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![]() Lumix DMC-LC1Características ![]() Punt. usuarios: Máx. res.: 2560 x 1920 p. Objetivo (35 mm): 28,0-90,0mm Zoom: 3,2x (óptico) / 3x (digital) En dos palabras Toda una máquina de 5 MP con una óptica impresionante y un diseño clásico, pero con algunos problemas de operatividad Precios No hay precios disponibles Muestras ![]() ![]() ![]() Comprueba la calidad de las imágenes que captura la Panasonic Lumix DMC-LC1 con nuestras 16 fotos de muestra, hechas con la cámara y sin retocar.Análisis
lunes, 14 de junio de 2004 El clon ciclópeoNo es ningún secreto, Panasonic y Leica últimamente van agarraditas de la mano y uno de los últimos frutos de esta colaboración no es uno, sino dos: la Leica Digilux 2 y la Panasonic DMC-LC1. Dos llamativas mellizas que no presentan más diferencias que el nombre, el peinado (la LC1 es completamente negra) y el caché (Leica, desde luego, tiene sus propias tarifas…). Por lo demás, son idénticas. En lo positivo comparten un objetivo Leica, una espectacular pantalla TFT y un sensor de 5 megapíxeles. Por otro lado, un engorroso sistema de menús, un macro del que sólo tiene la denominación y un antipático funcionamiento del bloqueo de exposición y autoenfoque constituyen las principales prendas del cesto de los reproches. Si Leica presentó en sociedad su Digilux a principios de diciembre de 2003, Panasonic hizo lo propio con su LC1 dos meses después, en de febrero de este año. Como ya vimos en la última digital de la firma alemana, su clon japonés hace gala de un excelente sistema óptico de focal variable y gran luminosidad, un memorable -y envidiable- monitor TFT de nada menos que dos pulgadas y media y unos en absoluto desdeñables 5 millones de píxeles efectivos.Cuando intentamos encajar la LC1 en algún eslabón concreto de la pirámide digital, empiezan las dudas. De entrada, porque es una verdadera rareza que rompe conceptos en la rígida y poco imaginativa clasificación de las familias de cámaras digitales. Esto sería toda una virtud, y no un problema, si no fuera mucho más cara que las máquinas de 8 millones de píxeles -e incluso más que algunas réflex- pero con 5 megapíxeles y una operatividad más limitada que cualquier SLR de este precio. Aunque hay que decir que en el presupuesto, sin duda, la óptica se lleva una buena tajada. Excelente óptica, pero ¿dónde está el macro? Es precisamente este ojo de cíclope el auténtico caramelo de la LC1, puesto que se trata de todo un objetivo Leica DC Vario-Summicron de focal variable (28-90 mm, en paso universal), muy luminoso (ƒ2.0-2.4), de tacto suave, precisión milimétrica y sistema óptico de excelente calidad sin aberración cromática alguna. Lo que hay, es bueno. Además de sus deslumbrantes 69 mm de diámetro, este pequeño gigante cuenta con tres anillos: el primero, para el zoom óptico; en el medio, el que controla el enfoque manual y en la base, el anillo del diafragma. Este último es un raro regalo en las cámaras digitales -que tanto tienden a sustituirlo por cualquier otro tipo de mando- y una auténtica excepción entre las cámaras compactas. Aunque muchos encontrarán insuficiente su rango focal, sobre todo teniendo en cuenta que no se trata de un objetivo intercambiable, sus 28-90 mm permiten cubrir satisfactoriamente la mayoría de usos para los que el resto de la cámara está preparada. Y además, una buena foto bien vale algo de ejercicio, de modo que si el 90 queda corto, solamente hay que caminar un poco para acercarse al sujeto. O alejarse, si la cuestión es la falta de ángulo. Esto no es un problema en la mayoría de los casos. Lo que no tiene solución alguna es el macro, por llamarlo de alguna manera. El rango de enfoque empieza con el sujeto a 30 cm, y nunca menos que eso. De modo que de macro tiene bien poco. Un verdadero derroche de luminosidad y precisión, que tan provechosas hubieran sido en la fotografía de acercamiento. Pero esto no son más que ausencias prescindibles. De lo que no hay duda es que este objetivo es una "rara avis" en el mundo de las compactas digitales, como de hecho lo es el resto de la cámara. Pese a lo que le falta, lo que ofrece es muy bueno. Y es que Leica se ha encargado de aportar lo mejor que tiene: una óptica de tradición legendaria y un nombre cuasi olímpico. Un monitor de primera El monitor TFT que incorpora el respaldo de la LC1 es la segunda maravilla de este artilugio digital: dos pulgadas y media de cristal líquido, luminoso y nítido, que no decepciona en condiciones de iluminación ambiental intensa y del que se pueden controlar las opciones básicas de brillo, contraste, etc. Todo un lujo. El visor electrónico no está a la altura