecido una mejor solvencia.

Ergonomía bajo mínimos

Seducidos o no por el diseño, la ergonomía es uno de los aspectos que Sigma más ha descuidado a la hora de crear la DP1. La austeridad de formas puede ser interesante, pero modelar una cámara cuya nula empuñadura hace que uno sienta escurrírsele entre las manos a cada momento es un serio problema.

Ya lo dijimos en su día tras las primeras pruebas: el parasol para el objetivo nos puede ofrecer un segundo punto de apoyo para sujetar la cámara con mucha más comodidad.

Hechos ya a sus líneas, la organización de las funciones es otra de las deficiencias más evidentes de la DP1. Ni un sólo acceso directo a lo largo del relativamente amplio espacio del cuerpo nos permite ahorrarnos el cansino trabajo de adentrarnos en el menú principal en busca del formato, la sensibilidad o el balance de blancos.

Por si fuera poco, los escasos mandos que la cámara incorpora tampoco pueden presumir de un aprovechamiento digno.

El control del enfoque manual puede ser un buen ejemplo. En lugar de estar dotada de alguna función más para rentabilizar su buena posición, la rueda se dedica en exclusiva a seleccionar la distancia para ajustar el enfoque manual. Un sistema práctico -mejor sería si incluyera pasos intermedios de bloqueo-, a no ser que encomendemos el enfoque al modo automático, en cuyo caso este mando no aporta absolutamente nada.

Pero aún está el asunto del zoom digital. En una cámara con una botonería tan justa, resulta curioso que este tipo de zoom -una mera concesión al marketing, totalmente inútil- disponga de un mando propio, en lugar de dedicar estos controles a funciones mucho más útiles.

Confiemos en que una futura actualización de firmware permita redistribuir y personalizar la función de cada mando.

Pantalla problemática

Sin el visor extraíble opcional, la pantalla de 2,5 pulgadas se convierte en el centro neurálgico del control de la cámara a la hora de encuadrar (y ajustar los parámetros). Con una correcta resolución de 230.000 píxeles, lo cierto es que su rendimiento deja mucho que desear en cuanto nos alejamos de las condiciones idóneas de exposición.

Con poca luz o elevando la sensibilidad más allá de 400 ISO, el monitor guarda en realidad más parecidos con una pantalla en blanco y negro que con el LCD que se supone debería tener una compacta de este nivel. De todos modos, estas carencias parecen estar más relacionadas con la capacidad del peculiar sensor Foveon X3 de ofrecer una imagen en directo que con limitaciones de la propia pantalla.

Los menús tampoco se salvan de este pequeño aluvión de críticas. De nuevo, aquí se confunde la sencillez con un aspecto y un manejo que no están a la altura de las circunstancias. Desperdigadas todas las opciones por un mismo menú de tres pantallas, el ajuste de cualquier función de la cámara y de los parámetros de exposición es de todo menos cómodo y ágil.

Angular fijo

El objetivo fijo equivalente a 28 milímetros y con una luminosidad de f4 es uno de los atributos más llamativos de la DP1. Tras unas dimensiones considerables y una estructura óptica compleja y retráctil, se esconde uno de los mayores retos de esta cámara: responder a las demandas ópticas de un sensor de tamaño APS-C en un espacio muy limitado.

Un alarde de ingeniería que, por ahora, sólo se atreve con una focal fija. Tal vez pronto se pueda concebir un zoom que cumpla estos requisitos, o tal vez un angular fijo más luminoso (f2.8), pero vamos a ahorrarnos por el momento las críticas en este sentido como señal de reconocimiento al mérito de Sigma.

Que la cámara incorpore un angular de 28 milímetros en lugar de una focal de 35 milímetros, como algunos usuarios habrían deseado, ya es un tema más discutible y sujeto a las preferencias de cada fotógrafo. A nosotros nos encanta este angular, pero ya hace tiempo que la rumorología juega a crear futuras versiones de esta DP1 con diferentes configuraciones ópticas. Ya se verá.

Por ahora, este angular concentra perfectamente el germen de la sensación agridulce que esta Sigma puede provocar. Su calidad es excelente, más aún si tenemos en cuenta la dureza de la prueba.

Las distorsiones geométricas son mínimas y la pérdida de luz en los bordes es apenas perceptible aun cuando se trabaje con el diafragma en su posición más abierta. Las aberraciones cromáticas tampoco aparecen en la lista de los problemas notorios de la cámara, aunque sí hay que andar con ojo para evitar que se cuelen reflejos y luces parásitas.

Vuelta al enfoque manual

El toque de acidez de este excelente objetivo lo pone el pésimo enfoque automático. Ruidoso y muy lento, la única opción si se pretende utilizar la DP1 en situaciones que requieran una reacción rápida es recurrir al enfoque manual o tener la cámara configurada en la hiperfocal, para asegurarnos el tiro.

Una lástima, teniendo en cuenta las posibilidades que este modelo insinuaba sobre el papel como cámara de apoyo para fotoperiodistas o reporteros.

Si queremos aun así exprimir al máximo la velocidad de la cámara, la DP1 es capaz de disparar 3 imágenes en 1 segundo. No está mal, pero además del límite de duración de 1 segundo, el problema es la espera posterior: casi 5 segundos trabajando en formato JPEG y más de 20 en RAW.