del monitor. Se encuentra en el extremo izquierdo del respaldo de la cámara, cuenta con su disco de compensación de dioptrías y un ocular con un grueso apoyo de goma, que aunque podría ser más ergonómico, se adapta aceptablemente bien al ojo. De todos modos, a estas alturas uno se pregunta si esos 235.000 píxeles del visor no eran superables. Y sobre todo, ¿por qué un visor electrónico, y no óptico, si Panasonic cuenta con la colaboración del fabricante de los primeros y mejores visores ópticos independientes del mundo? Todo a mano A pesar de la aparente desproporción del objetivo, es una cámara bien equilibrada. El centro de gravedad se sitúa correctamente justo bajo la base del objetivo, de modo que debe ser agarrada como una réflex, con la mano izquierda bajo la óptica, para aguantarla y controlar los anillos del diafragma, enfoque y zoom, y la mano derecha en la empuñadura si la hubiese. Pero no la hay, o apenas, cosa que se echa de menos en una cámara de este volumen y de casi tres cuartos de kilo de peso (702 gramos con batería). Sin más reproches, porque superado el trance y habiendo trasladado a la mano izquierda la responsabilidad de sostener la cámara, la derecha encuentra todos los controles a un dedo de distancia. El dedo índice se encarga, como siempre, del obturador, que incorpora el selector de modo de fotómetro (puntual, matricial y ponderado al centro). También con el índice accedemos al botón del flash, que abre el menú de modo de flash. Todavía en la parte superior, encontramos el dial selector de velocidad de obturación, éste sí, en su justo lugar y al más puro estilo SLR clásico. Si fuera sólo un poquito más prominente, podría manipularse con el índice, pero hay que recurrir preferentemente a la pinza con el pulgar. Justamente el dedo pulgar es el dueño de la sección estrictamente digital de esta máquina, con el cual controlamos el selector de los modos de grabación (sencillo y ráfaga) y reproducción, que se encuentran debajo del dial de velocidades. Una vez en el respaldo, descubrimos que el gran monitor está rodeado de botones en sus costados superior y derecho, además del disco de mando que permite navegar por las opciones. Los botones del cursor se encuentran dentro del disco de mando, y también permiten -el de abajo y el de arriba, respectivamente- la previsualización rápida de las imágenes tomadas (con las opciones de borrado simple, múltiple y total) y el temporizador del obturador,. Justo encima del disco de mando se encuentra el botón del menú, y el de función. Este último es totalmente configurable y supone un atajo a cuatro funciones del menú principal, para mayor agilidad, lo que podría remediar la imperdonable falta de un mando para el zoom digital. Arriba de todo encontramos un botón de triple función, con el que accedemos al control de compensación de exposición, al bracketing automático y al ajuste de salida del flash, con el que podemos establecer la potencia de su destello cuando usamos los controles manuales. Ya sobre el monitor, y de derecha a izquierda, tenemos el botón "Display" que muestra u oculta información en la pantalla, el botón conmutador entre monitor y visor electrónico y, finalmente, el botón que libera el flash, de tipo pop-up. Flash que, por cierto, puede ser anclado a mitad de camino, de modo que se orienta a unos 65 grados del eje focal, lo que permite rebotarlo hacia el techo (o la pared, si tomamos una imagen vertical) para obtener una iluminación más difusa y natural. Arranque rápido, pero el menú, para olvidar Casi instantáneamente, apenas un segundo después de colocar el interruptor de alimentación en la posición "On", la imagen ya aparece en el monitor con la última configuración guardada y la cámara está lista para usar. Una vez encendida, se agradece la posibilidad de eliminar toda la información sobreimpresa en la pantalla, para poder disfrutar de la imagen limpia, o bien añadir solamente una matriz que divide la imagen en tercios. Pero si queremos tenerlo todo muy controlado, activaremos la información de pantalla, y también el histograma, siempre útil, sobre todo si se muestra en tiempo real como en la LC1. En cambio, los menús de esta cámara son de lo peor. La navegación es excesivamente lineal, lo que causa lentitud operativa, los botones de cursor no ayudan a agilizar el trámite, y además hay algunos ítems de uso medianamente frecuente que están excesivamente escondidos (como el sincro del flash a la segunda cortinilla del obturador). Para mayor calvario, no se entiende la organización de ciertas opciones, ya que tiende irremediablemente a la dispersión, cuando no -valga la paradoja- a la reorganización inverosímil, como sucede con el control del flash y el del balance de blancos. Por ejemplo ¿cómo es posible que el modo de flash, el control de compensación (del flash) y el sincro (insisto, del flash) a la segunda cortinilla estén, por separado, en tres menús completamente distintos a los que se accede mediante tres mandos distintos? ¿O que el control del balance de blancos esté repartido en dos niveles distintos del menú principal? No hace falta decir que esta diáspora de funciones por el insondable universo de los menús Panasonic sólo provoca confusión y lentitud. El menú "Function" podría subsanar el problema de la lentitud de acceso a algunos controles principales, pero no es así, o a lo sumo de forma muy limitada. Este menú permite elegir las cuatro funciones más manejadas por el usuario para un acceso rápido a las mismas, lo cual sería una buena idea, sino fuese porque se queda corto y, encima, no se entiende. Queda corto porque hay en esta cámara más de cuatro parámetros de difícil acceso que uno querría tener en este menú "rápido", extremo agraviado por la ya mencionada dispersión de ítems en los controles. Por ejemplo, es deseable tener el ajuste de balance de blancos a mano, pero si queremos controlarlo totalmente, deberemos ocupar dos espacios en el menú "Function", puesto que los presets se encuentran en un lugar, y parte del ajuste manual del balance de blancos se encuentra en otro. Como el zoom digital no tiene mando externo, habrá que ocupar otro lugar con él. Y queda un solo espacio, en el que podríamos situar el tamaño de imagen, o la segunda cortinilla del flash. O cualquier otra cosa, pero sólo una. Por si todo esto sabe a poco, resulta además que la representación en pantalla de este menú "rápido" es de lo menos acorde con el mando que la controla, y por lo tanto de lo más confusa. Se trata de un menú en cruz, una opción por cada una de las cuatro direcciones del cursor; en pantalla aparece un dibujo de los botones del cursor, pero de colores, y los ítems se muestran al lado en una columna, en lugar de disponerlos también en cruz. Añadiéndole el hecho que es un sistema de navegación completamente distinto al del resto de la cámara, tenemos garantizado llegar al balance de blancos cuando pretendíamos ir al tamaño de imagen, o cualquier otro despropósito. Control total, dentro de las limitaciones La cámara permite un completo control manual de la imagen, pero no exento de extraños "descuidos". En el apartado positivo, el diafragma, las opciones de compensación de exposición y el bracketing automático ofrecen pasos de 1/3 EV, y el fotómetro incluye los tres modos habituales de medición de la luz: puntual, ponderada al centro o matricial, que por cierto, funciona muy bien. La inclusión del dial de velocidades de obturación es todo un acierto, pues simplifica mucho el trabajo, especialmente para fotógrafos y fotógrafas acostumbrados a las viejas SLR. En lo que a enfoque manual se refiere, mover el anillo de enfoque de una óptica Leica es un auténtico placer. No hay queja que valga. El complemento digital a este mando ofrece el típico recuadro central de ampliación de la imagen, para mayor precisión en la tarea. Esta función puede ser desactivada, o puede ampliarse el recuadro central a toda la pantalla. No hubiera estado mal alguna ayuda complementaria, porque a veces el propio ruido digital de la pantalla puede producir engaños. A ver si a alguien le da por ponerse a pensar y nos sorprende con alguna solución creativa e innovadora cualquier día de estos. En el lado negativo hay que hacer un par de importantes reproches. En las altas velocidades, con su 1/4000 de segundo, cumple, pero no en la zona baja, donde la oferta se limita a los 8 segundos ¡Y no tiene la función B! Ya me contaréis cómo se supone que hay que afrontar entonces la cuestión de las largas exposiciones. Por si esto fuera poco, el rango de sensibilidades disponibles se limita únicamente a 100, 200 y 400 ISO. Estas limitaciones no tienen explicación en una cámara de 1600 euros que pretende cubrir las necesidades de aficionados exigentes. Flash, balance de blancos y exposición automática: todo en orden Más allá del estropicio del menú, el flash incorporado es muy completito. Además de poder orientarse para el rebote, incluye la posibilidad de ajustar la potencia del destello en un rango de 4 EV (+2 ó -2). El extraño menú rápido del flash, que se activa mediante ese botón desubicado entre el dial de velocidades y el botón del obturador, permite elegir dos modos automáticos de flash (normal y sincronización lenta), su activación forzada (manual) y su desactivación. Todas las modalidades pueden ser seleccionadas con la función de reducción