Otro aspecto interesante en el que la firma hace especial hincapié es la profundidad de campo. Dado el diminuto tamaño de los sensores integrados en las cámaras compactas, éstas recurren normalmente a focales extremadamente cortas que, aunque ofrecen una cobertura equivalente a un angular o una focal estándar, tienen una gran profundidad de campo.

Por fin será posible realizar desenfoques selectivos con una profundidad de campo más parecida a la clásica de las SLR o de la película, anuncia la compañía. Cierto sobre el papel, pero limitado en la práctica por dos motivos: la DP1 carece de tele, que siempre ayuda a desenfocar el fondo, y su capacidad macro es de nada menos que 30 centímetros.

El tamaño importa

Aparte de la óptica, la gran baza de la DP1 es su sensor. No tanto por tratarse de un captor de tipo Foveon X3 con tres capas de algo más de 4 megapíxeles cada una, sino por sus dimensiones.

Y es que la DP1 se convierte, después de la descatalogada Sony Cyber-shot DSC-R1, en la única compacta que se atreve a incorporar un sensor de tamaño APS-C, equivalente al que usan la mayoría de las réflex. En este caso concreto, se trata del que usa la SD14 de Sigma.

Valiéndose de esta superioridad, la DP1 vence con claridad al resto de las compactas del mercado en aspectos como la sensibilidad y el rango dinámico. Siempre, eso sí, que estemos dispuestos a trabajar en RAW y exprimir al máximo las posibilidades del sensor.

Los archivos JPEG suponen, por su parte, una pobre aproximación a las capacidades de esta cámara. No sólo lucen una resolución nativa de poco más de 4 megapíxeles, sino que tienen serias carencias en cuanto a saturación de color y nitidez. Además, muestran una clara dominante amarilla en situaciones de luz natural que parecen sencillas de resolver.

Así que, dejando a un lado los archivos JPEG, disparar en RAW -es imposible, por cierto, el disparo combinado de ambos formatos- abre un nuevo campo de posibilidades. Para ello, habrá que pasar por el programa Sigma Photo Pro, que sin ser un alarde de diseño y pese a cosechar críticas tanto entre usuarios como entre expertos, a nosotros nos ha parecido una herramienta rápida y sencilla para extraer una gran calidad de las imágenes RAW de la cámara.

Bajo estas condiciones, la DP1 es capaz de ofrecer un nivel de detalle y calidad a la altura de las réflex digitales de 10 megapíxeles y por encima de las cámaras compactas.

El detalle y la nitidez -en RAW incluso hay que reducir este ajuste para dar un aspecto más natural a la imagen- sin duda tendrán mucho que ver con la ausencia de un filtro AA ("anti-aliasing"), que como es sabido, tiende a restar fuerza a la imagen en estos dos campos.

Esta diferencia con respecto a sus congéneres compactas se acentúa si la sometemos a la dura prueba de los 400 ISO. Allí donde la mayoría flojea ya con el ruido, la DP1 es capaz de conseguir -siempre en RAW- unos resultados casi totalmente "limpios".

Todo ello aun cuando, como es bien sabido, la sensibilidad no es uno de los fuertes de los captores Foveon. La DP1 supera a las compactas en este campo, pero como ocurre con la SD14, a 800 ISO ya pierde la senda de la competencia réflex.

Excelente rango dinámico

Otra dosis de buenas noticias y una de las sorpresas más agradables de la cámara es su excelente rango dinámico. Es éste otro aspecto en el que claramente deja en la estacada al resto de las cámaras compactas del momento.

Así que, lo mismo que cabe criticar con dureza el bonito pero inservible flash que incorpora la cámara y que crea sombras incluso sin usar el parasol, hay que aplaudir el comportamiento de la DP1 en este complicado campo.

Aunque el formato JPEG ya apunta maneras muy discretamente, es de nuevo al trabajar en RAW cuando la cámara demuestra sus capacidades reales.

Como se puede apreciar en las muestras adjuntas, basta tomar una imagen con una ratio de contraste elevada y aplicar el sistema de "relleno de luz" (Fill Light) del programa Sigma Photo Pro para descubrir la cantidad de información que la DP1 es capaz de rescatar de las sombras e incluso de las luces aparentemente quemadas.

Ideas claras

Pocas veces ha sido tan complicado llegar a una conclusión firme tras tantas pruebas, días y fotos con una cámara. El delicado equilibrio entre las incuestionables ventajas y los acuciantes problemas de la DP1 hace que lo que a unos pueda parecer un completo fiasco para otros resulte una prometedora esperanza.

Es, como decíamos al principio, una cuestión de expectativas. Algunos esperábamos que la DP1 se convirtiera en la inseparable compañera de bolsillo de los profesionales y en una herramienta ágil y discreta.

Pero no es ése el campo de actuación de la DP1, más pensada como un complemento especial de una SLR o de una compacta que como un modelo capaz de sustituir a cualquiera de estos dos tipos de cámaras en la inmensa mayoría de las situaciones.

Concebida -por tanto- como una cámara de refuerzo para los fotógrafos pacientes, exigentes con ella y dispuestos también a atender a sus caprichos, está claro que la DP1 no saltará a la lista de las más vendidas, pero puede que sí consiga un hueco en la bolsa de una pequeña pero selecta minoría.

Todo ello con el innegable orgullo de haber abierto un nuevo camino y poner sobre la mesa un órdago. Ya veremos si alguien se atreve a responder.

TEXTO: Iker Morán
FOTOS: Álvaro Méndez

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