de ojos rojos, o sin ella. Lo mismo se puede decir del balance de blancos, que funciona satisfactoriamente una vez el usuario ha conseguido encontrar todos sus controles. En el menú principal encontramos la opción que permite seleccionar un programa preestablecido (automático, luz de día, sombra, luz halógena, flash y blanco y negro) o bien el balance manual. Funciona razonablemente bien, aunque faltan los preajustes para luz fluorescente. Por separado, aunque también en el menú principal, encontramos un ajuste del balance de blancos que nos permite derivar la imagen hacia el rojo o el azul, para acabar de ajustar el blanco con precisión. Las funciones de exposición automática o semiautomática son muy correctas, y además de uso muy intuitivo para cualquiera que esté acostumbrado a las cámaras réflex. Tanto el dial de velocidad de obturación como el anillo del diafragma incluyen, además del rango de valores respectivos, una única función "A" (Automático). De este modo, para usar el típico programa de prioridad a la velocidad (habitualmente "S" en la mayoría de cámaras) sólo debemos situar el anillo del diafragma en la posición "A" y el dial de obturación a la velocidad que requiera la escena. Y al revés, si lo que deseamos es el programa de prioridad al diafragma: dial de velocidad en "A" y diafragma manual. Finalmente, si queremos que la cámara tome el control sobre la exposición, habrá que colocar ambos controles en "A". En este apartado destaca la función Cambio de Programa, operativa en el modo de obturación y abertura automáticas, que permite cambiar la combinación de ambos valores sin modificar la exposición efectiva, para conseguir una mayor profundidad de campo o la congelación de un sujeto en movimiento, según se desee. Hay que decir que el fotómetro, si se elige bien el modo en cada ocasión, efectúa bien las mediciones, incluso en situaciones de contraste elevado y otras condiciones de iluminación difícil. En general, las decisiones que toma la cámara respecto a la exposición son bastante loables, incluyendo en este campo el flash automático y el balance de blancos, excepto con la luz fluorescente, donde hay que ajustarlo manualmente para optimizar los resultados. Bloqueo maldito Hasta ahora, y salvo en el caso de los menús, los problemas de esta cámara no son males mayores (o no lo serían si costara un billete lila menos). Pero el problema más incómodo de esta cámara lo encontramos en las funciones de bloqueo de exposición ("AE Lock") y bloqueo de autoenfoque ("AF Lock"). Resulta que estas dos opciones se controlan con el mismo botón, y que además es el mismo que activa el enfoque automático, el mismo que sirve para exponer el sensor a la luz y obtener la fotografía. Efectivamente, en la LC1 el botón del obturador es un pluriempleado estresado. Y no es para menos, porque controla cuatro funciones a pelo, sin menús, sin selectores, sin opciones, tres de las cuales responden exactamente a la misma presión del dedo. Pongamos un ejemplo. Decidimos exponer manualmente una escena, pero usando el enfoque automático; encuadramos y presionamos ligeramente el botón del obturador para medir la luz. Con esta simple presión ya debería mostrarse el indicador de exposición en la pantalla, y mantenerse visible durante unos pocos segundos, para darnos tiempo a buscar la combinación de diafragma y velocidad más conveniente. Pero nada sucede, porque hay que mantener presionado el botón, en lugar de soltarlo rápidamente. Y entonces, el desastre: se activa el autoenfoque, y el indicador de exposición no aparece hasta que la cámara encuentra el foco. Si no soltamos el botón, el foco se mantiene en su lugar porque se activa el bloqueo AF, pero como resulta que al mismo tiempo se activa también el bloqueo AE, los cambios efectuados sobre el diafragma y la velocidad no tienen efecto hasta que soltamos el botón. Pero entonces perdemos el foco. De modo que hay que mover los controles de exposición y esperar de nuevo a que enfoque para ver si hemos acertado la combinación. Esta operación, como podéis imaginar, tiene un precio elevadísimo en tiempo, y puede llegar a eternizarse en casos de fotografía de movimiento o iluminación inestable. Si usamos enfoque automático y exposición totalmente automática, tampoco nos libramos del problema. Es bien común encontrarnos con una escena en la que el sujeto a enfocar no se encuentra en el centro. Como sabemos, nos bastará con dirigir el centro de la pantalla hacia el sujeto a enfocar, presionar ligeramente el obturador y, conseguido el enfoque correcto, reencuadrar la imagen y disparar. Pero como el botón es el mismo, también hemos bloqueado la exposición con un encuadre distinto al definitivo, y si la iluminación no es homogénea, la exposición de la imagen definitiva será incorrecta. Lo mejor de todo es que en el manual de instrucciones de la cámara aparece este mismo ejemplo para ilustrar las bondades del bloqueo de autoenfoque. Esto se solucionaba simplemente añadiendo un botón independiente de bloqueo de exposición, y listos. El problema es tan grave, que se puede afirmar que la LC1 tiene muy serias limitaciones a la hora de afrontar las instantáneas. Más grave aún si tenemos en cuenta que esta cámara es casi un homenaje a las viejas Leica, y no debemos olvidar que hace justo 80 años Oscar Barnack, el ingeniero jefe de la firma alemana, desarrolló la primera cámara de 35 mm del mundo (la mítica Leica I) y el primer film de 24 x 36 mm, que entonces se llamaba "de miniatura". Este invento supuso la mayor revolución de la fotografía, por encima incluso de la digitalización, y de hecho permitió la consolidación del reportaje fotográfico, es decir, de la instantánea. Poquito a poco, se va limitando el campo de acción de la estrella de Panasonic. Imágenes de calidad y otros caramelitos La LC1, como hemos visto a lo largo de este análisis, presenta algunos problemas importantes. Pero es de justicia precisar que dichos inconvenientes no afectan directamente la calidad de las imágenes tomadas. Todos los fallos son de carácter operativo y limitan la funcionalidad y la agilidad de uso de esta cámara, pero una vez asumidas las limitaciones y usando la cámara en situaciones a las que sí responde, los resultados son muy buenos. Para empezar, hay que decir que las imágenes tomadas a 400 ISO ya tienen cierto nivel de ruido, que aunque no es exagerado tampoco pasa desapercibido. En cambio, tanto a 100 ISO como a 200 ISO la nitidez y el nivel de detalle son altos. Quizá el balance de blancos tenga su truco, pero cuando ya lo tenemos por la mano, el resultado es una excelente gestión del color, y las fotografías tomadas con la LC1 muestran colores muy reales, ni demasiado saturados ni excesivamente suaves, en su justa medida. No es por ser aguafiestas, pero todo esto me da un motivo más para echar de menos el macro, porque con este sensor y esta óptica hubiese obrado maravillas. Por otro lado, su SD Card puede almacenar las imágenes en formato RAW, así como comprimidas en JPEG con un tamaño máximo de 2560 x 1920 píxeles. Por añadidura, permite registrar 5 segundos de audio en directo, inmediatamente después de la toma de la imagen, o bien añadir 10 segundos a cada foto, en modo doblaje. También pueden grabarse vídeos a 10 fps o 30 fps con audio incluido, e imágenes sucesivas que pueden ser montadas fácilmente como una sola imagen en movimiento, para crear divertidas animaciones. La ecuación última Esta hermana melliza de la Leica Digilux 2 es un híbrido raro, más destinado al sector fetichista del respetable que al usuario o usuaria exigente. Estéticamente muy atractiva para los amantes de la mítica marca alemana, evoca el clásico aspecto de las Leica M, con su cuerpo metálico, austero, cuadrangular, sin concesiones estéticas gratuitas y con su prominente objetivo casi en el centro de la cámara. Ese ojo central convierte la LC1 (o la Digilux 2, como lo preferís) en todo un cíclope de la mitología fotográfica. Pero hecho el homenaje de vitrina, habrá que preguntarse si es oro todo lo que reluce. No me malinterpretéis. Me parece una buena cámara, y no se puede decir que no reúna las condiciones para ofrecer excelentes imágenes, que las ofrece. Contornos bien definidos, texturas perfectamente reproducidas y color de alta fidelidad son tres ingredientes que, correctamente cocinados, dan como resultado fotografías de gran calidad, que hasta resultan apetitosas. Hasta aquí, todo bien. Pero a pesar de sus indiscutibles cualidades para ser una cámara de las que se recuerdan, esta máquina da menos de lo que cuesta. Porque estaremos de acuerdo en que quien tiene, por ejemplo, una auténtica Leica M3 en la mano (una verdadera maravilla de los años 50 que nunca queda desfasada) no le pide nada más que lo que da: una calidad óptica incomparable, y una mecánica sencilla, fiable, precisa y suave hasta la saciedad; no cuestiona ni un céntimo del precio. Como quien adquiere un Stradivarius. Pero esto no es una Leica, sino una Panasonic inmersa en el competitivo mercado de las cámaras digitales y la tecnología punta. Visto el resto de prestaciones que ofrece, con sus aciertos pero también con sus fallos y limitaciones, nos preguntamos a qué precio estamos pagando el objetivo y la firma que lleva estampada. TEXTO: Alfred Pallàs FOTOS: Xavier Tomàs |
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